|
Las Inmortales Agujas del Presente.
Despierta el más vil de los dragones, el de frente poderosa y mirada altiva; y, en tanto tan desagradable cosa sucede, en la parte baja del cielo libra el Sol su diaria batalla, la bola naranja desciende tan despacio que da la impresión de estar inmóvil, pero, si se mira bien, es fácil notar el leve movimiento, casi una muerte fortuita, del astro, como si se tratara de una marcha fúnebre, como un niño que se aferra a los bordes de la puerta en el consultorio de un dentista. Desde la lejanía, cuando el chillar de los grillos no es tan intenso, llega el murmullo del mar, del eterno choque entre los opuestos.
El de frente poderosa, al que todos llaman Abhar, admira extasiado el espectáculo que la danza celeste le brinda, ni siquiera el ser más odioso de la existencia puede obviar tan impactante montaje. Abhar ha despertado por completo y, desnudo e impúdico, deambula por las calles oscuras de un mundo perdido, desolado y triste, el envejecido dragón siente un infinito orgullo al presenciar la hecatombe que su ira provocó; se deleita con pensar que, gracias al fuego de su odio, todo ser vivo sobre la tierra siente terror tras contemplarlo. Camina un poco más y, cuál metáfora barata, una de las vueltas en el camino le recuerda una nostalgia casi olvidada, anhela revivir tiempos de grandeza, cuando sus piernas era fuertes, sus manos firmes y su espíritu inquebrantable; su mente divaga entre recuerdos perdidos y fantasías, se ve a sí mismo atravesando almas con la mirada, haciendo llorar hasta al más valiente tan sólo con un respiro... Continúa su caminata vespertina, con el moribundo Sol de fondo y esquivando los recuerdos que, gracias a lentitud de sus ancianos pies, le dan alcance e intentan derrumbarlo, Las Inmortales Agujas del Presente arruinan la ilusión y le punzan las llagas, le atormentan, zumban a su alrededor, aumentando así la tortura, y se divierten mientras le oyen gritar en silencio, agitar su roído esqueleto en un patético intento de fuga.
Y así, arrastrando el polvo eterno del camino, con el rostro calcinado y los labios resecos, sigue Abhar su marcha. De pronto, como si la hubiesen puesto ahí para que la encuentre en alguna de sus andanzas, aparece ante él una mansión de paredes envejecidas, mohosas, sin cristales en sus ventanas. Una anciana, alma débil pero sabia, le saluda muy afanosa.
—¿Qué te trae por aquí, extraño? No encontrarás nada de tu agrado en este pueblo, ni siquiera otras gentes, yo soy la única y sólo yo habito estas ruinas, además, no me gusta mucho hablar.—No he venido a platicar, abuela impertinente, soy muy viejo y por lo tanto disfruto de caminar, tan simple como eso.
—No pareces tan viejo… ¿cómo te llamas?.
—Mi nombre – respondió el dragón con orgullo – es Abhar El Destructor.
—Ya veo, y ¿por qué te llaman el destructor?.
—No me llaman el destructor, ese es mi nombre, me lo gané después de acabar con la tierra que te dio vida.
—¡No te creo!, tu estás muy viejo y arruinado, incluso para romper un simple cristal... ¿cómo explicas entonces que puedas demoler un pueblo entero...?
—Y ¿cómo justificas tú toda la desolación imperante?.
—No lo sé, yo no explico, no fui hecha para analizar, sólo para aparecer e indicar.
—No entiendo… ¿cómo dijiste que te llamas?.
—No lo he dicho aún... mas mi nombre es impronunciable, no puedes nombrarlo.
—¿Cómo te recuerdan entonces tus conocidos?.
—Me evocan, no hay ser vivo que no evoque algo alguna vez, yo me alimento de esas memorias y ellos respiran a través de mis apariciones... muchos de ellos nunca me dejan...
—Ya entiendo, ahora puedo decir que tu nombre es en verdad impronunciable, no es cuestión de conocerte, sino de recordarte.
—Exacto, ahora te puedes ir, ya no soy ningún misterio para ti.
—Tienes razón… además debo continuar mi camino.
—Éste no es tu camino, es más viejo que tú, ha estado aquí siempre y seguirá estándolo… Vete, todavía te falta mucho por recorrer.
—¿Recorrer?, ¿qué quieres decir?.
—Adiós.
Y, tal como llegó, la sabia mujer desapareció. Sigue pues Abhar su recorrido, sin embargo, algo ha cambiado tras su encuentro con la anciana: un nuevo sentimiento se apodera de su espíritu, ya no puede negarlo, siente nostalgia, melancolía de sus ojos, de sus formas, sus caricias le hacen falta, quiere sentir de nuevo la respiración entrecortada de los amantes, el calor de otro cuerpo, de su cuerpo.
La vereda adquiere de pronto un tono grisáceo, casi se podría decir que las piedrecillas del sendero lloran, todo alrededor ha muerto, vegetación, fauna… no queda nada con vida, excepto por una adolescente que lagrimea desconsolada; tiene cierta aura de incertidumbre.
—¿Puedo preguntar, si no es demasiado atrevimiento, cuál es el motivo de tu llanto? – pregunta Abhar.—No es para nada un atrevimiento, señor; mas el motivo de mis lamento no es fácilmente explicable.
—Anda, pues, algo debe andar mal contigo. ¿Acaso estás enferma?.
—Sí, de hecho, estoy muy enferma.
—Ya veo, ¿y cuál es tu enfermad?, tal vez pueda yo pueda curarla, aunque la verdad no me interesa... me das lástima, nada más.
—Tengo todos los males conocidos, muchos de ellos no tienen cura...
—¡Vaya, vaya!, ¿cómo puedes tener todos lo padecimientos conocidos?… ¿Cuál te afecta más? Quizá podamos sanar ese primero.
—Lo dudo... aunque te lo diré... la más dolorosa de todas mis afecciones es la indiferencia... nadie me presta atención, todos pasan por mí, me olvidan y me convierten en anciana, después de eso se limitan a recordar lo que fui y a soñar lo que seré...
—Bueno, bueno, eso es incurable... quizá deba acabar con tu sufrimiento... ¿La muerte ayudaría en algo?
—Jamás, nadie podrá acabar con mi aliento… Estoy destinada a vivir una eternidad tras otra.
—¿Eres inmortal? ¿De eso se trata?.
—No, pero mis padres sí lo son, ellos no permitirán mi fallecimiento.
—Y quienes son tus padres.
Silencio sepulcral. Al fin esboza la joven una respuesta.—Aún no tienes derecho a saberlo, pero no desesperes, cuando estés listo sabrás quiénes somos. Vete. Debo reanudar mi llanto.
—Adiós.
Con la brisa nocturna partiéndole los párpados, las estrellas sobre su cabeza y la mente envuelta en divagaciones filosóficas, Abhar vuelve al camino, trata de seguir una ruta preestablecida, demarcada en el polvo por antiguas generaciones, pisoteada una y otra vez, pero ya no existen huellas, no encuentra nada, ninguna señal, ni un solo indicio... está perdido, devolverse ahora resulta imposible: tampoco alcanza a vislumbrar el terreno ya recorrido. Decide, ante las circunstancias, marchar hacia delante; pasados unos minutos, el bosque se abre y deposita ante él un castillo semioculto tras la neblina, apenas visible, tiene una sensación como de estarlo imaginando. Llega hasta el puente y, justo cuando posa su pie sobre el mismo, una profunda y gutural voz le detiene.
—¿Quién va?.—Soy Abhar El Destructor, ¿quién eres tú?
—¿Cómo pretendes saberlo?, aún no existo, siquiera, no tengo nombre, tú debes darme uno.
—Entonces te llamaré… No lo sé… ¿Qué aspecto tienes? Eso me será útil para elegirte un nombre.
—La nada no tiene aspecto, tú has de fraguar mis formas...
—¿Un acertijo?, no me agradan los acertijos...
—Ten cuidado con tu ansiedad: podría darme una imagen diferente a la que deseas... soy fácilmente moldeable.
—Moldeable, moldeable, moldeable… lo tengo, te llamaré Móldad... suena un poco tonto, pero le haces honor.
—¿Qué significa?
—Mol: moldeable, dad: ansiedad.
—Muy astuto... puedes entrar, posees mi aprobación.
—Gracias.
Ingresa Abhar a un castillo tan oscuro, tan negro que ninguna luz alumbraría por completo los rincones.
—Ahora – su vocecilla se pierde en el infinito de roca y mortero -, dime quién eres.
—Yo no soy, al menos no aún… algún día seré y dejaré de ser al mismo tiempo...
—¿Morirás, dices?
—No, yo no muero, mis padres no lo permiten… jamás falleceremos.
—¿Quiénes?
—La anciana, la joven y yo, que soy todo y nada a la vez.
—¿Y tus padres son...?
—Tú los conoces, son inmortales, son filosos, duelen, aplastan… los has visto antes… eres el único que puede verlos.
—Dime sus nombres… necesito saberlos.
—Las Inmortales Agujas del Presente, así les llaman los filósofos… El Tiempo, como dice la gente más mundana.
—Ya entiendo, al fin, entiendo todo.
—Muere ahora en paz, ese es tu destino.
Así, mientras la noche acaba y el Sol se insinúa tras las olas, Abhar encuentra un fin placentero: le han concedido la mortalidad, ahora el gran dragón destructor yace en paz. Él, que fue siempre una metáfora de sangre y huesos, cumplió con un ciclo más de los escritos por las Agujas en las páginas del Libro de Los Destinos.
| Poesia | Narrativa | Ensayo |
|
Avisos | Ejercicios
colectivos |
Concursos | enlaces | Chat |