Un paseo rodeado de patetismo



   Eran las cinco de la tarde, había quedado con Ricardo para no sé que de una cosa muy importante de la que no tenía espera, en relación de algo que tenía que ver con nuestro futuro profesional.
   También les había dicho a mis padres que les llevaría al hospital por la maldita tos esa que tenía mi padre y que hacía que un par de veces por semana se pusiese de un color morado que de por sí, a pesar de la impresión, era bastante cachondo, y como mi madre estaba bastante
preocupada les había prometido en acompañarles hoy sin falta, porque mi padre no puede conducir en esas condiciones desde el pueblo.
   Rosa hacia media hora que me esperaba, cuando hablé con ella por teléfono estaba llorando y muy triste y le dije que me pasaría a verla, que no se preocupara fuese lo que fuese, que hoy por hoy los abortos son muy baratos, lo cierto es que no se porque le dije eso, igual se le había roto una uña, conociendo lo gilipollas que podía llegar a ser, pero ya me iba diciendo hace una semana que si no le bajaba el no se que, que si patatín que si patatán, a mi me importaba una mierda, y la verdad es que me costaba mucho no solo soportarla sino aguantarla y
sobre todo verla, pero era la única desesperada que había conseguido aguantar mi presencia física y mental, y mi asquerosa mente pervertida y calenturienta.

   Y por no hablar del examen que empezaba dentro de una hora, un final muy importante del que no tenía ni puta idea, del que no había ido ni una sola vez a clase, y del que después de intentar hacer algún amigo de interés durante los últimos días de clase, había fracasado en el
intento; el hola que tal, como te llamas, ¿tú estás en mi clase no?, ¿oye me dejas los apuntes de Métodos?, no vete a la mierda, pues eso, que no tengo amigos en la Facultad, a pesar de mi intento de ser simpático, no tengo ni apuntes para estudiar, y la verdad ni muchas
ganas de hincar los codos.
Pues eso, que pensando en todo esto me encontraba dando mi paseo por el centro de la ciudad, tranquila y relajadamente, fumando mucho y muy preocupado, más que preocupado preocupadísimo por el sarpullido que me había salido en los cojones y que me picaba horrores. Todo el mundo me miraba con auténtica cara de asco cuando no podía soportar más los
picores y de manera cauta y delicada me metía las manos por debajo de los pantalones, alcanzando con mi mano los huevecillos, mientras con una cara de relax y satisfacción me rascaba airadamente en mitad de la calle, sintiendo auténtica gloria y placer en el proceso, de vez en cuando tenía que soportar a algún capullo que me decía:
   - ¡A meneártela a tu casa, guarro! -, o algún otro que gritaba.
   - ¡Exhibicionista, pervertido, voy a llamar a la policía! -.

   Malditos cabrones, como se nota que nunca le habían picado los cojones de verdad a ninguno de esos, ¡mierda, si es que me pica horrores!. Si ya le dije yo a la guarra, esa que los condones esos parecían de la época de Ramses por lo menos, y que parecían que estaban
como podridos, y que estos no aguantaban una envestida, y así fue lo que pasó, que cuando se la saqué un plástico echo añicos colgaba de mi triste nabo, y encima me dice la muy guarra que por tres mil cucas que me esperaba. Si es que no escarmiento, joder, si ya me lo he dicho mil
veces que es la última vez que me voy de putas por la zona de Galerías, que seguro que un día me voy a pillar una guarrada en la polla y se me va a caer en mil pedazos.

   Ya parecía que el picor iba amainando, y yo continuaba con mi relajado paseo, el día era una auténtica basura, hacía un sol de cojones, y en el cielo no había ni una jodida nube, si parecía que era primavera, y todo el mundo iba en mangas cortas. Y los guiris, inconfundibles estos, con su pálida piel, se creerían que estaban en la playa o algo así, todos con sus ridículos pantalones cortos, sus  riñoneras bien repletas y rebosantes depesetas que gastarse en postales de la Alhambra y de la Catedral; y por no hablar de las cámaras de fotos y vídeo, todos haciendo posturas ridículas y recreando situaciones absurdas para poder recordar lo patéticas que fueron sus vacaciones. Pues yo iba con mi chaqueta de invierno, mi manga larga, y tan feliz, ¡que coño!, a ver si voy a ir tan patético como todos esos que se creen que es verano, solo les faltaba ir tirándose por las fuentes.

   En esto que iba yo tan orgulloso de mi vestuario de invierno, cuando de repente unos sudores empezaron a recorrer todo mi cuerpo, sintiendo como las gotas de sudor se iban deslizando por mi frente y por mi espalda, y como un sopor se iba adueñando de mí, cuando a lo lejos vi
una fuente, hermosa fuente, lanzando a raudales agua pura y cristalina hacia arriba. Me acerqué casi agonizante hacia ella, y me fui desenfundando de mi caluroso vestuario, cuando ya me encontraba en mangas cortas, y como estaba sudando como un cerdo metí la cabeza en la
fuente para refrescarme un poco, escuchando debajo del agua a una
pareja que murmuraba:
   - Mira estos extranjeros, perece que no le enseñan educación en su
país -.

   Me sentí avergonzado, antes yo acordándome de las familias de los guiris y de su patetismo, y ahora me doy cuenta de que para patético yo; pero lo que más me dolió y avergonzó es que me confundiesen con un guiri. Y así que me encaminé otra vez en mi paseo, pero eso sí, esta
vez en mangas cortas y con la chaqueta y el jersey debajo de mi brazo.

   De repente algo extraño me empezó a pasar, todo el mundo me miraba con una cara extraña; el proceso se repitió una y otra vez, a lo lejos veía a la gente que se iba a cruzar en mi camino, solos, en pareja o en grupo. Veía como las miradas se dirigían a mí, y al momento cuchicheos
desbordaban de oreja a oreja, mientras me miraban y señalaban, y cuando se cruzaban  delante de mí, un silencio y unas miradas de reojo me recorrían todo el cuerpo, y  cuando me sobrepasaban sentía como se volvían mientras comentaban el no se que. Lo peor de todo es cuando estaba pasando por una estrecha calle, de estas que son peatonales y
llenas de comercios rebosantes de gente apiñados en los escaparates o dentro de las tiendas; bueno el caso es que aparte de las miradas que habían provocado que reiteradamente me tocase la bragueta por si acaso era el pajarito que me asomaba, a la vez que la nariz, por si algún
asqueroso moco me colgaba impunemente sin darme cuenta, el que caso es que no era nada de eso. Bueno seguiré relatando lo de la calle estrecha. El caso es que un mendigo astutamente se había colocado en mitad de la calle, pidiendo monedas, acorralando a todos los
transeúntes hasta que persistentemente conseguía algo a base del agobio que provocaba a los que asaltaba, no se escapaba ni uno sin antes haber soltado unas monedas. A mí me hizo tanta gracia la estrategia de este mendigo, que hurgando en mi bolsillo saqué unas monedas, la verdad que era algo menos de quinientas pelas, mucho más de lo que esos le están
dando seguro.

   Yo seguía andando, esperando que me abordase a mí, y cuando así lo
hiciese le echaría un cómplice guiño y le diría:
   - Que se jodan si les molestas a esos tacaños cabrones -.
   - Toma colega para ti, que te lo has ganado -.

   Bueno el caso es que cuando llegó delante de mí, no se había dado cuenta, distraído por el desarrollo de su trabajo apareció a mi vera, parándome yo en esto frente a él, entonces el mendigo chocó conmigo sin darse cuenta, y por esto le puse la mano en el hombro; levantó los
ojos, me miró a la cara, pegó un grito y con un rápido y delicado zigzag, salió corriendo calle abajo, lanzando improperios y mil maldiciones, y sobre todo gritando
   - ¡Que asco, mierda, que asco, es repugnante!-, o algo así.

   Nuevamente llevé mi mano de mi nariz a mi bragueta, y de la bragueta a mi nariz, repitiendo la operación como unas diez veces, mientras toda la gente que pasaba a mi lado, seguía mirándome con un asco que se iba agudizando  por momentos. Ya la gente no se cortaba al mirarme ni al
hacer sus comentarios, simplemente gritaban:
   - ¡Que asco, es repugnante, pobre muchacho!-
   - Cago en la ostia puta de oros-.
   - Iros a la mierda hijos de puta-.
   Cuando solté esto me sentí un poco mejor, y me fui de esa mierda de calle a mi casa, ya estaba bien de paseo y de cachondeos en mi persona.

   Maldiciendo a todo el mundo por la humillación que había sentido, me dirigía con la cabeza bien baja, para que nadie pudiese mirarme, o más bien para que yo no pudiese verlos a ellos. Entonces el reflejo del sol me deslumbró, era una tienda de espejos, el escaparate lleno de ellos, y el sol que daba sus reflejos en ellos. Me acerqué y me miré a un
espejo, tras lo cual rápidamente me dirigí al hospital más cercano, era asqueroso, auténticamente asqueroso y repugnante.

   Llevo una semana encerrado en mi habitación sin salir nada más que para mear y cagar. Mi compañero Ricardo se ha ido a Argentina con una beca, que le dieron en el último momento, al quedar dos plazas vacantes. En cuanto a mi padre hace tres días que se ha muerto de una
neumonía muy grave. Rosa está embarazada, me ha mandado a la mierda, y se ha ido con sus padres, para poder tener al niño en un ambiente sano.
En cuanto al examen que no hice, ya es seguro que el año que viene no me darán la beca para poder seguir estudiando. Y en cuanto a lo del hospital resulta que sufrí una especie de proceso alérgico, debido al agua tan pura y cristalina en la que tan infelizmente metí la cabeza;
la fuente ha sido clausurada y al delegado de medio ambiente del ayuntamiento le han metido un puro por inepto. Resulta que esa agua provenía de una planta química o algo así que me explicaron, y esto se descubrió gracias a mí, o mejor dicho gracias a mi cara, que sufrió una
erupción cutánea, en un proceso tan rápido que las ampollas que se me formaron fueron reventando, llenándose mi cara de un líquido con un color entre el verde y el amarillo; produciéndome unas costras en la cara.
   - ¡Que asco, Coño!-

   PD: Ya aproveché que estaba en el hospital para preguntar porque me
picaban tanto los cojones, actualmente sigo sufriendo de picores, pero
gracias a las pomadas que me mandaron y las inyecciones poco a poco me
voy curando de mi gonorrea, aunque lo peor fue que resultaba que había
pillado ladillas, de lo cual me enteré en el hospital al oír gritar a
una enfermera que era eso que pegaba saltitos en ahhhh!!!....  y hoy
tengo los cojones como los de un bebé pequeño, por lo demás la vida
sigue.



 

Paranoia psicodélica de un borracho

   Eran las seis de la mañana de un martes; a Víctor le habían echado ya del quinto bar y se dirigía presto hacia otro garito que estuviese abierto, menos mal que a esas horas empezaban a abrir las cafeterías y no tendría problemas para encontrar otro sitio.
   Víctor era un auténtico borracho que conjugado con el consumo de cualquier estupefaciente que su bolsillo le pudiese permitir le venía a convertir en un auténtic “prenda” de esta sociedad. Andando se encontró una cafetería que estaba abriendo y rápidamente se introdujo en ella.
   - Un pacharán por favor -.
   - Oiga que todavía no hemos abierto -.
   - ¿Cómo que no han abierto, y usted que hace aquí dentro? -.
   - Márchese por favor, sino quiere que llame a la policía -.
   - Le estoy diciendo que un pacharán, ¿acaso está sordo?, una copita
y me marcharé enseguida -.
   Víctor sacó de su bolsillo unas monedas y las puso encima de la barra, el camarero que no tenía ganas de problemas le sirvió su copa y siguió con sus tareas. Mientras Víctor bebía observaba al camarero como barría el suelo y enchufaba la máquina tragaperras y del tabaco,
mientras le echaba a Víctor una mirada asesina.

   Víctor era un hombre de unos treinta y tantos, aunque en verdad aparentase muchos más. Era un mediocre escritor que se malganaba la vida escribiendo novelas eróticas con  el seudónimo de Flor de Primavera, el aparentar que era una mujer le permitía vender más
libros, unos pocos más.
Licenciado de poco futuro no le había interesado la vida de oficinas y rutina, y todo lo había dejado para dedicarse a escribir, pensando que algún día triunfaría y la vida que el siempre había soñado se convertiría en realidad, pero por lo demás en todo había fracasado.
Vivía en una habitación de alquiler, un auténtico cuchitril de mala muerte, bastante adecuado a su capacidad económica, en ella tenía lo que podía desear, cama, cuarto de baño, y una máquina de escribir y cucarachas muchas cucarachas.

   Mientras se encendía un pitillo una mujer entró en la cafetería y se sentó junto a Víctor; morena, pelo corto, veintitantos años, un cuerpo de escándalo, unas piernas larguísimas y unos ojazos verdes, si señor, una auténtica mujer de bandera, eso sí, con una pinta de puta que
tiraba hacia atrás, le encantaban las mujeres con cara de viciosas a Víctor, disimuladamente se hurgó en los bolsillos Víctor y vio que le quedaban siete mil pesetas, y que hacía demasiado tiempo que solamente se la meneaba.
   - Oye, ¿eres puta? -, la mujer le miró de reojo y empezó a buscar con la mirada al camarero.
   - Tengo dinero, te puedo pagar -.
   - ¿Y cuánto dinero tienes guapo? -.
   - Pues si pago esto, te invito a algo y compro tabaco me quedan unos
mil duros -.
   - Con eso si quieres te miro mientras te la meneas gilipollas -.
   - Y si lo dejamos en que me haces una mamadita, aquí en el cuarto de
baño-.
   - Lo mio no va a durar más que unos minutos y tu te vas a ganar un
dinero facilito -.
   - A ver el dinero que lo vea -.

   Víctor sacó el dinero del bolsillo y se dirigió hacia el cuarto de baño, viendo como la morena le seguía poco después. Era el cuarto de baño más asqueroso del mundo, olía a meados y a mierda, vaya, el último sitio donde te gustaría estar cuando te diese un achuchón. Víctor
escuchó como se cerraba la puerta detrás de él y la imponente morena se apoyaba en la puerta contoneándose picarescamente.
   - ¿Bueno a qué esperas? -.
   Víctor se bajó los pantalones y seguidamente los calzoncillos, pero esa noche había bebido demasiado y la cosa colgaba de manera ridícula delante de la morena.
   - ¡Que pasa, es que no piensas colaborar un poco, joder por mil
duros ya me podrías enseñar una teta al menos! -.
   La morena se acercó y le tocó el hombro a Víctor, entonces sintió un fuego que le recorrió todo el cuerpo, un estremecimiento que jamás había sentido, se le cortó la respiración durante un momento y al bajar la cabeza no se podía imaginar que eso que se encontraba poderosamente
erecto podía ser la suya.
   - ¡Coño, mierda, ostia puta........ ahhhhhhhh! -.
   La morena se agachó y Víctor sentía como se le iban las piernas, se le salían los ojos de la órbita, era algo que jamás había sentido en su vida, vibrante, excitante, parecía como si escuchase una música angelical, y tras unos minutos dejó de sentir las piernas y se cayó al
suelo.
   - Bueno guapo, los mil duros -.
   Víctor todavía en el suelo se metió la mano en el bolsillo como pudo, ya que el pulso le temblaba más de lo normal, y sacó el dinero.
   - Toma te lo has ganado de verdad -.
   - No lo sabes tu bien guapo -.
   La morena se limpió la boca y salió del cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí. Víctor no se podía levantar, no tenía fuerzas, aun estaba en el suelo con los pantalones bajados.
   - ¡Joder como entre alguien! -.
   Como pudo se levantó y se subió los pantalones, y justo en ese momento entró el camarero.
   - ¡Oiga! -.
   - ¿Quién es usted? -.
   - ¿Dónde está el borracho cabrón ese que no me ha pagado? -.
   - ¡Maldita sea!, ¿Cómo se habrá escapado el hijo de puta? -.
   - ¡Si es que me lo tengo merecido mierda, por gilipollas! -.
   - ¡Y tu quien coño eres viejo, lárgate de aquí cuanto antes! -.
   - ¡Que no te vea en cinco minutos aquí! -.
   - ¡Oiga si yo...!-,  intentó responder Víctor.
   Y el camarero salió por la puerta del cuarto de baño pegando un portazo, y maldiciendo a gritos por el pasillo.
   - ¡Maldito capullo!, ¡jodio loco! -.
   - Tantos madrugones al muy capullo y se le ha ido la cabeza -.

   Víctor se dirigió hacia el lavabo a refrescarse un poco, todavía estaba sudando. Vaya con la morena pensaba, increíble, una mujer así me haría falta a mí, joder lo suyo si que es vocación laboral, con esas mamadas seguro que nunca se morirá de hambre la muy puta, cojones que
todavía me tiemblan las piernas. Víctor estaba acabando de enjuagarse la cara, el agua salía muy caliente y el baño que era pequeño se había llenado de vapor y el cristal se había empañado. Con los ojos cerrados Víctor estaba buscando algo con lo que secarse, y se tuvo que conformar
con el papel higiénico, cuando se secó fue hacia el espejo y fue a
limpiarlo, cuando...
   - ¡Ahhhhhhh! -.
   Víctor cayó de espaldas al suelo, y en el suelo se miró las manos, no eran sus manos, no podían ser sus manos, no podía ser su cara, se levantó con esfuerzo y se volvió a mirar al espejo, el camarero no estaba loco, lo que pasaba es que no le había reconocido, ¿cómo lo iba
a reconocer si era un viejo?, había envejecido, parecía tener setenta años por  lo menos, eso era imposible, ¿qué estaba pasando?.
   - ¡La puta! -.
   Víctor intentó salir corriendo fuera del cuarto del baño, aunque solo consiguió andar un poco deprisa, buscó ansioso con la mirada al camarero.
   - ¡Y la puta!, ¿dónde está la puta? -.
   - ¡Donde está la mujer morena que había aquí...! -.
   - ¡Que coño hablas viejo! -.
   - ¡Te he dicho antes que te largaras! -.
   - ¡Donde coño está la mujer morena que estaba conmigo! -.
   - ¡Hijo de puta, donde coño está! -.
   El camarero salió detrás de la barra y cogió a Víctor que no pudo forcejear y de una patada lo echó a la calle.
   - ¡Viejo loco!, ¡a la mierda tu y tu puta imaginaria! -.
   - ¡Aquí los únicos que han entrado es el borracho de mierda ese y
tu! -.
   - ¡Vaya mierda de mañana! -.
   Y el camarero volvió a entrar a la cafetería, dejando a Víctor en el suelo de la calle. Víctor no se movía sólo se miraba las manos, de repente se levantó lentemente y pensó que no podía haber ido muy lejos esa mujer y arrastrándose echó a correr, bueno no es que corriera pero
el esfuerzo que estaba haciendo a él si se lo parecía. Fue mirando por las calles más próximas y no hayaba nada, no veía más que la gente que se dirigía a su trabajo, todos con las ojeras de recien levantados, todos con cara refunfuñona mirando hacia el suelo y con andar deprisa.
Víctor tuvo que pararse, el corazón le iba a salir por la boca, no podía correr más, y cansado se sentó en un banco, no había conseguido verla y el sol poco a poco empezaba a salir por el horizonte.
   Arrastrándose como podía se dirigió a su casa aun jadeante por la marcha que se había dado. Luego cuando sea más tarde iré al médico, el sabrá lo que me ha podido pasar, pensaba Víctor. Cogeré mi carnet de identidad, mi fecha de nacimiento, y le explicaré lo que me ha pasado.
¡Oiga doctor¡, esta mañana una fulana me ha hecho una mamada y cuandoha acabado me he dado cuenta de que era un viejo, de que esa fulana me ha chupado la juventud por la polla.
   - ¡Mierda ¡, nadie me va a creer -.
   - ¡Esto es de locos¡ -.
   - ¡Esto no me puede estar pasando a mí! -.
   - ¡Que demonios voy a hacer! -.

   Víctor llegó a su casa y se metió en el cuarto de baño encendiendo la luz y mirándose en el espejo, no se podía creer lo que estaba viendo, era un viejo; muchas veces pensaba que su vida era una mierda y que para eso mejor dejarlo a tiempo que apagarse poco a poco, pero esto
no era su idea de dejarlo a tiempo, le habían robado treinta años de su vida por la polla.
   - ¡Cago en la puta ostia! -.
   - ¡Tanto tiempo sin estar con una tia y me pasa encima esto¡ -.
   Cogió el espejo y lo arrojó contra la pared destrozándolo en mil pedazos que calleron al suelo, Víctor vio en cada trocito de espejo su propio reflejo, su vejez repetida en mil pedazos. Lentamente se dirigió a la cama.
   - Esto es una pesadilla,  dormiré y cuando me despierte todo habrá
pasado, nada habrá ocurrido -.
   Cogió una botella de whisky  del frigorífico y un vaso, que lo llenó hasta el borde y se lo bebió todo de un trago, repitió la operación tres veces consecutivas y se echó a la cama vestido y todo.

   Eran las tres de la mañana, alguien aporreaba la puerta del piso de Víctor, tras un rato Víctor se despertó con el ruido.
    - ¡Voy, voy, ya voy ! -
¿Quién demonios es ? -.

   Víctor abrió la puerta, y no encontró a nadie, miró  de un lado a otro y no había nada.
    - ¡ Señor, señor ! -
   Un hombre de diminuto tamaño se encontraba en la entrada, Víctor no había visto nunca un tipo tan bajito, tanto que  nisiquiera lo había visto
   - ¡Que quieres ! -
   - ¿Qué es lo que quiero ? -, le dijo el enano.
   - ¿No será que es lo que quieres tú ? -,
   - ¿Acaso no deseas recuperar tu juventud ? -.
   - ¿Qué coño está pasando ? -, pensaba Victor.

   Entonces el enano entro en el cuarto sin ser invitado y se inclinó en la cama, Victor lo miraba sorprendido, cuando sin mediar palabra el enano se bajó los pantalones y se saco su verga, una auténtica y descomunal verga.
   - Por la polla te han robado la juventud y por la boca la vas a
recuperar, venga mamón hiujo de puta ya puedes empezar a chupáremela -.
   - ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh !.

   Victor se encontraba en su cuarto sudando como un auténtico cerdo,
se levantó corriendo y se dirigió al cuarto de baño, se puso frente al espejo y vio que era el mismo de siempre, era el bastardo hijo de puta de siempre, el mismo fracasado de siempre, y se sintió por eso el hombre más feliz del mundo. Todo había sido una jodida pesadilla, no se
lo podía creer, había sido tan real. Entonces empezó a sonar el timbre, victro se dirigió a abrir la puerta todavía nervioso y sudando por la maldita pesadilla, y vcuando abrió la puerta.
   - ¡Ahhh!, ¡Ahhh!, ¡Ahhh!, ¡Ahhh!, ¡Ahhh! -.

   Una hermosa mujer morena de unos veinte años, pelo corto, una piernas larguísimas, unos ojazos verdes, y con una pinta de puta.............
 


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