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"Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches
nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él
como de las cosas que vemos todos los días"
F.Nietzsche
¿Por qué son peligrosos los sueños recurrentes? En las inconclusas noches del insomnio, cuando al fin el olvido del mundo llega en tu búsqueda, las aguas oníricas te guían hacia casas o trenes. La casa es siempre conocida, te mueves en ella con la comodidad del hábito. Consagras los ritos cotidianos en medio de miradas familiares. Los rostros de los vivos se mezclan con los rostros de los muertos. A veces es la casa de tu abuelo, con sus largos corredores y el aroma de la parra en el verano. Vas hacia la puerta y es la vereda de la casa de tus padres, manchada con el zumo violeta de las moras.A veces es una casa ignota, construida sobre una alta colina cuya pendiente lleva hasta el mar y otras es tu propia casa, con sus íntimos aromas y las voces de tus hijos en sus rincones.
Tu abuelo está sentado en un sillón, con la mirada perdida y las manos entrecruzadas. Mueve rítmicamente los pulgares, tal vez marcando la melodía de los recuerdos. Lo miras y se transforma en tu padre. Quieres verte en sus ojos y la crueldad del sueño te lleva hacia los trenes. Pasas infinitamente de un vagón a otro buscando a un pasajero incierto y cuando crees encontrarlo, el tren se ha detenido y debes bajar en una playa desierta. Todos esperan que el tren se ponga en marcha nuevamente y al hacerlo, debes correr angustiada porque no alcanzas a subirte. Apenas si llegas al último vagón y, sofocada, debes emprender nuevamente la pesquisa del recóndito pasajero. Entras en un compartimento lleno de humo. Casi no puedes ver, pero percibes allí a los parientes que mueren en días de fiesta y a tu abuela que te ofrece caramelos. Oculto tras un libro, está el viajero, pero cuando avanzas hacia él, estás de nuevo en una de las casas que describe tu memoria relajada en el teatro de los párpados cerrados.
Avanzas por el patio de la casa de tus padres, corres por los contiguos dormitorios de tus abuelos y tus tías, atraviesas tu cocina y subes entonces la escalera: allí encuentras un lugar diferente y nunca imaginado. Es tan amplio que es imposible chocar con sus paredes; el aire que lo envuelve tiene un perfume misterioso, mezcla de fresias, jazmines y violetas. Sus ventanas dan al mar y una luna de fuego asoma en la línea del horizonte. ¿Cómo recorriste tantas veces la casa y nunca descubriste ese sitio? Algo hay en él que debes ver pronto, antes que las maquinaciones de la fosca razón te trasladen de nuevo hacia los trenes para buscar eternamente al errante peregrino que ocultaba su cara tras un libro.
Te dices que al fin y al cabo tú eres la creadora de estos sueños y avanzas hacia el amplio escritorio de nogal, pero cuando llegas, es sólo la mesa que construyó tu padre donde tu madre ha apilado la ropa planchada y tu tío Mario ha dejado un libro, un libro que ha robado para ti, porque sí, por una broma, por un impulso. Cuando su amigo volvió la cabeza, te cuenta, hizo desaparecer el libro para traértelo. Y en el libro estaba toda la aventura, toda la historia de las casas que habitaba un viajero desconsolado, quien cada vez que bajaba de los trenes que lo alejaban de los días familiares, encontraba su casa transformada en otra y empezaba a fatigar los corredores para atinar alguna vez con el paraje con el que siempre soñaba, cuando la música del viaje lo acunaba entre sus notas.
Marta Fiecconi
Enero de 2001
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