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Pablo Veiga
De
la humanidad de las letras
(Cuento)
-Pero... ¡hombre,
esto sí que es una sorpresa!- le dije al libro, a medio abrir, a
medio cerrar. Un señalador, bastante deteriorado él, aburrido
ya de cumplir su deíctica función todos los santos días,
prefirió erguirse y abandonar el lugar ante la mirada atónita
de los demás volúmenes que componen mi biblioteca.
-Toda una sorpresa, en
verdad. Pero apuesto uno contra cien a que alguna vez lo soñaste...
¿O me equivoco?...- La antología ahora se movía, divertida,
de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Al momento que estas palabras,
frases, se hilaban, ofreciendo su cohesión y contenido, las letras
correspondientes comenzaban, una tras otra, a desgranarse, para saltar
de la hoja, por turno. Sin agolparse iban a parar a un cenicero de cerámica
que hacía las veces de contenedor.
No podía (nadie,
en mi lugar, lo hubiese hecho, creo) dar crédito a la escena que
ante mis ojos se estaba desarrollando.
-... Sabes de mí,
...de todos...- prosiguió la antología, ya acomodada contra
el fondo del estante superior - Sabes más de lo que pensabas. Y
supiste esperar...
Repentinamente, las últimas
letras dejaban el volumen para ingresar al cenicero, y ante mi eterno asombro
se unían, separaban y volvían a unirse formando la silueta
de alguien conocido, admirado. "Una gran persona", como yo solía
llamarlo, en confianza, durante aquellas tantas noches de soledad autoimpuesta,
con su verdad en mis manos.
Pasó, creo, poco
menos de un minuto hasta que él terminó de delinearse y tomar
el color y la forma con la que su idea ingresó en mí. Curiosamente,
sus rasgos resultaban ser iguales a los que alguna vez me hubiesen develado
las enciclopedias. El reloj de pared, siempre ausente, quiso esta vez entrometerse,
sumándose a nuestro inusitado idilio con nueve de sus campanadas,
como rubricando que la hora exacta había por fin llegado, y fue
así, amigo lector, que Gustavo Adolfo Bécquer quiso tenderme
su mano amigable, y con las palabras pequeñas que solamente alguien
tan grande puede emanar desde las cenizas mismas, me dijo:
-Bueno, y dime: ¿qué
a sido de tu vida, en todo este tiempo sin vernos?
-Chau, hasta mañana- se despidió
Maxi, y, a la pasada, el Lolo Aguirre le puso el pie, haciéndolo
trastabillar y caer al piso (como siempre). Juntó sus cosas y alzó
la vista para mirarlo, apenas (como siempre), aunque conociendo de antemano
la respuesta: el mismo jodido de siempre, el camorrero de la escuela, mimado
por toda la asociación cooperadora y protegido de la directora y
la vice ("papá pasaría recién luego del cierre", su
frase de guerra, verdadero artilugio de escape, con el cual siempre conseguía
zafar del acta; "mi viejo es el gerente del Banco, ¿entendés?",
otra de las suyas, carta de presentación para conseguir las mejores
chicas) y, para colmo de males, de los de 9no EGB, los más grandes
de la institución.
"Alguien debería ponerlo en su lugar",
masculla Maxi entre dientes, haciéndolos rechinar.
Pero claro: el pueblo donde vivían tenía
"una sola" de todo: un solo edificio de altos -donde vivía el Lolo
y su familia-, una sola plaza, una sola heladería, una sola escuela.
Y era lógico que no iba a sacárselo de encima nunca, a no
ser que al viejo lo volviesen a trasladar.
-¿Qué te pasa, gallina? Vas a
empollar, otra vez, que vivís echado, en el suelo?
La cargada del Lolo fue festejada por los demás,
sin distinción social alguna y con la consabida obsecuencia que
este tipo de situaciones suele traer aparejada.
Día tras día, la misma historia:
antes de que llegue a la esquina, para tomar el micro que lo transportaba
a su casa, algún rollo con el Lolo; luego, llegar, sacarse el guardapolvo,
tomar la leche velozmente y devorar un solo pan con dulce de leche -si
había-, controlar los deberes para el día siguiente, leer
algo de lo que tuviesen para estudiar, eludir las bromas pesadas de su
padrastro, darle un beso a su mamá (si es que no estaba encerrada
en la pieza, llorando, con un ojo en compota), agarrar la bici hora y pico
después, pedalear hasta lo de Vale...
¡Valeria!
¿Qué sería de él,
si no la tuviese a Valeria? Pues nada. Ella era su remanso, su escondite
de la vida.
Los Pérez Lafont vivían unas doce
cuadras más arriba, en el barrio más copetudo. El papá
de Vale era medio caporale en la empresa de gas local, y auditor de no
sé qué otra cosa. ¿Qué era un auditor de no
sé qué? Misterio. Tal vez algún día se enterase.
Era cuestión de tiempo. Lo importante de todo era que Maxi todavía
no salía de su asombro cuando se ponía en la situación
del "suegro". Él no tenía más que su bici, doce años
y algunos meses, y unos pocos ahorros que podía distraer de las
propinas que le daban por repartir el diario los fines de semana ("de lunes
a viernes, tenés que estudiar", le había recalcado mil y
una veces don Carmelo, el dueño del puesto, y él pensaba
que tenía razón); Maxi Castillo lograba hábilmente
ocultarlos en el baldío de al lado, todas las noches, para algún
bendito día "escapar", junto con su vieja, de un alcohólico
golpeador.
Maxi soñaba, "total, es gratis", se consolaba.
Algún día sería alguien; alguien fuerte y poderoso.
Podría ayudar a la gente de todo el barrio...
Ahora, eso sí: por Vale -y únicamente
por ella-, haría cualquier cosa. Posta
*****
Cuando Maxi dio vuelta la esquina, el patrullero,
estacionado en la casa de al lado, lo sobresaltó. "¡A la pelotita!",
pensó "¿Qué habrá pasado?"
Hábilmente, un oficial lo interceptó
a mitad de camino, tomó del brazo y sacó del lugar. Al pasar
por delante de la casa vio a Vale, que, apenas asomada por entre las cortinas,
desde la ventana de su habitación le indicaba "da la vuelta, por
la puerta del patio".
Preguntó al cana "qué había
pasado", como para disimular. Consiguió la información que
suponía: "nada. Son cosas de grandes".
Obvio: ya estaba acostumbrado a ese tipo de
respuestas.
Dio un rodeo como para hacer tiempo, y enfiló
derecho para la entrada de atrás de la casa de Vale. La puerta estaba
entornada. Pasó la bicicleta, pasó él, y se acercó
a la ventana de ella.
Vale corrió las cortinas a un lado; antes,
le dedicó una sonrisa de satisfacción.
-¿Qué miércoles pasó,
al lado?, preguntó, curioso, ya dentro de su cuarto y tras el beso
"de cachete" que hace tiempo ya habían convenido de común
acuerdo.
-Shhhh, despacito, que pueden oírte mis
viejos- sugirió Vale. -Recién sacaron a la señora
Guerrero. Muerta.
-¿Mu... muerta? E... es... estás
segura, vos?- tartamudeó Maxi.
-Sí. La llevaban en una camilla, tapada
con una sábana... Pero la destaparon cuando vino el médico,
así que pude verle la cara.
Maxi no iba a dudar de ella. No, señor:
la palabra de Vale era santa. Siempre.
-¿Vemos un rato de tele?- le invitó,
tomándolo de la mano, para alejarlo de la ventana y situarlo a su
lado, en el sillón.
-Sí, bueno. Pero antes, ¿por qué
no me ayudás un cachito con la tarea? El jueves tengo prueba y...
Vale se puso molesta.
-¿De qué?- le preguntó,
para cumplir.
-Lengua-, dijo él, tímidamente.
Máximo sabía que se venía
el sermón.
-A ver, a ver...-Valeria comenzó a hojear
el cuaderno, con aires de superioridad. Él aprovechaba para mirarla:
¡era tan linda! Y esos ojos grandes, grises, en su carita de ángel,
lo ponían por...
-Pero... ¿coherencia y cohesión?,
¡Esto es una re-pavada!- sentenció Vale, rompiendo el ensimismamiento
de su novio, "filito", como gustaba de llamar a Maxi su madre.
Notó que él seguía mirándola.
Se dio vuelta, y en el movimiento, el largo y cepilladísimo
pelo rubio pareció delinear, aún más, su carita.
Para cuando Vale terminó de hacerse la
"Seño", él todavía no había pescado una. Le
sonrió. Y de paso, le enchufó un piquito.
Maxi enrojeció por un momento.
Cuando bajó del limbo, armándose
de valor y con aires de "superado", preguntó:
-¿Sí? ¿Tan fácil
es? Mirá que cuando la de Lengua lo explicó parecía
un reverendo desp...
Vale le interrumpió, con meticulosidad.
-¡Maxi: ojo con lo que decís!
El ruido repentino de tacos subiendo la escalera
la impulsó a empujar el cuaderno -Maxi incluido- bajo su cama, subiendo
rápidamente el volumen del televisor, cuya pantalla, estática,
no mostraba otra cosa que "mute".
La madre de Vale tocó a la puerta. Un
rápido "¿sí?" de aprobación le permitió
entreabrirla, como para ser oída.
-Hija- le dijo, apenas asomándose -y
algo en su voz la mostraba visiblemente preocupada- no salgas de casa hoy.
¿Sí? Estuvo la policía al lado y...
-Sí, mamá- respondió ella,
obediente, pero sabiendo que de todos modos haría lo que quisiese,
como siempre.
Minutos después, con la escena despejada,
Maxi volvía a su lado, algo más inquieto.
-Escuchaste a tu mamá, ¿no?
-No. - respondió rápidamente ella.
-¿Dijo algo?- continuó, burlona.
El sol ya había empezado a caer desde
hacía como media hora, y Maxi supo que en la risita de Vale
había una invitación para la noche.
*****
Cuando su mamá y "el tipo ése"
al fin dejaron de hacer ruido y comenzaron a roncar, Maxi Castillo se levantó,
sigilosamente, para empezarse a vestir.
El reloj de pared le anunció, con una
campanada, las doce y media de la noche.
Máximo bostezó, maldijo su suerte,
salió por la ventana, montó su bicicleta y enfiló,
rumbo a lo de Vale.
Al dar vuelta la esquina, ella ya lo estaba
esperando. Lo recibió sonriente, con otro beso.
Maxi contó "seis", en lo que iba del
día.
Vale pareció adivinarle el pensamiento.
"¡Exagerado!", le retó.
Y, totalmente distendidos, charlando de cualquier
cosa, comenzaron a pedalear calle abajo.
Llegaban diez minutos después que los
demás: cargada en puerta.
-¡"Aventura en los ligustros", con Máximo
Castillo y Valeria Pérez Lafont! ¡Desde hoy, en todas las
salas del país!-, vociferó uno de los mellizos Cortés.
-¡No se la pierda!"-, agregó el
otro, siguiéndole la corriente a su hermano, mientras los cuatro
restantes rompían a reír, festejando la "salida".
Cuando toda alusión humorística
a la causa de su posible demora húbose al fin apaciguado, Vale,
parándose, dio comienzo a la reunión.
-Viernes 13 de enero de 200...; siendo ya las
-miró su reloj- 12:49 AM, yo, Valeria Pérez Lafont, en mi
carácter de titular responsable del Consejo de la Hermandad aquí
reunido...
Maxi pensó otra vez en esas palabras
que, por sexta noche consecutiva, le escuchaba decir a Vale: todavía
no terminaba de entender qué era "titular", a qué "Hermandad"
se refería... "Vos calláte y no preguntés ¿O
querés que en esto me quede sola, con todos estos vagos que no hacen
más que mirarme, como queriéndome comer...?" le había
dicho ella en un par de oportunidades, dirigiéndole un "medio puchero"
que él siempre terminaba por calmar, accediendo a cualquiera de
sus caprichitos. Y él sabía que eran caprichitos, claro
Es más: a Maxi, hasta le parecía
que la amaba a Vale, pero... ¡qué se yo!...
-...y, como estuviese estipulado ya desde los
comienzos, cada viernes 13 se procederá al bautismo... -Vale levantó
aún más el tono de voz, para sonar más autoritaria-
... de nuestro nuevo miembro de la Hermandad...
Cuando ella lo señaló, Maxi se
sintió el chico más afortunado del mundo.
-... mi novio... -y cuando dijo "novio", los
mellizos casi sueltan una nueva cargada, pero un "algo" fulminante en la
mirada de Vale los retuvo de hacerlo, -Máximo Castillo-, concluyó,
satisfecha.
Ella se volvió a un costado, para mirarlo.
Él, sentado a su lado (como siempre), ni se vino venir el increíblemente
apasionado beso en la boca que ella le dio -y, para colmo de males, delante
de todos.
Maxi se sentía un poco más "grande",
ahora.
Le pasó la mano por el hombros, y ella,
muy enamorada, se le acurrucó debajo, como una pichoncita. Así
estuvieron los dos, muy acaramelados, a partir de entonces.
"¡Ah, machito viejo, nomás!", le
habría dicho el tío Raúl, si lo viese allí,
ahora.
La reunión siguió normalmente,
tocándose todo tipo de temas -en especial, el colegio: uno de los
temas más solicitados por los mellizos Cortés, que ya venían
de haber sido expulsados de otras dos instituciones por, entre otras achurías,
quemar la mapoteca, liderar una batalla campal en el patio, y etcéteras
varios-. Vale, acomodándose mejor para hablarle directamente al
oído, le dijo:
-Claro que..., si querés que estemos
"todo el día juntos", tenés que pasar tu bautismo de fuego,
como todos...
Maxi la miró, extrañado.
-¿Qué cosa?- preguntó.
-Tu bautismo de fuego, como todos los que estamos
acá. Es una prueba -se explicó mejor.
-Una prueba... -dijo Maxi, -prueba..., ¿de
qué?
-Hombría... -dijo ella y, como sin querer,
le rozó su incipientes patillas con los labios
Maxi sintió que se moría.
Le dejaron solo, por un momento. "Tenemos que
deliberar", le dijo ella. Cuando volvió, antes de reubicarse a su
lado -bajo el "ala"- le hizo una seña, como diciendo "poca cosa:
no te preocupés".
*****
La madre de Vale destapó la cama violentamente,
tomando el aire suficiente como para decir a su hija: "pero escucháme:
¿sos sorda, vos?, ¿no oís que te estamos llamando...?",
cuando, al encontrar en su lugar una almohada, bajó desesperada
las escaleras gritándole en el camino a su marido:
-¡Papá...! ¡Papá!
¡Despertáte: Valeria no está en su cama!
El hombre de la casa, terriblemente ofuscado,
recordó la fecha y empujó la tapa del doble féretro
de una patada para comenzar a vestirse, mientras profería toda clase
de insultos en una lengua bastante incomprensible, por cierto.
-¡Papá: no le vayas a pegar,
por favor: es que..., ya sabés: la tradición...
-¡Al diablo con la tradición!-,
le interrumpió, y haciendo a su mujer a un lado, tomó su
capa y saltó por la ventana, rumbo al cementerio municipal de las
afueras.
Su mujer siguió hasta la cocina, abrió
la heladera, y sacó el último sachet de plasma disponible.
De una dentellada, quitó el precinto y comenzó a beberlo,
volviéndose a culpar por el asesinato de la de Guerrero, "por hambre".
Sobrevolando la noche porteña, un murciélago
más -otro de los tantos-, batía sus alas con desesperación.
"No. Justamente ese chico, no" se decía.
Entretanto, Maxi Castillo se aprestaba a escuchar
el veredicto.
-...y es voluntad unánime de esta Hermandad
- dijo Vale, -conceder a Máximo Castillo el honor de llevar a cabo
la prueba de admisión necesaria para ingresar a ella: ...
-..."la búsqueda del tesoro"..., adelantó
uno de los mellizos Cortés, recibiendo un impensado codazo de la
titular, que intentaba darle al anuncio toda la importancia necesaria.
-..."la búsqueda del tesoro"..., -concluyó,
invitando a su novio a levantarse del suelo.
Maxi creyó intuir que la cosa venía
light; de todos modos, preguntó.
-Para ser aceptado como miembro de la Hermandad
-, le respondió su "amor"-, deberás entrar al cementerio
por la puerta del costado y traer una copa de plata que se encuentra escondida
en una de las criptas...
Para entonces, Maxi no podía escuchar
más: estaba temblando como una hoja.
Nunca supo por qué también se
acordó de su finado viejo cuando, al venírsele a la mente
las cargadas del Lolo, tomó una bocanada de aire, miró a
Vale, y enfiló solito para la puerta del cementerio.
Los demás lo observaban alejarse, complacidos.
Segundos después, al avistar ya las primeras
cruces que se alzaban, intimidantes, en medio de la espesa bruma, Máximo
Castillo hizo un esfuerzo infrahumano por no tomar su bici y salir de ese
lugar a los santos piques.
*****
Secó sus lágrimas con la manga
y volvió a moquear, molesto consigo mismo por no poder respirar
correctamente y, encima, ser tan "gallina" para algunas cosas.
Maxi salió de la tercer cripta visitada
en esos primeros quince minutos dentro del lugar que cualquiera (menos
él) habría elegido visitar para exponer un amor inconmensurable.
Medianamente decidido, cruzó hacia la
primera de la calle siguiente, miró hacia el cielo y pidió
"fuerza" para continuar con la prueba.
La luna, en cuarto creciente, parecía
como que se le reía en la cara.
Manoteó el picaporte de bronce labrado,
y lo bajó, a la vez que empujaba con su hombro derecho para abrirla.
Estaba cerrada con llave.
Maldijo su suerte. "Y casi seguro que la copa
está en esta", pensó.
Limpió el vidrio con el dorso de la mano
y en redondo, como para tratar de "pispear", a ver si se veía algo.
Algo que brillaba a un costado del pequeño
altar le dio esperanzas de culminar su búsqueda. También,
una sombra pareció moverse súbitamente hacia abajo, hacia
lo más oscuro del rincón izquierdo.
A Maxi le corrió un sudor frío
desde abajo hacia arriba, por toda la espina dorsal.
No supo nunca por qué volvió a
acordarse de su viejo, del Lolo...
De Vale...
Y decidió que ya era tiempo de crecer.
Después de andar cabizbajo por unos minutos,
Maxi encontró lo que buscaba: un pedazo de alambre, y con ello,
confirmó, una vez más, su teoría de que "siempre,
pero siempre, hay algún pedazo de alambre al cuete por ahí."
Haciéndole algunos dobleces "de memoria",
volvió hasta la puerta de la cripta, para girar su improvisada ganzúa
en todas las posiciones operables.
Un "clac" repentino le devolvió la sonrisa.
Máximo Castillo, superhéroe a
prueba de todo, empujó la puerta despacio, tratando de que las vetustas
y oxidadas bisagras dejasen de chirriar.
Entró. Hacia ambos lados, las manijas
de dos ataúdes brillaban a la luz de la luna y le daban una lúgubre
bienvenida.
Hizo unos pasos, temeroso. En el final,
se topó con algo.
Ahí estaba. En un rincón, la famosa
copa de plata que le habían pedido t...
La mano, saliendo de la nada, lo tomó
del brazo, por sorpresa.
A Maxi, el corazón le dio un repentino
vuelco.
Casi se infarta cuando, con voz firme pero suave,
el papá de Vale le dijo:
-No tenés que hacer esto para demostrarle
tu amor, ¿sabés?
¡El papá de Vale! ¡Y vestido
con una capa!
Le quedaba re-bien la capa.
Pero... ¿qué hacía a esa
hora, y justo en ese lugar?
-Primero que nada, vine a advertirte. Después,
a felicitarte. Y después, a lamentarme de que la vida no me dé
la oportunidad de poder tener, algún día, un yerno como vos.-
le dijo, y para este entonces, Maxi ya estaba totalmente confundido.
Aparte, el tipo parecía tener poderes
telepáticos: adivinaba el pensamiento.
-Algo así-, le dijo, sorpresivamente,
y ahí sí, Maxi se dio que cuenta de que, verdaderamente,
el tipo leía sus pensamientos.- Pero lo mejor de todo, es poder
leer el corazón de la gente. Eso sí que es importante-concluyó.
Máximo Castillo se sentó a su
lado. No sabía por qué, pero la voz del papá de Vale
sonaba como cuando uno baja exageradamente el labio superior.
Estuvieron un rato hablando de bueyes perdidos
allí sentados, uno al lado del otro.
De a poquito, él comenzaba a restar importancia
al lugar donde se encontraban y parecía animarse un poco más;
al rato, ya departían animosamente, como si fueran grandes amigos.
Entonces él, mayor, experimentado, aprovechó
y le habló de lo que realmente era ser un hombre, de la vida, de
las decisiones y los fracasos, de los aciertos y de los errores, más
allá de cualquier prueba a la que alguien eligiese someterse, sea
en la edad que sea.
Y el vampiro, sumiendo su rostro en la oscuridad
total, se permitió sonreír sin tapujos, porque el chico había
entendido.
Maxi volvió a preguntar por el motivo
de su estadía en el lugar: concretamente, qué era lo que
estaba haciendo ahí, y, encima, a esa hora de la madrugada.
-¿Así que te preocupa qué
es lo que hago acá, en una cripta, y a hora tan avanzada de la noche,
eh?- le dijo, algo más distendido. -Bien..., a ver..., - ¿Qué
me dirías, Maxi, si te dijese que soy alguien "acostumbrado" a este
tipo de salidas, alguien que, desde hace mucho pero mucho -y enfatizó
aún más el tono- tiempo ya suele andar por este tipo de lugares?
-¿Por los cementerios, dice usted?- le
preguntó, extrañado
-Sí. Eso mismo.
-Bueno...,-Maxi tragó, dificultosamente,
hilvanó sus ideas y, sin más, decidió serle sincero-,
creo, este...-volvió a tragar, y prosiguió- ... creo que
le diría que usted es uno de esos de las películas...
Su interlocutor lo miró, asintiéndole,
sin hablar.
Horrorizado ante la confesión, Maxi quiso
pegar un grito, pero no le salió. La mano sabia del vampiro corrió
presurosa a apoyarse en su hombro: enseguida le invadió a Maxi un
sentimiento de calma.
-Bueno, así son las cosas-, le dijo,
sin más- ahora, creo que es tiempo que conozcas algo importante...
Y diciendo esto, llevó el índice
de la mano derecha a la frente del chico, que entró como en un sopor
hipnótico.
-Maxi: esto sería tu futuro con mi hija.
Vélo -ordenó.
Como dentro de una gran vorágine multicolor,
Maxi fue viendo lo que debía ver: se vio a él, mayor, afeitándose;
vio a Vale, todavía una niña... y Maxi vio -sintió-
a Vale, a lo que Vale era, en realidad.
La sensación era angustiante, horrible:
un dolor del espíritu, mezcla de desilusión y ganas de morirse...
Dicen los que narran esta historia, que, un buen
día, los Pérez Lafont se marcharon del barrio -mudanza incluida-.
Que, así como un buen día llegaron, como de la nada, un día
se desaparecieron, sin dejar rastro ni pista de su paradero. Y que un chico
sufrió de amor, pero que , al poco tiempo, una nueva compañera
-muy linda, realmente- vino a remendarle el corazón.
Dicen que nadie, ningún vecino siquiera,
supo nada de ellos, nunca más. Algunos, aventuran haberlos visto
de noche en un pueblo perdido de la Europa Oriental, pero es poco probable.
Además, el testimonio viene de un viejo borracho, un paladar exquisito
y veterano catador de los más variados whiskies importados.
Y los chicos de hoy no creen a ningún viejo, y menos, si es un borracho.
Y dicen, también, que cuando el sepulturero
encontró a Maxi inconsciente, tirado en la entrada del cementerio,
parecía hasta más grande, como crecido...
Pablo Veiga