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Cuento (o narración breve) de Navidad
Una vez de regreso del colegio, el colegio estaba
a varios quilómetros del pueblo (el pueblo está en el extrarradio
de Sevilla), para ir al colegio y volver a la ciudad estaba el autobús
escolar, que nos recogían en las distintas paradas de la autovía.
Era diciembre, en ese día, días previos a la nochebuena,
el último día de clase en el mes de diciembre.
El colegio estaba engalanado con muchos ornamentos
navideños, muchas veces hecho por los integrantes escolares, sobre
todo alumnos. Era pequeño, quizás ocho años, no tan
pequeño, pero sí niño. Siempre mi madre me llevaba
hasta la parada del autobús y por la tarde me esperaba para recogerme
en dicha parada pero en el arcén contrario (en la otra calzada de
otro sentido de circulación). En los días previos a las fechas
navideñas hay como una preparatoria de ánimos para sucumbir
en las fechas venideras, festivas, las gentes son felices, son momentos
de reunión familiar, de recibir o dar regalos, de comer bien, de
jugar, de no ir a clase o al trabajo para los trabajadores. En los días
previos
siempre me daba algo, no me gustaba eso, siempre
me daba cierta punzada de angustia, todo grandilocuente, pesadilla hecha
realidad.
Pues bien, en ese último día de
clase en el mes de diciembre de aquel año ocurrió algo extraño,
o sea, mi madre no me esperaba, y bueno, no importaba, estaba lejos mi
hogar familiar, andaría y me conozco el trayecto como la palma de
mi mano. Pero era curioso, siempre clavado mi madre allá esperándome,
en esa parada de autobús, como muchas madres, y en ese día
no estaba mi madre. Esperé varios minutos, y veía que mi
madre no llegaba. Pues nada, decidí andar solo el trayecto en dirección
al hogar familiar. Tenía que atravesar una urbanización de
edificios
(que se construyeron para dar cabida a numerosos
trabajadores de fábricas cercanas, es un pueblo dormitorio dicen).
Antes de atravesar tal urbanización,
y una calle paralela al eje de la autovía, apareció un niño
de mi misma edad (como un salteador de caminos, uno podría imaginar,
que va por el bosque y bandidos te cortan
el paso y te piden o la vida o la bolsa...)
Llevaba la maleta escolar, colgada en la espalda, cierto peso, peso
escolar, como Atlas soportando el mundo, deseaba
llegar al hogar y desquitarme ese peso y andar suelto. El niño salteador...
aparecía y quería algo, valor monetario o material, lo que
sea, y empuñaba una pequeña navaja (parecía aprender
progresivamente el oficio, en el barrio había pequeños focos
de gentes probables a delinquir, o futuros
improbables), le dije que no tenía nada,
siempre no llevaba dinero, raras veces monedas para comprar chucherías
o pasteles en el colegio, pero apenas nada, para eso llevaba mi bocata
liado en papel para comer
en la hora del primer recreo, como siempre...
Bueno, el salteador supo que no tenía nada, entonces... "a ver qué
lleva en la maleta"... Le dije que no, solamente libros y libretas y lápices,
que no estaría dispuesto a enseñárselo ni dárselo.
O sea, víspera de Navidad, como un cuento, un cuento de mal gusto.
Me inventé algo para disuadir al niño
"salteador" ya que parecía bastante amenazante, cerca del lugar
había un edificio en construcción, vallado con chapa esa
que parece hojalata, y había unos cuantos obreros
trabajando, le dije al "salteador" mintiendo
que mi tío trabaja allá, en esa obra, el salteador no estaba
muy convencido, se daba cuenta de mi treta, seguía amenazando, y
como veía difícil escaparme me inventé otra
treta, que era entrar en el primer portal de
un bloque de viviendas y hacerle creer que alguien familiar o conocido
o yo vivo allá. Me escapé casi corriendo del lugar y me refugié
en ese portal, y subí hasta un
tercer piso por la escalera. Desde el rellano
de un tercer piso hay una ventana que se ve la calle, observaba si el salteador
se largó o no del lugar. Observaba por esa ventanita que él
se escondía y aparecía en
escena constantemente, estuve un rato largo
para ver si se iba... Durante largos minutos, que se me hacían eternos.
Cuando estaba muy seguro que se fue del lugar, salí de ese edificio
y caminé en direccióna mi hogar, pensando que ha sido una
mala pasada, bueno, cuando llegue a mi hogar pues nada...Cuando llegué
a mi hogar, llamar la puerta, y mi madre abre la puerta, comprendí
por qué mi madre no fue a recogerme, había familiares (tíos
sobre todo) en mi hogar, y como si celebraran la Navidad, en plan mogollón,
mi madre no me dio explicaciones ni me daba por explicar lo
que me pasó con el niño salteador
(había tantas cosas que no contaba a mis padres, como si me lo tragara
todo, no tenía necesidad de contar nada a mis padres o familiares,
tampoco estarían dispuesto a escucharme o no era mi deseo). La casa
totalmente engalanada. Arbolito de Navidad, con sus bolitas. Y luces que
se apagan y enciende. Un espíritu navideño, cosas de familias.
Pensé que lo que me pasó con el niño salteador era
como una mala pesadilla navideña, eso pensé, sí, y
no di más vuelta de hoja, me desquité mi maleta escolar,
y no sé más, empezaba el
contrarreloj para celebrar la Navidad, recuerdo
que se celebraba a lo grande, diversos días navideños, como
primero la Navidad con la familia reunida, tíos, primos, abuelos,
y buena comida, y la televisión delante, y a cantar villancicos.
Luego el día de los Santos Inocentes, echar petardos por ahí,
y esas cosas, alguien es el inocente, y luego
nochevieja, en la plaza del ayuntamiento,
el reloj, las campanadas, las gentes se emborrachaban y comían uvas,
y se disfrazaban algunos. Y luego las Calbagatas de los Reyes Magos, venga
regalos, en las cabalgatas hay
ventajas, cogemos caramelos que echan por ahí,
puro cuento, un cuento de
Navidad esas fechas navideñas.
El ciclo se repite, conforme avance económicamente
el país más derroche, un caos circulatorio.
Miguel Ángel Sánchez Valderrama
Un sol de agosto, en la azotea de aquella casa
de mi tía, una piscina de lona que se monta y desmonta, en ese pueblo
de Sevilla, había que ahorrar agua potable, había cierta
sequía, si gasta más agua potable de la permitida puede llevarse
la sorpresa de ser multado, la política del agua: hay que ahorrar
agua. Varios años atrás no había tanta sequía,
podría permitir el lujo de derrochar agua potable, para llenar tal
piscina en esa azotea. Apenas seis años de edad, o menos, o aproximadamente,
no me acuerdo, chapoteaba en el agua, el sol era demasiado fuerte, como
si nada.
El patio lleno de macetas, casi todas las casas
del pueblo tienen un patio lleno de macetas, con diversas plantas, y siempre
hay quien tiene animales domésticos, y siempre se oía piar
a los pájaros, y los canarios se llevan la palma, se oían
por todas partes canarios pavarottis. El salón de la casa de mi
tía, había una alfombra pegada a la pared, a
modo de cuadro, donde reproducía escenas
taurinas, un hombre montado en un caballo con una gran lanza que hinca
a un gran toro furioso por esos campos llanos, me producían verdaderas
pesadillas observar esa imagen
taurina. Formaba parte del imaginario cultural
de la región sobre todo la parte occidental de Andalucía...
Creo que tenía menos de seis años,
recién venía de otra ciudad lejos, más de quinientos
quilómetros aproximadamente, tantos traslados, era un pueblo desconocido.
En ese salón, en el sofá me quedé dormido, era
demasiado tarde, siempre acudíamos a
la casa de mi tía... La imagen del hombre montado en caballo con
su gran lanza se me quedaba en la cabeza, de hecho me acuerdo mucho de
eso, estaba muy dormida, sumergida en el
sueño (parecía pesadilla, esa
imagen del hombre con su gran lanza), me negué ser trasladado de
la casa de mi tía a mi hogar, mi tío me cogió en hombro,
para trasladarme a mi hogar, me acuerdo mucho de mis tíos, casi
analfabetos, trabajadores de inhumanas fábricas, lloraba por que
para mí mi tío era desconocido, venía de una ciudad
lejana, no conocía el pueblo, me costaba adaptarme en el pueblo...
Se me venía a la mente todo eso que me
remota a recuerdos infantiles, y a la vez me viene a la cabeza ahora mismo
esa imagen reciente que vi en el hospital clínico de mi ciudad,
en la sala de espera de Urgencias, observaba una mujer treinteañera,
que estaba demasiada pálida, algo le pasaba, y estaba como sentada
en una silla de ruedas, por que no podía estar en pie, no comprendí
lo que le pasaba, observaba su mirada perdida, estaba totalmente sola,
algo le pasaba pero no comprendí, ella tiene su historia.
Son imágenes que se me vienen a la cabeza,
como un bombardeo, y suelo transcribirlo literalmente.
Tengo una mala costumbre, suelo orinar varias
veces, entro y salgo del cuarto de baño con mucha frecuencia,
como ahora mismo tengo deseo de orinar, voy al baño y no sale ni
gota, pero tengo que estar varias veces, orino varias veces al igual que
bebo agua con mucha frecuencia, una persona determinada me dijo que eso
podría controlarlo, no tengo por que adoptar control a mis ganas
de orinar como de beber agua, como el de transcribir cualquier cosa que
se me pase por la cabeza... Hablando de hospitales, se me viene a la cabeza
ahora mismo la imagen de la
transfusión de sangre, realmente nunca
me he sometido a eso, pero sí me han sacado varias veces sangre
para que me analicen, si entras a trabajar por ejemplo te hacen un reconocimiento
médico en la mutua, un cacho jeringuilla que te saca una buena porción
de sangre para que analicen, un exhaustivo control de mi sangre.
Hay gentes que se marean.
A mí lo que me asusta es cómo
me harán, y depende de la persona que me lo haga, hubo uno que me
dijo que mirara para otro lado en vez de la jeringuilla... Hay otra imagen
que no se me quita de la cabeza (y supongo que la escritura sirve para
liberarse de esas imágenes obsesivas, esos recuerdos...) que es
del heroinómano que con la
jeringuilla hace continuo bombeo con su sangre
para que le llegue al cerebro, o el heroinómano que busca
resquicio... venas para pincharse...
Grandes hospitales, los servicios de Urgencias
siempre lleno, las sirenas de ambulancias cada dos por tres suenan, cuando
entro en un hospital me da ataque de pánico, tengo fobia a los hospitales...
Cuando
hay un gran partido de fútbol o fenómenos
televisivos de masas los hospitales se vacían, entonces no entiendo,
que los síntomas, enfermedades tienen mucho que ver con lo que pasan
socialmente... Los
médicos saben perfectamente qué
día acuden más gentes o menos, en función de algo.
Hay meses del año que nacen más niños o menos, creo.
Al menos algo he oído.
Si hay un gran partido de fútbol, por
ejemplo la Final de la Copa de Europa, donde juega el Real Madrid contra
otro equipo, o cualquier equipo de fútbol español contra
otro, las ciudades se vacían, se quedan desiertas, los hospitales
se vacían o reducen el número de usuarios, todo eso está
comprobado. Al menos todo eso me comentaron gentes
médicas. Y a parte pude comprobarla por
mí misma, salí a la calle en ese día donde jugaban
un partido de fútbol de gran trascendencia, las calles realmente
estaban vacías, apenas coches y viandantes. Es una alegría
ver
una ciudad así, todo para mí misma.
Ayer estuve en un bar donde no había
un solo televisor, sino dos, uno en cada esquina, retransmitiendo un partido
de fútbol vía satélite.
Hasta la última gota, me desangro a través
de la escritura, como una transfusión de sangre, goteo de pensamientos,
recuerdos, chorradas, me permite liberarme de ciertos pensamientos morbosos,
recuerdos...
Mi diario consiste en eso. Escribir todo lo
que se me pase por la cabeza. En mi ciudad el cielo aún está
gris, con apenas gotas de lluvia a esta hora, como si nada.
Miguel Ángel Sánchez Valderrama
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