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Todavía el ritmo de los samples marcaba las secuencias en mi pecho, y los dedos me dolían
de tanto tocar el viento. Los gritos y los aplausos de la gente eran placebos para mí. Sí,
habíamos gustado otra noche más. Matt, Mo Bee y Gordon estaban conformes con la
banda. Todos me creían el mejor, y lo era, pero me faltaba algo. Metí la trompeta en el
estuche, tiré el disfraz brillante en el camerino y enfilé por el pasillo hacia la salida que
daba al callejón.Al abrir el portón, una ráfaga de aire me quemó la cara y me acomodó a su antojo el pelo
en mechones. Miré para uno y otro lado de la calle; no había nadie. Arriba un cielo barroso
enmantaba la ciudad. Caminé hasta la esquina y giré hacia la entrada del subte que se
avistaba a pocos metros. Mientras bajaba por las escaleras sentía el sudor impregnado en
el pantalón y en la camisa. Me pregunté si el ciego aun estaría en el túnel. Avancé unos
pasos y después sólo tuve que seguir el sonido hiriente que traía la brisa. La anestesia de
los aplausos ya no tenía efecto. La trompeta del ciego sonaba como ninguna otra.
Estábamos solos él, la música y yo. El silencio de fondo hacía de armonía y de testigo.En cuanto empecé a acercarme dejó de tocar y colocó el instrumento sobre un paño
aterciopelado para apoyarlo en la banqueta de madera que tenía a su lado. Aunque estaba
encorvado y de lejos parecía más bajo, era por lo menos de mi estatura; Me arrimé para
hablarle pero antes de que pudiera emitir palabra agarró el bronce y me dijo:-¿Venís por esto?
- Sí -;contesté sorprendido, - Quisiera comprársela, le pagaría con
mi trompeta o con la suma que usted diga.El ciego hizo una pausa que pareció interminable.
- No sé si la quiero vender, en realidad no se trata de dinero.
- Yo haría cualquier cosa por conseguirla-;le dije casi sin pensarlo.
-¿Cualquier cosa?- replicó el ciego.
Ambos quedamos callados en el corredor desolado. El ciego se agachó, quedando en
cuclillas, y empezó a bajar la cabeza. Tenía la nuca gruesa y el pelo al ras. Introdujo la
trompeta en el estuche, se puso de pie y enfocó los anteojos espejados en mis ojos, como si
pudiera verme. Después, extendiendo los brazos, me dio el estuche con el instrumento
adentro y yo le entregué el mío. Saqué toda la plata que tenía encima y se la quise dar;
pero la rechazó y se le hizo una mueca de satisfacción. El ciego se fue para un lado del
pasillo. Yo arranqué para el otro aferrando el estuche bajo mi brazo. Apenas había dado
unos pasos cuando miré para atrás; él ya no estaba. El silencio era absoluto, ideal para
probar la trompeta. Abrí el estuche y tomé el bronce. Los sonidos empezaron a fluir desde
mi tórax haciéndose música en el aire. Sentí la comunión con el instrumento, que se había
hecho parte de mí, pero comencé a notar que el pasillo se oscurecía. Miré para ambos
extremos y no pude ver las salidas. El corredor parecía no tener fin, y la negrura creciente
me obligó a recostarme contra la pared. Pero la trompeta estaba ahí, conmigo, y nada iba a
impedir que su encanto, desde mis manos, saliera a la luz. Cerré los ojos y deslicé mis dedos
por todas las escalas posibles consiguiendo melodías que jamás habían sido interpretadas.
Cuando volví a abrir los ojos ya no pude ver nada. A tientas avancé hasta toparme con la
banqueta de madera y con los anteojos espejados que el ciego había dejado. La banqueta
era cómoda y los anteojos estaban hechos a mi medida. Pero eso no importaba. Pegué otra
vez los labios al instrumento y dejé que desde mi plenitud los sonidos fluyeran hacia la
luminosidad.
Iván Madden
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