"Imagino".
                          J.L.Suárez, 15/10/2000.

 Imagino tu alegría

en aquella tarde o mañana

en la que a tu edad temprana

supiste que madre serías.

Supiste que nueve meses

en tu vientre alojarías

un pimpollo que soñaste

y en rosa florecerías.

Rosa blanca si es varón,

o rosada si era nena,

las ilusiones maternas

que alojaba el corazón

se hicieron flores eternas

en la mas bella canción.

Imagino aquella panza

y una noche desvelada,

por tan molestas patadas

que desde adentro te dio,

supiste que sería inquieto

aquel que en ti se engendró.

Imagino un par de gotas

dejando huellas mojadas,

mezcladas entre carcajadas

las lágrimas son hermosas,

y al fin pudiste abrazarlo,

para vos era tu joya.

Con su primera palabra

se acortaron lejanías,

y a pesar que te nombraba

con gestos y con manías,

aquel "mamá" fue el principio

de tristezas y alegrías.

Te imagino horas perdidas

pidiéndole que camine,

agarrado de la silla

esperó a que no lo mires,

y después de tanta espera

su primer paso no viste.

En  su infancia te imagino,

esperando a que se duerma

y levantarlo temprano

para que vaya a la escuela.

La primera mala nota,

la reunión con la maestra,

la primera buena nota,

porque ha mejorado la letra.

Lo demás... no lo imagino,

los errores, las partidas,

las batallas bien ganadas

y también las  mal perdidas.

Eso todo lo recuerdo

y quedará  de por vida.

Y de por vida tu rostro

de provinciana porteña,

será ese trozo de leña

que permanece encendido

cuando las brazas se apagan

y ya no quedan latidos,

será  ese trozo de leña

que nos mantendrá encendidos.

Alejandro Hipolito Becker
Argentino
 
 


No supo cómo empezar el relato
No supo cómo empezar el relato. Habían sido varios años de noviazgo, otros tanto de matrimonio, un
cúmulo de alegrías y tristezas, mares de esperanzas y desalientos.... todo eso que hace un gran amor
en su momento y cuando la pasión se aplaca , se convierten simplemente  en inertes libros
amontonados en la biblioteca del alma, algunos tristes y otros no tanto pero cada uno con una
enseñanza y una sonrisa que brindarnos.

La sencilla causa de la extinción , y digo sencilla porque no hubo un motivo especial que fuera a
ponerle fin al lazo de la pareja, era desconocida para él; sabía que no se debía a ella, su rosa preferida;
tal es el caso que se empeñaba cada instante en intentar reenamorarse, como el río que no se resigna
a ver torcido su cauce luego de una gran sequía y quiere volver a su rumbo bifurcándose en el
intento.

Se despertaba cada mañana, porque él se iba mas temprano,  y veía a su mujer en la cama y la sentía
tan extraña. No quería sentir eso, no debía sentir eso, si hasta hace poco la amaba como a nadie.

Pero lo que lo martirizaba en realidad era que ella no le dio motivos para ese declarado desamor. Ni
una duda, ni un planteo, nada que pudiera justificar el repentino sentimiento que en su pecho había
nacido. Claro que disimulaba, solía evitar discusiones, acariciaba  sus cabellos como a ella le gustaba
, pero al recordar esos tiempos en que ardoroso la amaba, comprendía tristemente que todo había
cambiado, que ya no iluminaban sus horas esos dos negros ojazos y que la sabia vertida sobre sus
venas en las noches de pasada pasión, se había convertido en un torrente de nostalgias bondadosas
que simulaban llenarlo para no herir a su rosa.

Pero no pudo empezar el relato, porque al verla tan feliz y ajena a todo, se disponía a terminar con el
engaño mas al no encontrar una causa que le diera fuerza se aferraba  nuevamente a sus recuerdos, a
los recuerdos de aquel amor al creía deberle fidelidad y respeto eterno.

Buscó mil veces el motivo, acarició mil mas  sus cabellos y miró sin deslumbrarse ya esos dos ojazos
negros. Pidió perdón a su dios porque creía pecar  y quien sabe cuantas cosas mas intentó para
atrapar ese amor que se le escapaba de sus manos resbalosas; nunca comprendió que el amor no se
atrapa, solo viene y solo va.

No supo nunca el tiempo que pasó en las mismas condiciones. Solo recordó aquella tarde en que
descubrió a la flor que tanto intentaba resguardar de su mentiroso amor, poblando otro jardín,
floreciendo en otro suelo fértil.

Pensó en gritarle todo el tiempo que le había  fingido pasión, pensó en lastimarla físicamente en
represalia por su falta de comprensión, intentó odiarla y olvidarla, desterrarla de su cuerpo y mente,
serle indiferente, pero nada de eso sirvió; no realizó ninguno de sus anhelados deseos. Solo se dio
cuenta que al fin tenía en su poder una razón para no amarla; llegó a sus manos un claro sentimiento
de angustia , pero acompañado por la liberación de su culpa en ese desamor en el que ambos habías
caído. Y sin decirle nada se alejó de su lado; simplemente salió de su vida, libre y sin culpa alguna.

Pero su liberación concluyó rápidamente , ni bien se dio cuenta de los años que había perdido
buscando una razón para justificar se desamor sin entender que no hay razones para los sentimientos
y no hay culpas ni responsables cuando ellos caen en la decadencia tan propia, misteriosa y bella del
ser humano.

Alejandro Hipolito Becker
Argentino



 
RETRATO.

Pequeña sonrisa de grandes alcances
dibujada sobre tu carita,
como las aves del cielo
descargando belleza
en lujosos vuelos
sobre el que las mira.

Tus ojazos negros si ayer fueron grises
los habrá opacado el sol por celoso,
los tiñó de noche con algún eclipse
pero sin dañar ese brillo hermoso.

Y por sobre de ellos arqueados caminos,
caprichosas cejas, altas, compañeras,
como si supieran su enorme atractivo,
como si supieran que arrasan fronteras.

Y en cada palabra veloz de tus labios
que expresa un suspiro, una risa, un reclamo,
palabras de aliento, o de desengaño,
brotan bellas flores para todo el año.

El ritmo en tu cuerpo y en tus pensamientos
es vertiginoso, una llamarada,
ese andar vistoso que arranca miradas,
tu veloz andanza contra el mismo tiempo.

Firmes ideales para tu futuro,
lloraste y triunfaste por lo que deseabas,
sola te sentiste pero te esperaba
un camino largo y sin ningún apuro.

Por ser tan sencilla y tan generosa,
por lo que somos o por lo que no seremos,
pero estoy seguro que no olvidaremos
los grandes momentos de esta vida hermosa.

Alejandro Hipólito Becker
Argentina


EL PRECIO.
Él era un empresario floreciente. Su capacidad para los negocios le brindaba la posibilidad de hacer
brotar millones a partir de cada emprendimiento que a sus manos llegaba; no importaba cuan difícil
pareciera, cuan imposible lo calificaran los mas prudentes y conservadores hombres de negocios; así
sus éxitos le dieron a lo largo de su corta vida el respeto que nadie había gozado en el ambiente.  Él,
por su parte y no falto de humildad, minimizaba sus logros adjudicándoles un toque de suerte que el
mismo calificaba de vital en todo proyecto. Y a pesar que ese poco de fortuna nunca le faltó, su
prestigio tenía mas que ver con la audacia, el tacto y la decisión con que transitaba aquel camino, a
veces estrecho y resbaloso, en el cual apostaba a cada instante gran parte de las ganancias que
tiempo atrás había cosechado.

Su consultoría primero creció de tal forma que luego, asociándose con otros importantes
empresarios, generó uno de los holdings mas prósperos de la república, del cual no tardo en erigirse
presidente antes de cumplir sus cuatro décadas de existencia.

Completando el bondadoso panorama de su vida, y como fruto del inmenso amor que sentía por la
mujer que había elegido como esposa, llegó al mundo una hermosa florcita que llevaría su apellido
durante el resto de sus días.

Pero así como ni el mas previsor de los poetas  puede asegurarse una estrofa en la historia literaria de
un pueblo, su opulencia temprana y aparentemente inderrumbable no lo dejó pensar que aquel reino
empresarial podría entrar en decadencia; como todos los reinos erigidos por el hombre; pero ¿quién
iba a pensar en ello cuando se transitaba por la noble y bondadosa cortina del esplendor?.

Él no reparó en ese pensamiento, y un par de decisiones desacertadas sumadas a la vitalidad a veces
desmedida con que las impulsaba, comenzaron a oscurecer su  trayectoria. Vendió acciones primero,
empresas completas después y lejos de quedar en la ruina, tuvo miedo de mostrar al mundo que él era
un ser humano capaz de cometer errores. Cuanto mas se ocupaba por recuperar el terreno perdido,
descuidando en demasía otros aspectos de su vida, mas lo estremecía el verse reflejado en la imagen
del que todo lo tuvo pero no supo mantenerse en la cresta de la ola.

Atormentado por su dolor entró una tarde a una iglesia; pasó mucho tiempo desde la última vez que
lo hizo, pues no necesitaba respuestas en aquellos momentos de gloria, pero ahora, con el agua hasta
los maxilares, no le quedaba mas que inclinar la cabeza para poder seguir respirando; de paso
aprovechó y miró hacia el Señor. Pero lejos de inclinarse para pedirle fuerzas en aquel momento
difícil, valor para afrontar una situación desfavorable, increpó al Creador: "¿por qué me hacés esto a
mi?".

La sorpresa del Todopoderoso fue tal que se quedó sin una rápida respuesta. Aquel hombre si bien
no muy asiduo a las cosas de Dios, demostró ser una persona de bien, pero era su egoísmo y codicia
lo que en aquel momento provocó el endurecimiento del Creador. "Haremos un trato", le dijo. "Vos
sos una persona de negocios y comprenderás que devolverte el esplendor de tu imperio, que es lo
que me vienes a reclamar, tendrá un precio que deberás pagar".  Ciego por su ambición, aceptó sin
titubeos y marchó a su casa para reunirse con su esposa e hijas, ajeno a las consecuencias futuras de
su decisión.

Increíblemente los negocios comenzaron a mejorar; las acciones subían y volvían a ser rentables; el
mercado confiaba nuevamente en aquel hombre y todo comenzaba, aparentemente, a encaminarse
por la buena senda de antaño. Aparentemente, porque aquella noche de invierno volvió a su casa
tiritando por el frío.  Al entrar recogió de la mesa una nota que lo hizo temblar aún mas. "Lamento no
poder enfrentarte para decirte esto, pero creo que lo mejor será tomarnos un tiempo para pensar
en nosotros ......"

Se estremeció, se derrumbó. Su amada le pedía replantear  su matrimonio. No fue esa una decisión
repentina; su esposo se ocupaba tanto tiempo de sus negocios que la soledad invadió a la muchacha
que indudablemente crió a su hija en la soledad propia de una madre soltera. Pero él no lo entendía,
porque ni siquiera acusaba el descuido en el que había incursionado.

En estas condiciones el replanteo del matrimonio desembocó en una inminente separación,
concretada poco tiempo después. Ahora cada noche volvía a su casa para encontrar las cosas tales
como él las había dejado en la mañana; en la pared aquel retrato de su mujer al que contemplaba
como requiriéndole una explicación; y los fines de semana con su hija no le alcanzaban ni siquiera
para decirle cuánto la amaba.

Sus negocios por su parte, tomaron una inercia tal que los hacía marchar sin problemas, pero en  su
vida  personal las leyes de la física se manifestaban de una forma muy desfavorable. Quedó solo, en
medio de un mar de dudas y sin comprender el por qué de su situación.

Y como no comprendía, se acercó como hacía algunos años, a la casa de Dios y nuevamente lo
exhortó como en aquella oportunidad. Nada había cambiado en su tono de voz y nuevamente le
preguntó "¿por qué me hacés esto a mi?".  Esta vez Dios no dudó en responderle. "Otra vez
preguntás lo mismo" y prosiguió "¿Quieres hacer un trato nuevamente?"
 



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