Yván Silén:
 
 

Los Poetas Neoyoricans
 
 

Navego el espejo de la luna. Navego el espejo
del humo y sé que'l agua es cristal
roto, telescopio roto do te miro
polichinelamente leyendo

sobre una silla en inglés debajo de tus
paraguas verdes. Y te veo muerto, famoso, clavado,
rosa, leyendo en tu baúl toda la
muerte. Leyendo gris, como lepra de Dios,

leyendo inviernos en tu caja de zapatos:
(Adal, la foto, Piñeiro, l'aguja,
Teresita, las heces--el antihéroe,

el alterego, el promotor, el tonto--).
Líbrame, Señor, de los enterradores
de la poesía (de los boricuas agringados) que

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vienen a posar Mis-universa-mente
un sueño falso de abril, un denario
más falso que la fama. Líbrame, Señor,
de Poeta en Nueva York, de Canto General, del

Obituario (de Adal, de Rafa, del jeque
Pietri). Líbrame de mí mismo por ser Dux, Señor,
hipotécame (ahora que'l agua se
ahoga en el otoño, ahora que la lama se

ahoga en el espejo), inflacióname el
alma en los otoños, inflámame el cuerpo con tu
eclipse, y vuélame, búzame, andariégame

arrebátame contigo, y líbrame,
una vez más, líbrame siempre, de
los poetas de la coca, de los poetas tecatos,

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 hazme incrédulo como Tú, ateo de
los esenios qu'escriben en inglés, Navégame,
Tú, para que pueda yo navegar tu
muerte. Navégame luna para que pueda yo,

más radical, más cierto, más oscuro
que la muerte, navegar tu sueño. Desdíchame,
ficcióname, para que mi laúd sea
una lanza y mi flauta una lanza

y mi falo una lanza. Líbrame de
todos los valores, vende mi piel y mis genitales
 en tu templo. Terremótame contra el

mundo, espanta la maldad de los que leen en voz
alta en medio de tu sueño. Líbranos
de los sonámbulos de la muerte, de

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los anexionistas de la fama, de
los que trafican las madres en las loncheras.
Apaga los quinqués de los famosos y
que pueda yo ver Señor, la independencia

de la patria, y no los dejes cruzar el
Aqueronte, ni el río de Loíza, ni
el río de la mierda de sus palabras
vacías (de sus cafés, de sus alacranes de cañas,

de sus abuelos oscuros qu'ellos venden
una vez más en la pobreza de su
fama). Líbranos de sus historias increíblemente
 

tontas, superficiales y muertas. Líbranos de
Sandrita, del entretenimiento del "show",
líbranos de los espanglishtas, de

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Gianinna, de del Valle, estréllanos, horúsnanos,
si fuera necesario, neftístanos con tu
enana blanca, cósenos los oídos
para que no oigamos sus aullidos, sus agujas,

su folklore (sus ataúdes, sus cadáveres, sus
medallas, su premios). Líbranos de los
Espadas que délficamente recitan.
"Éros-nos", altéranos, antiámanos,

abuchéanos, baquéanos, crístanos,
pítanos, dyoniséanos, pilátanos
y elicéanos con tu escoba en las plazas públicas

en las plazas añejas del sueño y
del olvido. Para que nadie vea el vómito,
ni la sombra, ni la vergüenza de los rapsodas

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neoyoricans, el show de los poetas indigentes, el
espectáculo de los aëdas miserables,
los cuasi-versos de los "poetas" pordioseros...
...las nanas de los mendigos de la "fama",

los miserables de Dios, los cursis del Gehena,
los clichosos del infierno, los tautológicos
del Hades en las tabernas de Sanjuan,
en los ghettos de Manhattan. ¡Oh, Dios, dame

más locura y dame más sed de ti,
más escándalo, más espanto, más
dicha y desdicha de decir y

más absurdo de ti y líbrame de
los que cuelan el mosquito, líbrame
de los que pican tu falo, de los que

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(Soy el miedo y oscuramente temo. Veo el
objeto bello que deliro, pero no miro
el miedo, ni me veo a mí mismo. Miro
el silencio, el dolor, el atardecer, la grima,

pero no oigo a la muerte, no la respiro,
no la toco, no la siento, no la soy:
¿quién teme entonces? ¿Quién es el miedo?
¿Quién sueña el pavor? ¿Quién despierta asombro?

Miro la lluvia y mi corazón llueve. Miro
la luna y mi corazón se aluna. Observo a Dios,
lo invento, lo sueño, lo deseo y mi corazón,

 como una geisha, lo sueña también y lo delira...
Soy el miedo y oscuramente Te deseo:
la lluvia es tibia como el Dios que te seduce.)

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pican el español y de los que pican
las moscas. Líbrame, Tú, de los que trafican el
inglés y dicen ser "poetas" (y no son
otra cosa que los quincalleros de

las palabras vacías) y desgarran
tu sotana en las vitrinas del mercado.
Líbrame, porque si no me libras Tú me
libraré yo mismo, de los que beben tu sangre

neoyorricamente en las tacitas de té,
o en las escupideras mohosas de
los anexionistas: líbrame de tu Espantapájaro y

líbrame aún de los huelecoca, de
los que clavan tu vena con betún, y
con bitumul te clavan y te persiguen

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piñeiramente en los niños de seis
años por las escaleras d'escape, y escupen
gargajos en las manos de los negros,
y de los indios, y recitan y recitan y

recitan, oscuramente, en las esquinas
de los sueños. Líbrame de los que dicen
ser y nunca han sido, de los que vienen
a Vieques a posar en las primeras

páginas de la muerte. Líbranos porque'l
agua se ha roto y la muerte se ha roto
y el jinete de tu caballo

bermejo sigue esperando tu taxi
apocalípticamente en las esquinas
de Sanjuan un seis d'enero ebrio

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pidiendo limosna neoyorricamente como un ángel,
escribiendo indecentemente como Yván
escribiendo, Tú, como un esquizo, tlócmente, en la
puerta en que'l Rey Momo se arrebata y

se masturba en los baños públicos,
en los sartenes mohosos como si
fuera un cuatro de julio que el terror
celebra: Padre Nuestro, Tú, que no

 estuviste en las Torres Gemelas.
Líbranos de Nueva York y de sus calles.
Líbranos de los idiotas que leen

turistamente debajo de las playas. De los
que leen debajo de las estufas,
debajo de los paraguas. Había

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una vez una ciudad llamada Sanjuan
que fue quemada con fuego. Una vez un
café newyorican quemado con fuego
y unos poetas falsos quemados con fuego.

Navego en el espejo de tu alma, porque
sé que'l agua es de cristal quebrado
y tu alma rota es luna quebrada y
tu  boca de Dios, amor quebrado.
 

6 de enero del 2002
Nueva York
 

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