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Gonzalo Hernández Sanjorge ( Uruguayo)![]()
tras el rastro de la sangre...
Tras el rastro de la sangre, rastro como rifles,
tras mi fiebre –que se ahonda en los desvanes-
el tiempo –ese caimán hambriento- me invoca.
En todas las subastas me bautizo
mientras la pasión sueña apariciones
y en el azufre hay el bramido de enigmas interminables.
Un roce abierto, una conjunción irreverente,
una migración indócil puede ser un buen espejo,
un pozo donde dormir a cubierto durante el día.
La noche es la tentación de los cazadores,
de los que matan para acrecentar sus vidas.
La noche es un animal de ternura incomparable.
Obligado a ser soy multitudes,
terrazas de arañas en celo,
telescopios atareados en hipocampos.
No hay taquigrafía capaz de contener todo el deseo,
esos dientes de sierra sin piedad.
Eludo cada muerte que me imponen,
lo más difícil es sobrevivirme a mí mismo.
Es tan sencillo, tan suave, tan insondable:
la vida es delicadamente tibia,
como una ciudad que se incendia vista desde el mar.
Sólo que a veces el dolor es como siglos
y la tibieza apenas un insecto transparente.
La ciudad es una trampa,
un momento pensado por un lagarto.
Los pezones de la noche tienen sabor a nylon
y estiro mi caparazón hacia una vidriera desamparada
donde un maniquí bello como un aljibe
se entretiene en un gesto inagotable,
como si se dedicara a imitar la ciudad desierta.
Abrigado en el ron me encimo a lo proclive
y maniobro con la suavidad de un árbol frutal
entre la seducción del burdel y del quirófano;
seducción donde estoy obligado a aguardarlo todo,
a no esperar nada.
A esta altura de la madrugada llenaría la calle de caballos
para entorpecer la costumbre de los motociclistas.
A esta altura de la desolación, si pudiera robar,
si pudiera matar lo haría,
sólo por hacer algo,
por saber que no he vivido en vano.
De nuevo esta hora como una paloma diminuta,
como ropa abandonada en el suelo.
Las quillas de los barcos me asoman en la espalda
y me arrastro por los pasillos de los hoteles,
que parecen una bruma descubierta mudamente,
embalajes ocasionados por una mudanza.
Me arrastro furibundo y dolorido como un ojo traicionado.
He crecido entre pocillos de cartón,
amaestrando poleas y raíces de silicio,
permaneciendo en los cines como un herrumbre,
mendigando en las cerrajerías,
repujando caras de dragones en la harina,
durmiendo en las estaciones de los trenes,
aprendiendo que los muertos se inquietan cuando no beben té,
cuando el consuelo llega como un trapo sucio.
Nerviosamente soy regido por los pasamanos,
por los saxofones que gritan espumas concéntricas.
Me ilusiona la templanza de los sastres,
de los obeliscos, de las enfermeras y los domingos.
Pero no olvido que Dios dijo “hágase la luz”,
porque él no era la luz.
Nosotros heredamos la oscuridad,
los volcanes abiertos como arterias derramadas,
las hojas de afeitar en medio de un beso.
Dios en esta hora es un vegetal en salmuera.
En los ceniceros reposa la saliva de una ilusión
y el peso de un margen cae en el secreto de tu longitud
mientras giras con la risa amaestrada a la pendiente.
La sombra, agradecida de no ser un ojo,
se desnuda sobre la mitad de una golondrina.
Me preguntas por el amor y te muerdo un pie.
Reafirmo la condición de los telares,
de los acantilados volviéndose despeñaderos.
“No te pongas a beber de lo que vuela,
no claves tus uñas en lo que es semejante al viento”,
decía una canción de cuna.
De esta hacha, de este hueso,
de este bronce lleno de desvíos saldrá todo.
Con el cansancio de un toro entorpecido a banderillas
descubro que en el silencio de una piedra cabe el mundo.
La oscuridad se chorrea por tus manos
sobre margaritas que enviudan de sus pétalos en cacerías amatorias.
Me vuelves a preguntar por el amor
y yo te muerdo el otro pie.
En la máquina de escribir hay un fragmento a media sangre,
recuerdos de cosas que no me pertenecen y llevo dentro.
“Escribo porque no he vivido”, te digo
y no se si lo hago porque necesitaba confesarme
o porque necesitaba decirte cualquier cosa
que te hiciera quedar toda la noche.
“Yo quisiera una idea que hiciera valer la pena la vida,
que volviera innecesario todo lo demás, incluido yo”, agrego.
Un teclado se desparrama por el blanco techo,
los violinistas se astillan contra las paredes
y tus párpados se cierran ente el hechizo de un flautista.
“Prefiero el opaco sonido del mar.
Se llora igual y duele menos”, dices.
Coincidimos en que la belleza es una maravilla aterradora.
Después la sintaxis de un pájaro es sorprendida en una espera,
acorralada, puesta boca arriba en un latido.
Sabemos que es el fuego lo que nos convertirá en lo que somos.
El húmedo olor de tus cabellos me seduce
y dedico mi boca a tu piel.
Es ahora el extremo de todas las edades.
Ante la confesión del amor la eternidad es apenas un instante
y tenemos el terror de haber logrado algo maravilloso.
(estos poemas pertenecen al libro inédito “Entre el espeso signo de la noche"
Gonzalo Hernández Sanjorge, poeta urugayo, es Licenciado en Sociología, Docente Universitario del Instituto de Filosofía de la Facultad de Humanidades en Montevideo (también docente en la Facultad de Ciencias de la Comunicación), Secretario en un Liceo privado y desarrolla tareas periodísticas de investigación histórica en una revista semanal. Desde 1993 comencó a participar en diversos concursos literarios, habiendo ganado hasta la fecha una decena de premios.
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