|
|
|
duermo de pie,
con mi cuerpo que, centinela atento,
custodia si
mi vigilia no se vuelve espera
que no acometan
recuerdos ni arenas tibias
ni en mis
pies espumas leves para ir a verte
ni que mi
brazo se vuelva cóncavo para abrazar
la cálida
curva de tu espalda dormida
duermo de pie,
para que mi cuerpo, centinela atento,
no se adormezca
en la costumbre de serte
ni desmayen
mis pasos en calles sin sol
-ya saben
que ninguna esquina florecerá sin vos-
duermo de pie,
con mi cuerpo que evita resbalar
en afluentes
de tu voz que fluye y persevera
duermo de pie,
con mi cuerpo,
centinela
atento,
para no ovillarme
(en largos sueños que tantean)
contra tu
cuerpo, piel envoltura
-no quiero
volver a despertarme abrazada a tu almohada-
duermes de
pie
y tan cerca
y tangente
que aún
sin tocarme todos tus rostros
se apoderan
de un gesto
y me imprimen
su murmullo ronco
duermes de
pie,
tus dedos
señalan detrás de las cortinas
y me deslizan
en bordes
hasta que
mi contorno escapa a tu reconocimiento
duermes de
pie y a veces tengo miedo
-sí,
durante el recorrido
de desprenderme
entonces inclino
la cabeza y te recupero
Estoy buscando
un cielo lento para encorvar los hombros y esperarte
Si cierro
los ojos aún se mueve la memoria
Con todas las
estrellas del infierno
o algunos
barrios que tiemblan de lluvia
en el parabrisas
del taxi
una pasajera
es dos ojos
en el espejo
retrovisor
y el escarpín
tejido con arena
hipnotiza
semáforos y alcantarillas
con sonrisa
de barrotes
mientras se
persignan los vientos
ante un ballet
de diarios
con las viejas
noticias de mañana
y los trapecios
del trueno se disuelven
con el sabor
de nuestro primer café
un golpe de
volante sin pisar el freno
la curva del
tiempo se revuelve como azúcar
ronda las
esquinas en letras de catástrofe
viste
ropas de sombra
y se acurruca
en ese bache
tibio que es tu ombligo
en esas cunetas
donde se estancan tus manos tan breves
en los callejones
donde la madrugada
entrecierra
los ojos rancios
mientras mis
labios se queman en fuegos negros
tu reflejo
está en cada golpe de cada gota
y yo no soy
más que un par de ojos
en el espejo
de todo infierno
El gran machetazo
del placer rojo dentro del sueño
cortando el
hilo que une el ahora reciente
ése
que aún es novedad
que no comienza
ni siquiera a deleitarse
se desprende
de la rama
y cae
entre las
cosquillas del viento
Un pequeño
rasguño de grito ausente
juntando puntas
del ovillo
para darle
el color y la textura
a ese placer
que nos es
más que una hormiga multiplicada en mil caminos
de un mismo
laberinto
y volver al
punto inicial
allí
en el centro
del sueño que existe como tal
y se duplica
azul en el lago
Hugo- Vilma- Ezequiel
Mayo 99
Autores:
Beatriz,
Jorge, el otro Jorge, Vilma, Nicolás, Irene, Tamara, Maríaa
Victoria, Betty, Christiane, Selva, Ezequiel, Edda, Rubén, Fernando,
Marta, Diego.