El
Libro perdido
Empieza
así:
Aveces me parece estar parado en un pequeño fragmento de realidad
cuyo contorno se va a haciendo mas y más difuso hacia los borde,
en esas épocas sucede que me desplazo en el mundo como si fuera
un territorio familiar en el que lo familiar se ha vuelto misteriosamente
incierto.
Como baldosas flojas traicioneras en día de lluvia, acechan las
cosas que pensamos olvidadas, pero ellas no nos olvidan. Era una de esos
momentos aciagos cuando me crucé, en uno de los pasillo del Pasaje
Barolo, con Virgilio Expósito.
Estaba cerrando la puerta de una de las oficinas más pequeñas
del pasaje, se dio vuelta y me inspecciono, digo bien de arriba abajo,
pero no con irritación o sorpresa o desprecio sino con curiosidad,
de una manera abierta. Cuando estoy en el estado que describí mas
arriba, encontrarme con otro ser humano desconocido es una circunstancia
que me sume en una desdichada conducta , no se que hacer ni que decir.
Nunca me gustó ser observado. Sin embargo el hombrecito que tenia
adelante rezumaba una afabilidad y una placidez inusual en la gente que
conozco.
- Parece que
somos vecinos, dijo y extendió su mano Virgilio Expósito,
para servirle.
- Aquiles
Calmet, respondí, estoy en la 321.
El hombrecito sonrío, así que usted es el investigador privado,
pero que interesante. Fíjese que lo mío también es
cosa de investigación, pero en otro ámbito amigo mío.
Hizo un silencio, mientras guardaba las llaves que colgaban de un cordón
de cuero trenzado, en el bolsillo de su pantalón. Acabo de mudarme.
Lo mío son libros raros.
¿Raros?,
exclame sin pensar.
1-
Sabía que las escrituras del techo del pasaje pertenecen a
Virgilio?
- No, atiné
a decir algo avergonzado. Sonrío y me dijo :
-Entonces
usted no sabe nada sobre el pasaje Barolo. Está segunda observación
consiguió irritarme, pero aún así
atine a decirle-
Parece que usted sí. Me di cuenta una fracción antes de terminar
la frase de que le estaba dando pie para continuar una conversación.
2-
Efectivamente amigo mío, permítame la confianza. Estoy aquí
desde que se inauguró el edificio en el veinti y tantos.
Empece
a hacer cálculos rápidamente, no me era posible calcular
la edad del personaje sin que me corriera un escalofrío por la espalda.
Decididamente Virgilio Expósito tenía una edad incalculable.
3-Yo
soy un tipo poco sociable, pero Virgilio logro introducirse rápidamente
en mi vida. Habíamos compartido uno que otro café en los
Treintiseis Billares. Una vez me atreví a preguntarle la edad y
me contesto guiñando un ojo detrás de los anteojos
- Uno tiene
la edad que se merece amigo mío-.
Nunca imaginé los extraños sucesos en que me vería
envuelto a raíz de su peculiar afición a los libros.
Fue un viernes, acababa de acostarme, después de una magra cena
consistente en las sobras del mediodía, cuando sonó el timbre.
Demoré buscando las chinelas debajo de la cama y el timbre sonó
de nuevo con insistencia. Irritado, con el peor de los humores abrí
la puerta. Era Virgilio. Entró rápidamente antes de que pudiera
decir algo y dejo sobre la mesa un voluminoso envoltorio de forma rectangular.
-Voy a desaparecer
por unos días, no tengo tiempo de explicarte. Solo te pido un favor,
que me guardes esto por un tiempo. Ah, otra cosa , no lo abras.
- Pero- alcancé
a decir, pero Virgilio ya estaba bajando rápidamente las escaleras.
- Esta reunión
no sucedió nunca. Te llamo.
4-
Cualquiera sabe que una frase que comienza por un no, nos induce
rápidamente la desobediencia, a la compulsión por adivinar
¿porqué no? .
5-Me
quedé ahí parado, perplejo, sin llegar a comprender realmente
qué es lo que había sucedido.
Miré
hacia la mesa y ahí estaba el envoltorio, fui hacia él, lo
tomé y lo observé tratando de adivinar cuál era el
misterio allí oculto.
Volví a la cama, traté de dormir, fue en vano. La curiosidad
no me dejaba conciliar el sueño.
Yo, que por
el estado en que me encontraba, no quería involucrarme con ningún
ser humano, estaba, sin quererlo, creando un lazo con Virgilio Expósito,
de quien poco, o mejor dicho nada sabía.
6-
Al día siguiente me despertó un tango que provenía
del tocadiscos del vecino y comencé a cuestionarme sobre si las
casualidades en verdad existen. Luego salí sin rumbo alguno, como
si tratara de que la causalidad se encargara de cruzarme algo en el camino.
Y efectivamente, mientras caminaba, creí ver pasar casi a mi lado
a Virgilio Expósito, pero no me dirigió la palabra, ni siquiera
la mirada. Casi indignado, lo frené y le grité:
- ¿no
dijo que iba a desaparecer por unos días?
- disculpe
joven, usted me confunde - respondió sin perder el tono cordial
- no, usted
me confunde a mí, ¿qué se cree?, que va a...
- disculpe
joven, usted debe de confundirme con mi hermano
- ¿su
hermano? ¿de qué habla?
- Sí,
con Virgilio, yo soy Homero.
- Estuve a
punto de contestarle que yo era Dante, pero preferí decir mi verdadero
nombre.
7-De
verdad que no me reconoces, soy Aquiles...
Gusto Aquiles,
cuando veas a mi hermano dale saludos y que me encuentre en el café
de mama rosario... y desapareció entre la gente.
Por un instante
sentí que estaba en medio de un desierto... dudando de todo lo que
estaba a mi alrededor. Los segundos parecieron eternos pero luego recapacité
al percatarme que llevaba en la mano izquierda el mismo llavero de cuero
trenzado, su peculiar forma y color, quise reaccionar pero una muralla
humana lo cubrió.
Mi condición
de investigador privado reapareció y escrute discretamente en todos
los sentidos si alguien estaba en actitud sospechosa o de seguimiento,
pero pude darme cuenta que todos estaban viviendo sus propias existencias
sin importarles el del lado.
Es posible
que el paquete misterioso que me pidió que guardara me podría
dar alguna pista, así que regresé rápidamente, sin
antes comprar un par de paquetes de cigarrillos.
Lo curioso
del paquete era el papel - antiguo - estaba amarrado con un delgado cordel
de cáñamo con lacre en los nudos, sobre el lacre un bajo
relieve con una figura como un escudo y el destinatario como el remitente
manuscrito a tinta en una perfecta caligrafía inglesa.
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