El contenido es un atisbo
de algo, un encuentro como un fogonazo. Es algo minúsculo, minúsculo,
el contenido.
Willem De Kooning, en una entrevista.
Son las personas superficiales las únicas que no juzgan por las
apariencias. El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible.
Oscar Wilde, en una carta.
1
La más antigua experiencia del arte tiene que haberlo percibido
como
encantamiento o magia; el arte era un instrumento del ritual (las
pinturas de las cuevas de Lascaux, Altamira, Niaux, La Pasiega,
etcétera). La primera teoría del arte, la de los filósofos
griegos,
proponía que el arte era mímesis, imitación de la
realidad.
Y es en este punto donde se planteó la cuestión del valor
del arte. Pues
la teoría mimética, por sus propios términos, reta
al arte a
justificarse a sí mismo.
Platón, que propuso la teoría, lo hizo al parecer con la
finalidad de
establecer que el valor del arte es dudoso. Al considerar los objetos
materiales ordinarios como objetos miméticos en sí mismos,
imitaciones
de formas o estructuras trascendentes, aun la mejor pintura de una cama
sería sólo una "imitación de una imitación".
Para Platón, el arte no
tiene una utilidad determinada (la pintura de una cama no sirve para
dormir encima) ni es, en un sentido estricto, verdadero. Y los
argumentos de Aristóteles en defensa del arte no ponen realmente
en tela
de juicio la noción platónica de que el arte es un elaborado
_trompe
l'oeil__, y, por tanto, una mentira. Pero sí discute la idea platónica
de que el arte es inútil. Mentira o no, el arte tiene para Aristóteles
un cierto valor en cuanto constituye una forma de terapia. Después
de
todo, replica Aristóteles, el arte es útil, medicinalmente
útil, en
cuanto suscita y purga emociones peligrosas.
En Platón y en Aristóteles la teoría mimética
del arte va pareja con la
presunción de que el arte es siempre figurativo. Pero los defensores
de
la teoría mimética no necesitan cerrar los ojos ante el arte
decorativo
y abstracto. La falacia de que el arte es necesariamente un "realismo"
puede ser modificada o descartada sin trascender siquiera los problemas
delimitados por la teoría mimética.
El hecho es que toda la conciencia y toda la reflexión occidentales
sobre el arte han permanecido en los límites trazados por la teoría
griega del arte como mímesis o representación. Es debido
a esta teoría
que el arte en cuanto a tal -por encima y más allá de determinadas
obras
de arte- llega a ser problemático, a necesitar defensa. Y es la
defensa
del arte la que engendra la singular concepción según la
cual algo, que
hemos aprendido a denominar "forma", está separado de algo que hemos
aprendido a denominar "contenido", y la bienintencionada tendencia que
considera esencial el contenido y accesoria la forma.
Aun en tiempos modernos, cuando la mayor parte de los artistas y de los
críticos han descartado la teoría del arte como representación
de una
realidad exterior y se han inclinado en favor de la teoría del arte
como
expresión subjetiva, persiste el rasgo fundamental de la teoría
mimética. Concibamos la obra de arte según un modelo pictórico
(el arte
como pintura de la realidad) o según un modelo de afirmación
(el arte
como afirmación del artista), el contenido sigue estando en primer
lugar. El contenido puede haber cambiado. Quizá sea ahora menos
figurativo, menos lúcidamente realista. Pero aún se supone
que una obra
de arte es su contenido. 0, como suele afirmarse hoy, que una obra de
arte, por definición, dice algo ("X dice que ... ", "X intenta decir
que...", "Lo que X dijo ... ", etcétera, etcétera).
2
Ninguno de nosotros podrá recuperar jamás aquella inocencia
anterior a
toda teoría, cuando el arte no se veía obligado a justificarse,
cuando
no se preguntaba a la obra de arte qué decía, pues se sabía
(o se creía
saber) qué hacía, Desde ahora hasta el final de toda conciencia,
tendremos que cargar con la tarea de defender el arte. Sólo podremos
discutir sobre este u otro medio de defensa. Es más: tenemos el
deber de
desechar cualquier medio de defensa y justificación del arte que
resulte
particularmente obtuso, o costoso, o insensible a las necesidades y a la
práctica contemporáneas.
Éste es el caso, hoy, de la idea misma de contenido. Prescindiendo
de lo
que haya podido ser en el pasado, la idea de contenido es hoy sobre todo
un obstáculo, un fastidio, un sutil, o no tan sutil, filisteísmo.
Aunque pueda parecer que los progresos actuales en diversas artes nos
alejan de la idea de que la obra de arte es primordialmente su
contenido, esta idea continúa disfrutando de una extraordinaria
supremacía. Permítaseme sugerir que eso ocurre porque la
idea se
perpetúa ahora bajo el disfraz de una cierta manera de enfrentarse
a las
obras de arte, profundamente arraigada en la mayoría de las personas
que
consideran seriamente cualquiera de las artes. Y es que el abusar de la
idea de contenido comporta un proyecto, perenne, nunca consumado, de
interpretación. Y, a la inversa, es precisamente el hábito
de acercarse
a la obra de arte con la intención de interpretarla lo que sustenta
la
arbitraria suposición de que existe realmente algo asimilable a
la idea
de contenido de una obra de arte.
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Naturalmente, no me refiero a la interpretación en el sentido más
amplio, el sentido que Nietzsche acepta (adecuadamente) cuando dice: "No
hay hechos, sólo interpretaciones ". Por interpretación entiendo
aquí un
acto consciente de la mente que ilustra un cierto código, unas ciertas
"reglas" de interpretación.
La interpretación, aplicada al arte, supone el desgajar de la totalidad
de la obra un conjunto de elementos (el X, el Y, el Z y así
sucesivamente). La labor de interpretación lo es, virtualmente,
de
traducción. El intérprete dice: "Fíjate, ¿no
ves que X es en realidad, o
significa en realidad, A? ¿Que Y es en realidad B? ¿Que Z
es en realidad
C? ".
¿Qué situación pudo dar lugar al curioso proyecto
de transformar un
texto? La historia nos facilita los materiales para una respuesta. La
interpretación apareció por vez primera en la cultura de
la antigüedad
clásica, cuando el poder y la credibilidad del mito fueron derribados
por la concepción "realista" del mundo introducida por la ilustración
científica. Una vez planteado el interrogante que acuciaría
a la
conciencia posmítica -el de la similitud de los símbolos
religiosos-,
los antiguos textos dejaron de ser aceptables en su forma primitiva.
Entonces, se echó mano de la interpretación para reconciliar
los
antiguos textos con las "modernas" exigencias. Así, los estoicos,
a fin
de armonizar su concepción de que los dioses debían ser morales,
alegorizaron los rudos aspectos de Zeus y su estrepitoso clan de la
épica de Homero. Lo que Homero describió en realidad como
adulterio de
Zeus con Latona, explicaron, era la unión del poder con la sabiduría.
En
esta misma tónica, Filón de Alejandría interpretó
las narraciones
históricas literales de la Biblia hebraica como parábolas
espirituales.
La historia del éxodo desde Egipto, los cuarenta años de
errar por el
desierto, y la entrada en la tierra de promisión, decía Filón,
eran en
realidad una alegoría de la emancipación, las tribulaciones
y la
liberación final del alma individual. Por tanto, la interpretación
presupone una discrepancia entre el significado evidente del texto y las
exigencias de (posteriores) lectores. Pretende resolver esa
discrepancia. Por alguna razón, un texto ha llegado a ser inaceptable;
sin embargo, no puede ser desechado. La interpretación es entonces
una
estrategia radical para conservar un texto antiguo, demasiado precioso
para repudiarlo, mediante su refundición. El intérprete,
sin llegar a
suprimir o reescribir el texto, lo altera. Pero no puede admitir que es
eso lo que hace. Pretende no hacer otra cosa que tornarlo inteligible,
descubriéndonos su verdadero significado. Por más que alteren
el texto,
los intérpretes (otro ejemplo notable son las interpretaciones
"espirituales" rabínicas y cristianas del indiscutiblemente erótico
Cantar de los cantares) siempre sostendrán estar revelando un sentido
presente en él.
En nuestra época, sin embargo, la interpretación es aun más
compleja. Pues el celo contemporáneo por el proyecto de interpretación
no suele ser suscitado por la piedad hacia el texto problemático
(lo
cual podría disimular una agresión), sino por una agresividad
abierta,
un desprecio declarado por las apariencias. El antiguo estilo de
interpretación era insistente, pero respetuoso; sobre el significado
literal erigía otro significado. El moderno estilo de interpretación
excava y, en la medida en que excava, destruye; escarba hasta " más
allá
del texto " para descubrir un subtexto que resulte ser el verdadero. Las
doctrinas modernas más celebradas e influyentes, la de Marx: y la
de
Freud, son en realidad sistemas hermenéuticos perfeccionados, agresivas
e impías teorías de la interpretación. Todos los fenómenos
observables
son catalogados, en frase de Freud, como contenido manifiesto. Este
contenido manifiesto debe ser cuidadosamente analizado y filtrado para
descubrir debajo de él el verdadero significado: el contenido latente.
Para Marx, los acontecimientos sociales, como las revoluciones y las
guerras; para Freud, los acontecimientos de las vidas individuales (como
los síntomas neuróticos y los deslices del habla), al igual
que los
textos (como un sueño o una obra de arte), todo ello, está
tratado como
pretexto para la interpretación. Según Marx: y Freud estos
acontecimientos sólo son inteligibles en apariencia. De hecho, sin
interpretación, carecen de significado. Comprender es interpretar.
E
interpretar es volver a exponer el fenómeno con la intención
de
encontrar su equivalente.
Así pues, la interpretación no es (como la mayoría
de las personas
presume) un valor absoluto, un gesto de la mente situado en algún
dominio intemporal de las capacidades humanas. La interpretación
debe
ser a su vez evaluada, dentro de una concepción histórica
de la
conciencia humana. En determinados contextos culturales, la
interpretación es un acto liberador. Es un medio de revisar, de
transvaluar, de evadir el pasado muerto. En otros contextos culturales
es reaccionaria, impertinente, cobarde, asfixiante.
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La actual es una de esas épocas en que la actitud
interpretativa es en gran parte reaccionaria, asfixiante. La efusión
de
interpretaciones del arte envenena hoy nuestras sensibilidades, tanto
como los gases de los automóviles y de la industria pesada enrarecen
la
atmósfera urbana. En una cultura cuyo ya clásico dilema es
la
hipertrofia del intelecto a expensas de la energía y la capacidad
sensorial, la interpretación es la venganza que se toma el intelecto
sobre el arte.
Y aún más. Es la venganza que se toma el intelecto sobre
el
mundo. Interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un
mundo sombrío de significados. Es convertir el mundo en este mundo
(¡"este mundo"! ¡Como si hubiera otro!).
El mundo, nuestro mundo, está ya bastante reducido y
empobrecido. Desechemos, pues, todos sus duplicados, hasta tanto
experimentemos con más inmediatez cuanto tenemos.
5
En la mayoría de los ejemplos modernos, la interpretación
supone
una hipócrita negativa a dejar sola la obra de arte. El verdadero
arte
tiene el poder de ponernos nerviosos. Al reducir la obra de arte a su
contenido para luego interpretar aquello, domesticamos la obra de arte.
La interpretación hace manejable y maleable al arte.
Este filisteísmo de la interpretación es más frecuente
en la
literatura que en cualquier otro arte. Hace ya décadas que los críticos
literarios creen que su labor consiste en transformar los elementos del
poema, el drama, la novela o la narración en otra cosa. Habrá
ocasiones
en que el escritor se sienta tan incómodo ante el manifiesto poder
de su
arte que ya dentro de la misma obra instalará -no sin una nota de
modestia, un toque de ironía de buen tono- su clara y explícita
interpretación. Thomas Mann es un ejemplo de autor tan excesivamente
cooperativo. En el caso de autores más reacios, le falta tiempo
al
crítico para llevar a cabo por sí mismo esta tarea.
La obra de Kafka, por ejemplo, ha estado sujeta a
secuestros en serie por no menos de tres ejércitos de intérpretes.
Quienes leen a Kafka como alegoría social ven en él ejemplos
clínicos de
las frustraciones y la insensatez de la burocracia moderna, y su
expresión definitiva en el estado totalitario. Quienes leen a Kafka
como
alegoría psicoanalítica ven en él desesperadas revelaciones
del temor de
Kafka a su padre, sus angustias de castración, su sensación
de
impotencia, su dependencia de los sueños. Quienes leen a Kafka como
alegoría religiosa explican que K. intenta, en El castillo, ganarse
el
acceso al cielo; que José K., en El proceso, es juzgado por la
inexorable y misteriosa justicia de Dios...
Otra obra que ha atraído a
los intérpretes como a sanguijuelas es la de Samuel Beckett. Los
delicados dramas de la conciencia encerrada en sí misma de la obra
de
Beckett -reducidos a los elementos esenciales, recortados,
frecuentemente presentados en situación de inmovilidad física-
son
leídos como una declaración sobre la alienación del
hombre moderno por
el pensamiento o por Dios, o como una alegoría de la psicopatología.
Proust, Joyce, Faulkner, Rilke, Lawrence, Gide..., podríamos citar
autor
tras autor; es interminable la lista de aquellos que se han visto
rodeados de gruesas capas de interpretación. Pero debe advertirse
que la
interpretación no es sólo el homenaje que la mediocridad
rinde al genio.
Es, precisamente, la manera moderna de comprender algo, y se aplica a
obras de toda calidad. Así, de las notas que Elia Kazan publicó
sobre su
versión de A Streetcar Named Desire (Un tranvía llamado Deseo),
se
desprende que, para dirigir la obra, tuvo que descubrir que Stanley
Kowalski representaba el barbarismo sensual y exterminador que iba
adueñándose de nuestra cultura, y que Blanche Du Bois era
la
civilización occidental, la poesía, los ropajes delicados,
la luz tenue,
los sentimientos refinados y todo lo que se quiera, aunque,
naturalmente, dentro ya de cierto desgaste. El vigoroso melodrama
psicológico de Tennessee Williams se nos vuelve inteligible; se
trataba
de algo: de la decadencia de la civilización occidental. Al parecer,
de
haber seguido siendo un drama sobre un atractivo bruto llamado Stanley
Kowalski y una mustia y escuálida belleza llamada Blanche Du Bois,
no le
habría sido posible dirigir la pieza.
Segunda parte
6
Nada importa que los artistas pretendan o no que se interpreten sus
obras. Quizá Tennessee Williams crea que A Streetcar Named Desire
trata
de lo que el director Elia Kazan cree que trata. Pudiera ser que
Cocteau, respecto de La sangre de un poeta y de Orpheo, deseara las
esmeradas conferencias que se han pronunciado sobre estas películas,
en
términos de simbolismo freudiano y crítica social. Pero el
mérito de
estas obras ciertamente radica en algo distinto de sus "significados".
Es más, los dramas de Williams y las películas de Cocteau
son
defectuosos, falsos, forzados, faltos de convicción, precisamente
porque
sugieren tan portentosos significados.
De algunas entrevistas se desprende que Resnais y Robbe-Grillet
concibieron conscientemente El año pasado en Marienbad de modo que
satisficiera interpretaciones múltiples e igualmente plausibles.
Y, sin
embargo, debiéramos resistirnos a la tentación de interpretar
Marienbad.
Lo importante en Marienbad es la inmediatez pura, intraducible, sensual,
de algunas de sus imágenes, así como sus soluciones rigurosas,
aunque
rígidas, de determinados problemas de la forma cinematográfica.
Abundando en todo esto, pudiera ser que Ingmar Bergman pretendiera
representar con el tanque que avanza con estrépito por la desierta
calle
nocturna de El silencio un símbolo fálico. Pero si lo hizo,
fue una idea
absurda. ("No creas nunca al cuentista, cree el cuento", dijo Lawrence.)
Esta secuencia del tanque, considerada como objeto bruto, como
equivalente sensorial inmediato de los misteriosos, abruptos y
acorazados acontecimientos que tenían lugar en el hotel, es el momento
más sorprendente de la película. Quienes buscan una interpretación
freudiana del tanque sólo expresan su falta de respuesta a lo que
transcurre en la pantalla.
Siempre sucede que las interpretaciones de este tipo indican
insatisfacción (consciente o inconsciente) ante la obra, un deseo
de
reemplazarla por alguna otra cosa.
La interpretación, basada en la teoría, sumamente cuestionable,
de que
la obra de arte está compuesta por trozos de contenido, viola el
arte.
Convierte el arte en artículo de uso, en adecuación a un
esquema mental
de categorías.
7
La interpretación, naturalmente, no siempre prevalece. De hecho,
es
posible que buena parte del arte actual deba entenderse como producto de
una huida de la interpretación. Para evitar la interpretación,
el arte
puede llegar a ser parodia. O a ser abstracto. O a ser ("simplemente")
decorativo. O a ser no-arte.
La huida de la interpretación parece ser especialmente característica
de
la pintura moderna. La pintura abstracta es un intento de no tener
contenido, en el sentido ordinario; puesto que no hay contenido, no cabe
interpretación. El pop-art busca, por medios opuestos, un mismo
resultado; utilizando un contenido tan estridente, como "lo que es",
termina también por ser ininterpretable.
Asimismo, buena parte de la poesía moderna, comenzando con los grandes
experimentos de la poesía francesa (incluido el movimiento equívocamente
denominado simbolismo), al poner silencios en los poemas y restablecer
la magia de la palabra, ha escapado de la garra brutal de la
interpretación. La revolución más reciente en el gusto
poético
contemporáneo -la revolución que ha destronado a Eliot y
elevado a
Pound- representa un rechazo del contenido en poesía en el antiguo
sentido, una impaciencia que dejó a la poesía moderna a merced
del celo
de los intérpretes.
Me refiero principalmente a la situación en Estados Unidos, claro.
Aquí,
la interpretación cunde rápidamente en las artes de una vanguardia
débil
y despreciable: la ficción y el drama. La mayoría de los
novelistas y
dramaturgos norteamericanos son, de hecho, periodistas, o caballeros
sociólogos y psicólogos. Escriben el equivalente literario
de la música
programada. Y tan rudimentario, falto de inspiración y esclerosado
ha
sido el concepto de lo que la forma puede representar en la ficción
y en
el drama que, aun cuando el contenido no es simplemente información,
noticia, es todavía peculiarmente visible, más fácilmente
manejable, más
ostensible. En la medida en que las novelas y los dramas (en Estados
Unidos), a diferencia de la poesía, la pintura y la música,
no reflejan
ninguna preocupación interesante por variar su forma, estas artes
continuarán siendo presa fácil ante los asaltos de la interpretación.
Pero el vanguardismo programático --que se ha propuesto fundamentalmente
experimentaciones con la forma a expensas del contenido- no es la única
defensa contra las interpretaciones que infestan el arte. Al menos, así
lo espero, pues ello supondría condenar el arte a una persecución
perpetua. (También perpetúa la misma distinción entre
forma y contenido
que es, en último término, una fantasía.) Idealmente,
es posible eludir
a los intérpretes por otro camino: mediante la creación de
obras de arte
cuya superficie sea tan unificada y límpida, cuyo ímpetu
sea tal, cuyo
mensaje sea tan directo, que la obra pueda ser... lo que es. ¿Es
esto
posible hoy? Sucede, a mi entender, en el cine. Por ese motivo, el cine
es en la actualidad, de todas las formas de arte, las más vívida,
la más
emocionante, las más importante. Quizás el indicador de la
vitalidad de
una determinada forma de arte consista en su capacidad para admitir
defectos, sin dejar de ser buena. Por ejemplo, algunas de las películas
de Bergman -pese a estar plagadas de mensajes poco convincentes sobre el
espíritu moderno, invitando así a interpretaciones- están
por encima de
las pretenciosas intenciones de su director. En Luz de invierno y El
silencio , la hermosa y visual sofisticación de las imágenes
subvierte
ante nuestros ojos la endeble seudointelectualidad. de la historia y de
una parte del diálogo. (El ejemplo más notable de este tipo
de
discrepancia es la obra de D. W Griffith.) En las buenas películas
existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la
ansiedad por interpretar. Muchas antiguas películas de Hollywood,
como
las de Cukor, Walsh, Hawks e incontables directores más, tienen
esta
cualidad liberadora antisimbólica, no inferior a la de las mejores
obras
de los nuevos directores europeos como Tirez sur le pianiste y Jules et
Jim, de Truffaut; À bout de souffle y Vivre sa vie, de Godard;
L'avventura, de Antonioni, e I fidanzati, de Olmi.
El hecho de que las películas no hayan sido atropelladas por los
interpretadores es, en parte, debido simplemente a la novedad del cine
como arte. Es también debido al feliz accidente por el cual las
películas, durante largo tiempo, fueron tan sólo películas;
en otras
palabras, que se las consideró parte de la cultura de masas, entendida
ésta como opuesta a la cultura superior, y fueron desechadas por
la
mayoría de las personas inteligentes. Además, en el cine
siempre hay
algo que atrapar al vuelo, además del contenido, para aquellos deseosos
de analizar. Pues el cine, a diferencia de la novela, posee un
vocabulario de las formas: la explícita, compleja y discutible
tecnología de los movimientos de cámara, de los cortes, y
de la
composición de planos implicados en la realización de una
película.
8
¿Qué tipo de crítica, de comentario sobre las artes,
es hoy
deseable? Pues no pretendo decir que las obras de arte sean inefables,
que no puedan ser descritas o parafraseadas. Pueden serlo. La cuestión
es cómo. ?Cómo debería ser una crítica que
sirviera a la obra de arte,
sin usurpar su espacio?
Lo que se necesita, en primer término, es una mayor atención
a la forma
en el arte. Si la excesiva atención al contenido provoca una arrogancia
de la interpretación, la descripción más extensa y
concienzuda de la
forma la silenciará. Lo que se necesita es un vocabulario -un
vocabulario, más que prescriptivo, descriptivo- de las formas*.
La mejor
crítica, y no es frecuente, procede a disolver las consideraciones
sobre
el contenido en consideraciones sobre la forma. Puedo citar, sobre el
cine, el teatro y la pintura respectivamente, el ensayo de Erwin
Panofsky, "Style and Medium in the Motion Pictures", el ensayo de
Northrop Frye, "A Conspectus of Dramatic Genres" y el ensayo de Pierre
Francastel, "La destruction d'un espace plastique". La obra de Roland
Barthes, Racine, y sus dos ensayos sobre Robbe-Grillet son ejemplos de
análisis formal aplicado a la obra de un solo autor. (Los mejores
ensayos en Mimesis, de Erich Auerbach, como "La cicatriz de Odiseo", son
también de este tipo.) Un ejemplo de análisis formal aplicado
simultáneamente al género y al autor lo encontraríamos
en el ensayo de
Walter Benjamin, "The Story Teller: Reflections on the Works of Nicolai
Leskov".
Igualmente válidos serían los actos de crítica que
proporcionaran una
descripción verdaderamente cer-
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* Una de las dificultades está en que nuestra idea de la forma es
espacial (todas las metáforas griegas de la forma derivan de nociones
espaciales). Es por ello por lo que disponemos de un vocabulario de las
formas- elaborado para las artes espaciales que para las temporales.
Entre las artes temporales una excepción natural es el teatro, quizá
porque el teatro es una forma narrativa (es decir, temporal) que se
proyecta visual y pictóricamente en un escenario... Nos falta, sin
embargo, aún, una poética de la novela, una noción
clara de las formas
de narración. Quizá la crítica cinematográfica
proporcione la ocasión y
sirva de punta de lanza, pues el cine es primordialmente una forma
visual, sin por ello dejar de ser una subdivisión de la literatura.
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tera, aguda, amorosa, de la aparición de una obra de arte. Esto
parece
ser más difícil incluso que el análisis formal. Parte
de la crítica
cinematográfica de Manny Farber, el ensayo de Dorothy Van Ghent
"The
Dickens Wor1ds: A View from Todgers" y el ensayo de Randall Jarrell
sobre Walt Whitman se cuentan entre los raros ejemplos de lo que quiero
decir. Son ensayos que revelan la superficie sensual del arte sin
enlodarla.
9
Hoy en día, el valor más alto y más liberador en el
arte -y en la
crítica de hoy- es la transparencia, La transparencia supone
experimentar la luminosidad del objeto en sí, de las cosas tal como
son.
En esto reside la grandeza de, por ejemplo, las películas de Bresson
y
de Ozu, y de La regla del Juego de Renoir.
En otros tiempos (en Dante, por ejemplo) debió de haber sido un
acto
creador y revolucionario el concebir las obras de arte de manera que
permitieran su experimentación en distintos niveles. Ahora no. Sería
reforzar el principio de redundancia, que es la principal aflicción
de
la vida moderna.
En otros tiempos (tiempos en que no abundaba el gran arte), debió
de
haber sido un acto creador y revolucionario el interpretar las obras de
arte. Ahora no. Decididamente, lo que ahora no precisamos es asimilar
nuevamente el Arte al Pensamiento o (lo que es peor) el Arte a la
Cultura.
La interpretación da por supuesta la experiencia sensorial
de la obra de arte, y toma a ésta como punto de partida. Pero hoy
este
supuesto es injustificado. Piénsese en la tremenda multiplicación
de las
obras de arte al alcance de todos nosotros, agregada a los gustos y
olores y visiones contradictorios del contorno urbano que bombardean
nuestros sentidos. La nuestra es una cultura basada en el exceso, en la
superproducción; el resultado es la constante declinación
de la agudeza
de nuestra experiencia sensorial. Todas las condiciones de la vida
moderna -su abundancia material, su exagerado abigarramiento- se
conjugan para embotar nuestras facultades sensoriales. Y la misión
del
crítico debe plantearse precisamente a la luz del condicionamiento
de
nuestros sentidos, de nuestras capacidades (más que de los de otras
épocas).
Lo que ahora importa es recuperar nuestros sentidos. Debemos aprender a
ver más, a oír más, a sentir más.
Nuestra misión no consiste en percibir en una obra de arte la mayor
cantidad posible de contenido, y .menos aún en exprimir de la obra
de
arte un contenido mayor que el ya existente. Nuestra misión consiste
en
reducir el contenido de modo que podamos ver en detalle el objeto.
La finalidad de todo comentario sobre el arte debiera ser hoy el hacer
que las obras de arte -y, por analogía, nuestra experiencia personal-
fueran para nosotros más, y no menos, reales. La función
de la crítica
debiera consistir en mostrar cómo es lo que es, incluso qué
es lo que
es, y no en mostrar qué significa.
10
En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del
arte.
(1964)
Traducción de Horacio Vázquez
Rial
Alfaguara
Buenos Aires 1996
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