LA TORRE DEL FIN DEL MUNDO.
A cada sonrisa de
Yussuf aparecía, brillante, un
diente plateado. Ahora, con la palma de su
mano abierta
hacia el cielo, hacia la oscuridad de la noche
poblada de
estrellas, esperaba que yo le largara tres
mil rupias. El
diente plateado espejaba la única lámpara
de la calle
como la punta bruñida de un cuchillo.
Yussuf parecía
mudo, llevó a cabo todo el negocio
sin decir una sola palabra. Diva, en cambio,
hablaba muy
bien el español. Treinta generaciones
de cortesanas la
emparentaban por vía de la sangre con
los tiempos en que
de Abderramán II campeaba en la península
ibérica y, no
sin secreto orgullo, nuestra lengua había
transcurrido de
madre a hija durante todos estos siglos con
la paciencia
de un reloj de arena.
-Tú no debes
abrir la boca. Ponte esto.
Me dio Diva un velo
negro que me cubrió toda la
cara.
-Esto lo usan los
leprosos -agregó.
Luego me tomó
de la mano. Le dijo unas cuantas
palabras a Yussuf, palabras cargadas de articulaciones
que nacían en el fondo de la garganta,
y partimos.
Por los rincones
del velo alcanzaba a ver las
repetidas ojivas de las ventanas, las recovas
tortuosas,
estrechas; los puestos de venta ambulante,
cubiertos a
esa hora con alfombras de diseños obsesivamente
geométricos, repetidos hasta la locura.
Escuché una
puerta de hierro al abrirse, me sentí
empujado por una corriente de aire ascendente,
la escuché
al cerrarse. Diva me quito el velo y me besó.
Estábamos
dentro de una cámara circular, de escaso
diámetro, frente a una escalera vertical
amurada a la
pared. Ella se quitó las chinelas,
las guardó en un
pliegue de sus babuchas y subió. Yo
fui detrás del
perfume que, como un rastro, se desprendía
desde dentro
de su vestidura en movimiento. Al final, llegamos
a una
pequeña terraza almenada. Noté
que el diámetro de la
torre había disminuído, imaginé
que el lugar en donde
estábamos se vería por fuera
como una torre de ajedrez
elevadísima.
Una vez en la terraza,
Diva, sin ayuda, cerró una
pesada tapa de piedra y le echó cuatro
candados.
-Este es nuestro
hotel –dijo-. Esta es nuestra cama.
La cama era un piso
de granito que había recogido,
durante el día, el calor del sol de
Teherán y el techo
era un cielo cargado de estrellas como
una noche rodeada
de brillantes.
-Los presagios no
son nada buenos -dijo Diva
mientras escudriñaba la noche-. Creo
que ya sabes bien
que la prostitución se paga aquí
con la muerte. Espero
que nadie nos haya seguido hasta aquí
y que Alá así lo
haya dispuesto. Pero no me gusta cómo
se presentan hoy
las estrellas.
Luego tiró
de un nudo de cintas que ceñía su
conjunto a la altura del ombligo y, en un
pase de magia,
quedó desnuda de pies a cabeza. El
ciento de complicadas
vueltas que eran sus babuchas y su túnica
se había
convertido, ahora, en una estola que le colgaba
de los
hombros hasta el suelo y en un remolino de
paños blancos
que habían caído a sus pies.
Sus pechos saltaron a la luz
plateada de la luna y ella tomo una de mis
manos y la
llevó hasta acariciarlos, hasta contenerlos
como a seres
indefensos. Luego comenzó a chuparme
los dedos con
paciencia, con esmero, olvidada del resto
del mundo
detrás de sus ojos cerrados.
De repente, sonaron
golpes contra la piedra, los
inconfundibles golpes secos de la madera contra
la
piedra.
“¿Una culata
de fusil? ¿Será posible?”, pensé
inmediatamente.
Diva miró
una vez más las estrellas, miró la tapa de
piedra, me miró:
-Hoy no tendría
que haber salido a trabajar. Estaba
escrito. Lo vi en el cielo, lo vi luego después
de que
desapareció el último rayo de
sol.
Más allá,una
voz apagada por la piedra, crecía en
impaciencia y los golpes, si bien menos frecuentes,
se
volvían más violentos.
-Está claro
que nos han seguido -continuó Diva, los
ojos abiertos de espanto a la busca de una
salida-. Ellos
no podrán entrar aquí si nosotros
no le abrimos... Pero
no tenemos pan ni agua. Podrán podrán
esperar más tiempo
del que nosotros podremos soportar sin beber.
Es curioso, pero
lo primero que me vino a la mente
fue la barra de amigos. Los vi lejos, alrededor
de una
mesa de café, conocedores de mi irrefrenable
inclinación
por las putas, tildándome quizá
de idiota por no saber
medir las consecuencias de mis actos o de
aventurero, en
el mejor de los casos; recordándome
como aquel valentón
que se había acostado con una callejera
bajo las narices
de los severos persas.
-Es seguro que nos
van a azotar en la plaza central
y es seguro que luego nos van a cortar la
cabeza –
continuó Diva, ahora con resignación
musulmana-. Antes
podrán torturarnos, aunque no mucho...
Nunca torturan lo
suficiente como para que uno desee morir,
que es lo que,
al fin y al cabo, acontecerá con nosotros.
Ahora, lo
mejor que nos queda es tomar la decisión
de arrojarnos
desde aquí a la hora en que el mercado
está lleno de
gente. Allí abajo, ahora no lo puedes
ver, está la plaza
principal... Y a nosotros nos quedan pocas
decisiones por
tomar.
No podía creer
en todo lo que me estaba ocurriendo.
Quizá por esta razón, aun sintiendo
la muerte en mis
talones, muerte absurda y ridícula
a los ojos de la
posteridad, pasé rapidamente del pánico
a la
contemplación. Dejé que todos
mis temores se evaporaran y
me apoyé en la pared almenada para
ver mi último
amanecer. Esperaba ahora este hecho tan común
con la
melancolía con que se recuerda lo muy
amado y ya perdido,
mi porvenir ya era parte de mi recuerdo.
La ciudad, erizada
de torres y cúpulas, aparaecia
como recién salida de un sueño.
Desde allí podía ver los
edificios que rodeaban la plaza, el lugar
en donde las
casas se hacían más bajas, luego
el río y el campo y
luego el horizonte. En la plaza, los primeros
comerciantes, laboriosos y pequeños
como hormigas,
comenzaban a deshacer sus bultos para iniciar
un nuevo
día de mercado. Me di cuenta, en ese
instante, de lo
feliz que podía llegar a ser un vendedor
de baratijas
iraní con sus pies sucios, sus pulmones
repletos de
tabaco silvestre y su evidente pobreza. Buenos
Aires se
desplazaba a gran velocidad hacia el pasado
ante esta
ciudad nunca imaginada que se me presentaba
ahora, con el
día incipiente, como el escenario amargo
de una muerte
sin amigos.
De pronto sentí
que los laboriosos dedos de Diva me
desabrochaban el pantalón. Y sentí
que su mano cubría por
completo mis genitales como si buscara tranquilizar
a un
pájaro asustado.
-Es mi última
voluntad -dijo.
Los golpes ya no
se escuchaban. Diva me hizo olvidar
de todo.
Nunca me tomé
tanto tiempo para hacer el amor, nunca
mi cuerpo estuvo tan cerca de alcanzrar la
volatilidad de
los espíritus. Bese cada centímetro
del cuerpo de Diva,
respiré sobre cada uno de sus cabellos
y descubrí,
meditando con la cara hundida en su vientre,
una moneda
cuyo anverso es el amor, cuyo reverso es la
muerte y cuyo
canto es la brevedad de la vida....
Cuando desperté,
con la cabeza hirviendo por el
agresivo sol de la mañana, Diva y Yussuf
descansaban bajo
la estrecha franja de sombra almenada que
formaba la
pared que miraba al oriente. Ambos sonreían
en paz.
-Espero que hayas
disfrutado -dijo Yussuf en
perfecto español-. Es un sevicio que
nosotros ofrecemos
para que los clientes hagan el amor como si
fuera la
ultima vez de su vida. Me debes otros tres
mil.
Y extendió
la palma de la mano hacia el cielo claro,
sin una nube. Yo estaba paralizado por el
estupor.
-Claro -dijo él-
si no quieres, no pagas.
Le di a Yussuf todos
los billetes que tenía. Abrió
su boca en una satisfecha sonrisa, como toda
vez que
hablaba de dinero, y vi como su diente de
plata convertía
un rayo de sol en mil destellos.
Diva, vestida de
pies a cabeza con sus babuchas y su
túnica blancas y la nariz y la boca
cubiertas con un velo
de gasa, me saludó con un tímido
movimiento de su cabeza
y abandonó la torre.