LUNA ROJA






LABORATORIO

 3 de la mañana. El hospital duerme, pero un hombre permanece despierto trabajando frenéticamente en un Laboratorio. Vierte en pequeñosfrasquitos el contenido de una pipeta, depositando luego éstos en una pequeña caja de cartón. El sudor le empaña las gafas y baja por una gran cicatriz que surca su pómulo izquierdo.
Un teléfono móvil suena. El hombre contesta:
- ¿Sí?. No. Necesitaré 3 horas más. No te preocupes, el envío podrá hacerse mañana por la tarde.
Cuelga, y en ese momento la puerta se abre y entra un ATS, que sin abrir la boca agarra la pequeña caja y comienza a andar. El hombre de la cicatriz se queda boquiabierto y luego sale a la carrera, obstaculizando el paso de su colega.
- ¿Qué haces? -pregunta.
- ¿Qué coño haces tú? -responde el otro-. Déjame pasar de una puta vez, en el quirófano necesitan anestesias. - y aparta a nuestro hombre, que observa incrédulo un sello en la cajita que reza "ANESTESIAS". El otro sale del laboratorio, y el alquimista nocturno marca rápidamente en el móvil.
- Tenemos un problema.

 Al otro lado de la línea un hombre escucha en una habitación mal iluminada. Junto a él una mujer fuma, el cenicero sobre la mesa rebosante de colillas. Junto a éste hay  una baraja de póker. El hombre asiente y cuelga. Le explica lo ocurrido a la mujer.
- ¿Qué vamos a hacer ahora? -dice ésta.
- Recuperar el líquido. Tan solo hay que averiguar dónde han dejado la caja exactamente y que Andrés la recoja. Mañana por la noche.
- ¿No sería mejor dejarlo correr?. Si anestesian a alguien con eso, te aseguro que va a haber graves problemas en el hospital, y luego una investigación, y acabaremos bien jodidos.
- No. Demasiado dinero para tirarlo a la basura. Siempre podemos averiguar a quién se le ha inyectado el líquido y provocarle un accidente fatal antes de que comience a sufrir los efectos. Un día , por lo menos.
- De acuerdo.
El hombre marca en el móvil y dice:
- ¿Andrés?. Escucha...

OPERACION

 Y mi culo ardió; dentro de mí estallaron mil pequeños brotes de dolor que se convirtieron en una gran bola de fuego interior. Oh, ya me imaginaba que dolería, pero nunca tanto...
- Lo estás haciendo muy bien, hombre - pude oír por debajo de mis aullidos. Ya que no podía pedir clemencia, por lo menos podía gritar.
Era una mierda de consuelo, una auténtica mierda, vaya.
- Ahora voy a introducir la aguja lentamente, ¿ de acuerdo ?.
Intenté decir que no, que ya me las arreglaría por mi cuenta, pero mi lengua se negó a moverse. Lo que sí se movió fue la aguja, centímetro a centímetro, y le ladré a la luna de dolor en la que estaba viviendo mientras notaba cómo la sangre fluía de mi interior, cálida, contenta de salir al exterior, libre de la opresión de las venas hinchadas... pero era mi sangre, corría por mis venas y no tenía derecho a escapar de mí, por lo menos no de una manera tan escandalosa; nada de huir a escondidas, sino con un gran alboroto. Podía oír las risas de los leucocitos y los hematíes y los glóbulos blancos y rojos y las plaquetas...
Anocheció, amaneció, volvió a ser de día y de noche y yo permanecí  tumbado de espaldas en mi cama, sumido ahora en la anestesia, dulce ensueño que no permite a los sentidos ser capaces de captar lo que te ocurre y lo que te ocurrió. Deseé en mis sueños estar anestesiado
eternamente para no recordar de quién procedían aquellas risas que estallaban en mi cabeza,  perturbando mi sueño.
 

JERINGUILLAS

 - La verdad es que no sabemos lo que pasa - pude identificar al médico que me había operado. Olía a médico, anestesia, sí, pero no a sangre...
¿ porqué no olía a sangre ?.  - . Este es el caso más raro que he visto en mi vida - mi mujer sollozó a su lado, y pude oír a mi hermano consolándola. Agucé el oído.
- ¿ Porqué no se despierta, Doctor ?
- No lo sé. Es algo extrañísimo. La operación marchó perfectamente, y en realidad era una intervención dolorosa, pero... las hemorroides son algo muy habitual.
- La anestesia funcionó perfectamente, todo fue correcto... - un suspiro
- En realidad, el sueño,  em, com... el estado de su marido se debe, evidentemente, a un trastorno psíquico - mi mujer respingó - , pero éste no puede haberse producido debido a la operación. Sra. Ciernes, ¿ ha estado su marido en tratamiento psiquiátrico ?. ¿No?... ¿ y nunca ha
mostrado síntomas depresivos, nerviosos... trastornos de la conducta ?.
No. Bien, entonces...
 Dejé de prestar atención a la conversación. Me sentía plenamente lúcido, y mi mente comenzaba a trazar un plan que saldaría cuentas con los culpables.. Todos ellos pagarían, vaya que sí, por Dios y su madre, santa esta o no . Mi sangre había huido riéndose de mí, pero alguien se la había llevado, sin pedirme permiso para ello... bien, yo me iba a encargar de restituir a su cárcel a aquella puta escurridiza.
Satisfecho, cerré los ojos y me dormí de nuevo; sabía que despertaría cuándo llegara la noche; la noche era mi aliada, dentro de ella podría moverme sigilosamente, como los vampiroslicántroposmonstruos y los justicieros, sí...
 Las doce. Pude oír las campanadas, no sé si procedentes de una iglesia o del interior de mi cabeza, pero eso no tenía importancia. Era la hora de los muertos en cualquier película serie B, y Roger Corman nunca hubiera podido escribir un guión para mí. Me incorporé lentamente sobre
la cama y dejé que mis oídos percibieran los sonidos; ruidos, ruidos de hospital, sirenas de ambulancias  y timbres llamando a las enfermeras.
Bien, bien...
En 5 minutos estaba vestido con mi ropa de calle, y la urgencia de mi misión mitigaba el salvaje dolor de mi culo.
De modo que salí al pasillo y cogí sigilosamente el ascensor, directo al sótano. Notaba ahora percepciones que no eran normales, pero podía sentirlas como propias, una nueva parte de mí.. Era capaz de oler como un animal, un lobo de caza; y el olor me guiaba al sótano, un olor
indefinido pero atractivo, que se imponía sobre todos los demás. El ascensor se detuvo. En el exterior no había nadie, y el olor era muy fuerte ahora. Lo rastreé hasta encontrarme frente a un letrero que rezaba: LABORATORIO. Escruté por la ventanilla  de la puerta y me quedé paralizado: mi querido cirujano tenía una jeringuilla clavada en el brazo, y bombeaba sangre hacia adentro. Había múltiples frasquitos de sangre vacíos alrededor suyo; ¡ el muy cabrón se estaba chutando sangre,sangre que podía ser mía .!
Las cosas ocurrieron vertiginosamente. Me precipité a través de la puerta y embestí al estupefacto médico, ¡ JU JU ¡, que cayó al suelo derramando aquellos  preciosos frasquitos con sangre robada a sus propietarios. Le atenacé fuerte del cuello y amenacé:
- ¡ Ruegue porque ninguno de esos tarros fuera mío ¡
La cara del buen Dr. se retorció en un rictus de miedo y asombro , pero a mí no me engañaba para nada.
- ¿ Qué hace Vd. aquí a estas horas, cirujano ?, ¡ QUE HACE CON LA SANGRE QUE NO ES SUYA ¡
- Yo estoy... estoy trabajan... ¿ Sr. Ciernes ? - entonces comprendí, entendí claramente qué demonios pasaba en aquel jodido hospital, y le arreé - duro, en la cabeza - mientras le acusaba:
- ¡ JODIDO VAMPIRO ¡ ¡TE HE CAZADO ¡ - y cual Van Helsing sin estaca, cruces, ni ajos a mano, procedí a reventarle la cabeza contra el suelo, mientras le tapaba la boca con la mano intentando silenciar sus gritos.
Esta vez fue su sangre la que se derramó por el suelo, hemoglobina robada a nosotros, pobres enfermos en manos de un vampiro...
Las puertas batientes se abrieron con estrépito, y una enfermera entró para quedarse clavada mirándonos. Procedí a tranquilizarla.
- Tranquila, Srta. Ya no tendrá que soportar más a este odioso vampiro,
y... - pero no me dejó terminar de explicarme, ya que salió corriendo como alma que lleva el diablo dando pequeños grititos. Entonces comprendí: ella era parte de la cofradía de los no-muertos, y escapaba para dar aviso a sus compañeros de ultratumba. No lo dudé ni un segundo y corrí tras ella aguantándome el dolor del culo; salté en el aire y la agarré en una presa inquebrantable; le di la vuelta y le espeté:
- ¡ Impía Vampira ¡; un solo ruido más y todo lo que quedará de tu cabeza será un pingajo que no reconstruirá ni el mismo Drácula.
Ella calló, mirándome con los ojos muy abiertos. Durante unos momentos
sentí una extraña sensación, un viento que se paseó dentro de mí avisándome de que algo marchaba mal, pero se desvaneció suavemente. Todo estaba bien de nuevo: mi sangre tenía que estar cerca y no había más vampiros cerca. Arrastré a la enfer... - ¡ el vampiro, el súcubo, la
chupasangres vestida de blanco ¡ - hacia el laboratorio; la muy puta todavía tenía la presencia de ánimo para suplicar entre sollozos que no le hiciera daño. Le asesté un mandoble y se calló.
Dentro del laboratorio procedí a atrancar la puerta para asegurarme de que ningún jodido vampiro me cogiera por sorpresa. Luego le aticé 4 buenos puñetazos en la boca; ahora iban a aclararse unas cuántas cosas.
- Dime, monstruo, ¿ cuántos más hay en este... hospital ?
- No sé de qué me habla... yo no... - la abofeteé y la agarré del cuello, acercándole la cabeza al muerto - ahora de verdad - en el suelo.

- ¿ Y quién es éste ?- por toda respuesta ella aulló como una loca y
tuve que meterle una gasa en la boca para que no alertara a todo el maldito hospital. Reflexioné; era evidente que era una magnífica actriz y que estaba esperando su oportunidad, así que debía de ponerle un cebo que no fuera capaz de evitar. Los vampiros no podían soportar las
cruces... pero tampoco el sol, y el falso médico me había operado a mediodía; además ahora se inyectaban la sangre en vez de chuparla, y no tenían colmillos. Las cosas habían cambiado desde Stoker, e incluso Coppola no se enteraba ni del nodo por muy moderno que intentara ser; de
pronto comprendí claramente que había que ser más practico y menos prosaico: ellos robaban la sangre porque la necesitaban para vivir, por lo tanto si se invertía el procedimiento...
Preparé una jeringuilla, y me acerqué a ella sonriente. Cuando le inserté la aguja en la vena intentó gritar, pero la gasa sólo le permitió emitir unos sonidos ahogados; cuando la jeringa estuvo llena, de sus ojos caían las lágrimas. Se le había acabado el teatro. - O hablas ahora, o te juro que te desangro de arriba a abajo; ¿ vas a hablar ? - esta vez asintió vehementemente con la cabeza, y me felicité a mí mismo por mi perspicacia.
Le quité la gasa lentamente; la observé mientras respiraba a grandes bocanadas y me miraba aterrorizada. No quería repetir, pero aún así yo me sentía un poco decepcionado: estos modernos vampiros eran muy blandengues y no tenían ningún tipo de recursos. Quizá por ello
utilizaban de tapadera un hospital.
- ¿ Cuántos de vosotros hay en el hospital ?
- Ciento... veinte - y rompió a llorar entrecortadamente, no por delatora, evidentemente, sino por miedo a perder mas de su precioso alimento.
- ¿ Quién es el jefe, el gran vampiro o cómo quiera que le llaméis ? -
me miró abriendo tanto los ojos que por un momento pensé que iban a salírsele de las cuencas, luego rompió a gemir. Imperturbable, comencé a preparar otra jeringuilla. Ella reaccionó de inmediato.
- NONONONOHABLAREDSIHABLARE ¡ ... el gran... gran maestre es el director de hematología.
Eso tenía lógica, vaya que sí. Hematología era el Dpto. ideal para gestionar el abastecimiento de alimento para los sanitarios/vampiros; podía hasta resultar cómico: pobres vampiros del siglo XX, obligados a usar métodos indignos de la leyenda a la que pertenecían, desprovistos de todos sus poderes.
La miré directamente a los ojos y ella abrió mucho la boca, mirándome directamente a su vez: no tenía colmillos, pero sus ojos eran muy profundos, me atraían hacia adentro, y yo... ...el infierno se desató en la habitación. Toda ella cambió revistiéndose de colores cálidos, y la pared se retorció en un escorzo imposible, carne o ladrillo. De los estantes volaron los frasquitos llenos del maná rojo, vida para humanos y monstruos: los observé maravillado; todos formaron una maravillosa espiral que ningún ordenador podía diseñar, y giraron extendiéndose y comprimiéndose junto con las paredes: las dimensiones habían desaparecido... de pronto el desasosiego sustituyó a la maravilla. Aquello era... antinatural, y... Me volví como una centella hacia el monstruo y pude verlo alcanzando la puerta, sonriéndome con una gran boca, un abismo al interior del horror, sin colmillos puntiagudos pero con la dentadura roja, roja y chorreando. Por tercera vez en  esta noche, salté como un tigre y caí sobre él; chillé y le partí el cuello de un solo movimiento; la nuca sonó, croc, y su cuerpo muerto cayó al suelo.
Observé la estancia mientras me vendaba la herida; había vuelto a la normalidad en lo que a las leyes del espacio se refería, pero el caos reinante verificaba lo que yo había visto: el suelo estaba lleno de frasquitos rotos y de sangre - quizás la mía incluida - , los estantes habían sido arrancado de cuajo de las paredes... un cuadro dantesco, vaya. Estaba claro que había subestimado a los jodidos dráculas modernos; poseían el poder de alterar la realidad y de mover pequeños objetos. Todo el maravilloso espectáculo al que había asistido había sido obra de la chupasangres, una magnífica maniobra de distracción que había dado resultado, había logrado morderme, morderme y chupar, por Cristo. Yo no era muy creyente, pero me parecía adecuado invocar a Dios como hacían en las películas, ya que mi desconcierto era total y absoluto. ¿ Me convertiría la mordedura en un vampiro o no ?, más, ¿ qué coño sabía nadie sobre los vampiros, los jodidos vampiros de verdad, losde bata blanca ?.

PURIFICACION

En cualquier caso, lo más adecuado era olvidar preguntas que no tenían respuesta y pasar a la acción práctica; me armé con un montón de jeringuillas y agujas - las nuevas cruces y ajos - y salí del laboratorio. Tenía ahora la impresión de ser mucho más alto, y ello me agradaba; incluso el sonido de mis pisadas parecía retumbar en el desierto pasillo. Bieeeen, sí.
Mientras esperaba el ascensor observé una ventanilla de emergencia para incendios, con un extintor y un hacha dentro, e impulsivamente rompí el cristal y me hice con el hacha. Sonreí ferozmente, y la imagen de un guardia enloquecido en un hotel desierto de largos pasillos me vino a la cabeza y se instaló dentro de mí, como un espíritu susurrando en mi cabeza, y esta me dijo que debía de volver la cabeza, y allí estaba aquello que yo necesitaba (no sabía porqué, pero lo necesitaba): un hacha y un extintor; me sentí como un alegre bombero loco al romper a puñetazos la urna de cristal y blandir el hacha en mis manos.
Entonces, detrás de mí, oí el sibilante ruido del ascensor abriéndose, y al volverme  dos sonrientes guardias de seguridad me observaron estupefactos durante 1 segundo. Luego uno de ellos se abalanzó sobre mí con la porra, mientras el otro cogía una radio; muy lentamente, cómo si el mundo hubiera comenzado a girar 10 veces mas despacio de lo normal. Yo intenté gritar ¡Vampirosss¡, y giré mi hacha cómo una guadaña segando trigo, pero lo que salió de mi garganta fue esto:
- !Dannnyy¡  - y lo que mi hacha/guadaña cortó fue el cuello del guardia, que cayó al suelo con un gorgoteo. Mis cuerdas vocales siguieron bailando ellas solitas, mi lengua decidió no hacerme caso, y proseguí mi loco canto.
- Danny, hijo mío, ven aquí, con papá, jodido bastardo - y hendí el pecho del 2º guardia con mi hacha, golpeando una y otra vez, mientras tarareaba la dulce musiquilla..
Luego me encontré en el suelo, sentado, cubierto de  sangre de arriba a abajo, y los 2 cadáveres yacían en el ascensor; proyecté la película delos últimos minutos en mi cabeza y me quedé absolutamente desconcertado.
¿ Quién coño era el tal Danny, y que historia era esa de su padre ? Por otra parte, había dado por sentado que los 2 guardias eran vampiros sin motivo alguno...
La cabeza me dolía mucho, y las dudas contribuían a acentuar el latido en mis sienes. Las ideas afluían con una potencia y claridad inusitadas si me limitaba a actuar y no frenaba mis actos, de modo que no lo pensé más y procedí a cargar 3 jeringuillas de sangre de los cuerpos de los
guardias, ya que ellos no la necesitaban para nada. Yo tampoco, pero intuía que me serían útiles. De paso aproveché para quitarles las pistolas y las porras, y me lo ceñí todo al cuerpo con improvisadas ataduras a base de gasas y vendas: hacha, pistolas, porras, múltiples jeringuillas  y los bolsillos cargados de agujas. Me miré en el espejo del ascensor y sufrí un nuevo acceso de risa salvaje; el Van Helsing moderno - mi nuevo yo - parecía Rambo disfrazado de momia en una pelicula grabada por un demente. ! Yo daba miedo de verdad, mucho más que esos cutre vampiros ¡
Sin embargo, mi nuevo 6º sentido me indicó que tenía prisa, así que dejé de reírme y pulsé el botón de la cuarta planta, porque allí estaría el gran vampiro/director de hematología, que iba a enterarse de lo que significaba robarle la sangre a... ¿ cual era mi nombre ?. No lo recordaba, pero no tenía importancia porque ya tenía uno muy adecuado en mente: Van Cushing, actor y exterminador de vampiros a la vez. Mientras el ascensor subía decidí que la enfermera me había mentido: todos eran vampiros excepto los pacientes, a quién se les robaba la sangre. Un nuevo impulso me instó a fabricarme una improvisada garra en la mano izquierda atándome 2 agujas en cada dedo con esparadrapo, y justo en el momento en el que terminé la operación se abrió la puerta: el vestíbulo estaba lleno de gente, y las caras con las que me miraron  dejaron muy claro que yo no pasaba nada inadvertido; de hecho, en unos segundos,todo el mundo gritaba y corría. Sin dejarme impresionar salté hacia un grupo de vampiros - eran tipos vestidos con bata blanca, así que debían de serlo - y comencé a hacer estragos con mi hacha, zas zas, muerte y sangre y alguien me dio un golpe por detrás y resbalé en un charco de sangre y me caí y el hacha se escurrió lejos y 2 vampiros saltaron sobre mí y yo los recibí con mi nueva garra. Las agujas entraron, salieron y volvieron a entrar; el único vampiro vivo intentó desasirse de mí, pero yo le grité alto y claro:
- No puedes escapar de mí, vivo en los sueños y soy eterno y soy leyenda y .pagaráspagaráspagaras, yaaaaaaaa¡ - y le dejé la cara como un colador , machacando mi garra hasta dejarla inservible. Me levanté trabajosamente y volví a resbalar en un charco de sangre. Junto a mí yacía una figura que gemía; la observé y me puse a llorar. Era una anciana vestida de blanco, pero no de uniforme: me había confundido. Las lágrimas me rodaron por los ojos, junto con los rastros de sangre seca... pero yo podía hacer algo, vaya que sí. Me incliné sobre la
anciana y examiné la herida: un profundo tajo de hacha en un hombro; no era grave, pero había perdido mucha sangre, y no llegaría a tiempo de una transfusión. Así que cogí una botella de alcohol que había por allí y le corté la hemorragia con grandes esfuerzos.
- Lo siento, Sra., creí que era usted uno deesosss vamp.. - pero no pude seguir hablando porque me estaba quedando ciego por las lágrimas y la sangre, y me dolía  el culo como si una motosierra se hubiera puesto en marcha dentro de él. En ese momento recordé providencialmente la sangre de los guardias, y reí y lloré a la vez, mientras sacaba las 3 jeringas y procedía a inyectárselas en el hombro, más y más y más y más sangre, no se muera, abuela...
Pero la abuelita cerró los ojos y expiró delante de mí, y yo la había matado, Cristo.
- NOOOOOOOOOOOOOOOOOOONONONONONONONONONONONONONONO¡
El tremendo esfuerzo vocal me dejó sin aliento. Sentado en el suelo, pude presentir que el fin - fuera cual fuera éste - se acercaba. Sonaban sirenas y se oían pasos y gritos y teléfonos y puertas que se cerraban y abrían. El ascensor de enfrente se abrió, y la sala se sumergió en
tinieblas, mientras los vampiros se mostraban por fin, blancos y pálidos, viejos y jóvenes, gordos y flacos, altos y bajosfeoosguaposcojosatletas, las luces bailaban alrededor de ellos y
sus ojos eran más rojos que toda la maldita sangre que había en el suelo, tantos cómo nadie podía imaginar...
Ya no tenía nada que perder. Saqué las 2 pistolas y descargué a conciencia; los cuerpos caían envueltos en auras oscuras, de ellos brotaba un líquido negro que se mezclaba con el rojo y daba naranja, y Dios, sus cuerpos muertos se caían a pedacitos y hedían cómo pescado podrido. Se me acabaron las balas y vomité todo lo que tenía en el estómago; los líquidos del suelo - potas, sangre, lágrimas - casaban muy bien con los monstruos, ( cuyos cuerpos ya no tenían definición, eran hombreslobo y vampiros y momias - ! hey troncas ¡, sentí deseos de chillar - y
frankenputas, grandes arañas y escorpiones, luciano benetton... ) se abalanzaban sobre mí, y me encontré corriendo en el aire por un pasillo con forma de cañón de recortada en el que las luces me cegaban y...
Atravesé una puerta con un gran estallido de maderas rotas; ante mi sorpresa, descubrí que llevaba el hacha en la mano. En la nueva estancia había 3 vampiros más: dos hombres y una mujer que me miraron con cara de absoluta sorpresa, mientras yo observaba   una pequeña  cajita en el suelo   llena hasta arriba de unos frasquitos ahítos de sangre. A duras penas pude leer "Anestesias"   en la caja antes de hendir con mi hacha el aire y cercenarle el cuello a la mujer de un certero golpe; murió sin un susurro, y me volví aullando hacia los otros 2: uno de ellos me apuntaba con una pistola mientras gritaba algo ininteligible, y sentí un terrible dolor en mi hombro, había un agujero en él del que manaba mi luchada sangre, pero no me paré y giré de nuevo el hacha en el aire, hendiendo la cabeza del vampiro de la pistola por la mitad. Observé al último de ellos: llevaba unas estúpidas gafas y tenía una gran cicatriz en el pómulo izquierdo. Me pregunto:
- ¿ A usted lo operaron ayer con anestesia ? - no respondí, y avancé hacia él trabajosamente, el hombro destrozado, el cuerpo cubierto de sangre, y él siguió hablando, diciendo algo sobre tráfico de drogas y alucinógenos noesculpamíaporfavorrecuperelarazón/el lsd...

¿ Porque coño hablaba tanto ?. Seguía retrocediendo, la estancia era larga y yo no podía correr tras el, porque estaba demasiado cansado. Entonces comprendí: el jodido cabrón estaba intentando hipnotizarme, su último recurso, de modo que hice un esfuerzo final y corrí hacia él intentando gritar, aunque de mi garganta no salía sonido alguno...
Golpeé con el hacha apuntando al cuello, pero fallé y le acerté en el hombro. Cayó  al suelo, derramando sangre, mierda, ¡ mía ! y yo me tiré sobre ella lamiéndola, restituyéndola a su legítimo dueño, mientras le clavaba jeringuillas para extraerle más sangre. Me senté y comencé a inyectarme las jeringuillas que había llenas, y la puerta se abrió de nuevo - ¿ pero no la había roto yo antes ? - y hubo varios fogonazos de luz blanca y grandes pistolones que escupían balas con mi nombre, Van Chungung, grabado en ellas y esta vez me ardió el culo, la cabeza, el
pecho, el vientre, Cristo que dolor...

                                               Fin
                                                                                                          Javier Garcia

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