Juan Manuel Valerio Rodriguez 
Pasos Pesados

La rutina de los bares,
los oficios, los despertares.
Antifaces y lugares,
días que nacen por centenares.

Plasmada, eterna impaciencia,
no se mueve la montaña,
no importa cuánta fe se tenga.
Vuelve tu ausencia cada mañana.

Ires y venires,
este río si se devuelve.
Arriba y abajo flota perezosa
la esencia de otro lunes.

Fuerte va el eco
de sus pesados pasos,
de entre todos es su ánimo el más terco
y al cabo del tiempo,
sin prisa pensando,
descansa sentado
como apreciando el aliento.

A un lado de la vereda,
indiferente a la existencia,
fumando sangre con indulgencia,
imagina el cosmos cual arboleda.

Acaba el etéreo momento
y sigue su curso a ritmo violento.
Ese cansancio cobró unos años,
Mas el guarda aún muchos por todos lados.
 

Un rumor lejano

Reconozco un rumor lejano
de cabezas que por el río van rodando,
terror de dioses, la mortalidad,
reconozco un rumor lejano.

Todo cuanto reconozco,
un rumor lejano,
ni tan lejos de ser cercano
allá entre las cañas, un rumor lejano.

Ciudad de rumores lejanos,
abundan los ojos ciegos,
escasean las mentes abiertas
reconozco un rumor lejano, cada vez más de antaño.

Un rumor lejano, francamente odiosa melodía,
otro rumor asesinado,
un humo de olvido que corta mis piernas.
olvido de pronto un rumor lejano

Vivo un rumor lejano,
luz ennegrecida, un clamor lejano
deseos de paz, un rumor aun más mundano
o quizás simplemente reconozco un rumor lejano.
 
 
 

Sueños en tercera persona de un vida que se esfuma.

Laberintos infinitos,
fríos y húmedos;
paredes mohosas, inhumanas;
llanto de estrellas contenido;
todo es desolación en La Tierra Del Ser.

Camina despacio, con duda, con temor;
se mueve en sigilo por toda la habitación;
da vueltas, se agita, respira, se tranquiliza,
llora, se contiene y sus sueños se vuelven de cristal;
mira al cielo e intenta olvidar
que la vida se le pasa,
segundo, a segundo,
goteando miseria por el tubo de la muerte,
esperando el momento en que la última gota derrame el vaso y entonces…
entonces no sabe…
entonces vuelve la neblina que oculta impiadosa el mañana.

Imagina un respiro,
hace como que inhala,
mas nunca exhala;
se pone el Sol, todo oscurece
y piensa que está mejor…
decide pues
franquear el muro de lo insondable,
dar una balazo al aire y brincar jovial porque está mejor…
después recuerda que no puede moverse,
que los sueños no son de miel
y que la soledad no es buena.

“Ojalá estuvieras aquí”,
y se desvive
dibujando sus formas en el aire, recorre sus caderas
con una memoria imaginada,
sus pechos se le esfuman entre las manos,
heridas de pura rabia,
un humo gris le nubla la vista
cuando el sexo
queda al descubierto…

Despierta,
o cree que despierta,
descansa un momento,
sin abrir los ojos,
sintiendo el vacío que le consume…
se atemoriza,
corre a refugiarse en un vaso
y muere de un trago amargo.
Suda dolor, sangra
y tiñe de rojo los muros transparentes…

“No me veas”,
y grita lágrimas,
pero no llora, nunca llora…
vuelve a dormir;
ahora una luz se cuela
en lo más profundo del Universo; juguetea desnuda
con las sábanas blancas,
la ve, la admira, la desea,
se consume el fuego y acaba el ardor de una piel dulce, egoísta y solitaria.

Ya no piensa,
tampoco existe,
apenas sobrevive,
pero la lucha es titánica…
se apagan las estrellas,
termina una batalla…
el saldo: incalculable…
el miedo: igual…
lo ganado: la agonía de un alma joven…
lo perdido: irrecuperable…

“Vete”, y se protege con lo que puede,
temiendo una nueva embestida del destino,
irradiando dolor sin proponérselo, masticando
clavos… Un incendio que acaba con todo;
una desdicha indescriptible;
tropel de palabras desgarrantes:
jirones de una inmensidad apenas
perceptible…

Gira la ruleta
de una vida que se esfuma,
que se diluye sin pena ni gloria;
se olvida un quizás que nunca llegó,
agoniza una noche de laberintos sin fin,
de sueños en tercera persona,
de nostalgia, de agujeros en el alma.
“Ojalá estuvieras aquí”;
se reprocha la repetición de un imposible,
se levanta la mañana,
mueren las penas con la luz del astro rey… crecen las ganas,
 aumenta el cansancio,
duele respirar y no hay desahogo suficiente.

Laberintos infinitos,
de espinas sin su rosa,
tortuosos caminos retorcidos,
rincones olvidados con hipocresía…

Laberintos,
laberintos del ser,
del existir, del fin de una realidad
e inicio de un sueño…
Laberintos de odio sembrados
que germinan al compás
de una psicodelia interminable…

Fin de letras color piel,
de sangre manchadas
y de sudor condensadas…
Cenit surrealista
de una simbología endémica
 
 
 
 

No me digas.

No me digas que ha vuelto,
cabalgando veloz,
la sombra de capa dorada,
dorada por el Sol,
a cernirse sobre la vieja casa.

No me digas que la vieja casa
se cae a pedazos nuevamente,
que el portón se oxidó,
o que el techo se cayó;
que le falta una pared,
o que arde en llamas,
o que se inunda…

No insinúes siquiera que el viento,
el malintencionado viento de huracán que golpea
sin clemencia las costas de alguna playa solitaria,
ha desviado y perdido de nuevo al barco.

No me digas que tiembla otra vez la selva,
que falta verdor en la espesura,
que se ha roto el cielo en llanto
porque otro gigante perdió sus raíces cuando,
hambrientas, las termitas de fuego comieron,
sin dudarlo, toda su fortaleza.

No menciones los nombres
de los sagrados y negros caballeros que,
montados en sus dragones también negros,
decidieron traer hasta este mundo la oscuridad;
la negritud infinita, las tinieblas del suspenso,
la grisácea sensación de locura que nubla
el cielo de tu cuerpo.

No me digas que ha dejado de existir
el mundo recién creado;
recién creado y recién destruido,
no me digas…
que muere lento la flama eterna.

No me digas que el acérrimo
enemigo de los hombres,
el gran guerrero siempre vencedor,
ha sido vencido.

No me digas que el sarcasmo no da ya frutos,
que es él sólo un árbol gris y podrido,
que sus hojas caen secas, marchitas,
que su vida se esfumó y que con él
otros cientos se llevó.

No me digas que se seca el pozo,
el antiguo pozo donde habitaba,
milenario, el sabio más sabio,
sabio pues decidió matar,
sin remordimientos,
a su ininteligible, apasionada,
deprimente y mil veces hermosa,
compañera, compañera más bien
una con el sabio pues el sabio decidió
que el también debía morir y es por eso
que hoy el pozo del milenario se seca:
el agua roja fue tragada ya por la tierra sedienta.

No me digas que muere aquí,
este universo de sinsentidos,
que las estrellas pierden fulgor
y que las lenguas nunca silenciosas
fueron arrancadas de raíz por el creador
de este extraño universo de sinsentidos.
 
                                   Juan Manuel Valerio Rodriguez


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