Yván Silén:

El santo
 

Sagrado soy, alado soy, ligero,
pero los cerdos no ven y los sordos no oyen.

Me arrebato de Dios, me levito de sombras,
me suicido y espero al tren
como si estuviera solito.

Leo a los poetas
(los rapsodas, los delicados, los negros,
los maricas, los idiotas de Dío,
los publicistas) y me vomito
sobre el vómito de sus voces.
Me río del coro
mefístamente
y danzo en un pie en la cuerda floja
de la soledad, del espanto.
Caigo y me mato (me sueño, suspiro).
Soy feliz por haber caído.

Caigo y me burlo.
Caigo a la hora de caer
(me masturbo a la hora de la misa),
me meso en mi sillón vacío,
en la luna me meso, en los columpios.

Orino sangre de Dios (ya era hora)
y golpeo mi falo
en las espinas,
en la hostia,
en lo sagrado mío
y salpico a las niñas con sangre
(este es el cuerpo eterno,
fugaz, inútil,
que por vosotros es partido,
por ustedes picado,
quebrado, masticado).

Estoy solito.

La niña canta y se masturba,
y yo escupo mientras sueño,
mientras aguardo el tren
entre la muerte y las uvas.

Estoy sagrado. Estoy alado.
Me huelo y mi hedor es de rosas que no caen,
de rosas que no sueñan,
de rosas que no son.

Soy hermoso,
casi santo,
como si me hubiera disparado a la cabeza.
 
 
 

*****
 
 
 

15 d'enero del 2002
Nueva York