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NADIE NOS PROMETIÓ UN JARDÍN DE ROSAS
Lunes, 2 de agosto.
El viernes nos vamos de cámping a Cádiz. Ya ha empezado a fantasear mi mente
con los días que quedan por delante. Bueno, en realidad llevo pensando en
este cámping desde que me dieron el curro de pizzero. Para algo tendrá que
servir estar repartiendo pizzas durante un mes en este estúpido y aburrido
pueblo. No sé si 20 talegos está bien por el trabajo, pero es lo que me han
dado, y cualquiera le dice al jefe que me pague más, después de mandarlo
ayer a tomar por.
Tengo 18 años, y creo que lo más interesante que me ha pasado hasta ahora ha
sido esa borracha que pillé en los últimos carnavales que me dejó los labios
cortados en tres partes. Lo malo es que del cuello para abajo, nada de nada.
Así que con este desolador historial, mis únicos pensamientos son bastante
subidos de tono. Dicen que en Cádiz las chicas son muy liberales. Ya
veremos.Martes, 3 de agosto. Quedan tres días. Hoy he hablado con Marcos. Le está
dando los últimos toques al coche. Le he estado ayudando un rato. A fin de
cuentas, si no fuera por él, yo no podría ni siquiera soñar con este viaje.
Más tarde, llegó Juan con un montón de cintas, para probar el radiocassette
del viejo Ford Fiesta del padre. Es extraño lo que ocurre. Sólo se escucha
la cara A de cada cinta. Cuando pones la cara B, la cinta se relía dentro de
la radio, y puedes despedirte de ella. Así destrozó Juan su cassette de
Prodigy y el Ibiza Mix 38, lo que yo tomé como un regalo del cielo. Creo que
él no pensó lo mismo ya que dijo algo así como "¡me cago en Dios y en su
puta madre!".Miércoles, 4 de agosto. La rubia del bikini azul se acerca a mí, clavando
sus pupilas en mis gafas de sol pastilleras, y haciendo unos gestos raros
con la lengua. Sin decir nada, me coge del brazo y me lleva hasta donde ya
el agua cubre por completo. Se quita la parte de arriba del bikini, y la
tira más lejos todavía. El agua nos llega hasta el cuello, pero no estoy en
medio de un maremoto precisamente. De pronto, ella comienza a nadar a mi
alrededor. Yo giro a la vez que ella. No quiero dejar de observarla. Se
puede ir en cualquier momento, se la pueden llevar las olas, se la puede
llevar el viento. Mientras pienso esto, me doy cuenta que la parte de abajo
del bikini yace junto a la parte superior. Repentinamente, ella se acerca a
mí, y comienza a besarme.
Lo siento mucho, pero aquí se censura el sueño. Éste diario no es el más
seguro del mundo. Es más, creo que en esta familia el que menos lo abre soy
yo, y yo lo abro al menos una vez al día.Jueves, 5 de agosto. Mañana nos vamos. Acabo de meter en la mochila la ropa,
el saco, los sobres de gel y champú, la toalla, las chanclas. Algo se me
olvida. Seguro. No falla. Sólo espero que lo que se me olvide no sea ningún
obstáculo para que me lo pase bien.
Bueno, con lo de ayer del sueño, no tuve espacio para escribir lo que hice.
Aprovecho, y lo escribo ahora. Tampoco es demasiado largo. Ayer hice NA-DA.
Un momento. Aparte de repartir pizzas y tener los típicos pensamientos de
cualquiera de mi edad, ¿he hecho algo este verano? La respuesta está en el
viento.
Ya se que es lo último que me faltaba por meter, bueno, lo penúltimo. El
boli. Si no, ésta agenda sería tan inútil como construir una iglesia.Viernes, 6 de agosto. Se han ido. Me han dejado aquí tirado. Soy estúpido.
Me la han jugado otra vez. Mañana nos vamos al paraíso, decía ayer el cabrón
de Marcos.La nota que había dejado en el buzón no dejaba dudas. "Lo siento colega. Así
es la vida. El coche es mío, y yo elijo quién viene y quién no viene, y tú
no vienes. No sé si te acuerdas de lo que nos hiciste antes de verano. A lo
mejor así aprendes a no hablar tanto con cierta gente. Ah, en vez de ti, ha
venido Álvaro, ya sabes, el que nos pasa el material. Pásatelo bien en el
pueblo. Firmado: Marcos y Juan. Sinceramente tuyos".
Nunca voy a olvidar esto, pero ellos tampoco. Se puede jugar con una
persona, con su mente, incluso con sus sentimientos, pero nunca con sus
ilusiones.(2 horas más tarde) Ahora estoy sentado en la parada del autobús. Sí, me han
dejado tirado, pero con 20.000 pelas en el bolsillo. Me han jodido las
vacaciones, pero yo voy a ir a Cádiz, y no a tomar el sol con una cerveza en
cada mano. Ellos se han vengado ahora por algo que pasó hace meses. Ya
estarán contentos. Muy bien, si ellos han tenido la sangre fría de esperar
todo este tiempo, yo no la voy a tener cuando los vea.
El pájaro no puede volar si tiene las alas rotas, y mi navaja multiusos me
ayudará a que el ave no surque el cielo.Madrugada del viernes al sábado, 7 de agosto. Ya estoy en Cádiz. Encontré
una pensión barata no muy lejos de la playa. Ahora sólo queda dar con ellos.
Mañana empieza la cacería de los animales traidores, y yo soy el único
cazador.A partir de aquí no se han encontrado más notas en la agenda de Antonio
López López hasta la madrugada del sábado al domingo, 8 de agosto. Esto es
lo que sucedió en este caluroso e intenso sábado de agosto.No antes de las 11 ni más tarde de las 12, Antonio recorrió el corto camino
que separaba la pensión "Yesterday" de la playa Victoria. Vestía una
horrible camiseta verde estampada con flores amarillas y un bañador azul,
sin dibujo. A la cintura llevaba una riñonera de una marca surfera. No
llevaba toalla, ni gorra, ni gafas de sol. La rabia que transmitía a través
de sus ojos hubiera quemado el mejor modelo de Ray-Ban.
Recorrió la playa, primero hacia la derecha, hasta llegar a Santa María, o
mejor dicho, hasta donde ya sólo había agua, fijándose con bastante
detenimiento en todas las personas con las que se cruzaba, en las que se
estaban bañando, en las que tomaban el sol y hasta en las que circulaban por
el Paseo Marítimo.
El camino de vuelta fue mucho más difícil. A partir de las 2, la gente
empezaba a llegar a la playa en manada, como si fueran un rebaño de ovejas
obligadas a dirigirse a un matadero clandestino.
Antonio intentó relajarse tomándose un baño de realidad imaginaria. Quería
olvidarse de las dos personas que más odiaba en el mundo, y pensar sólo en
pibas. Se tumbó en la arena y comenzó a fantasear. Estuvo así unos 20 ó 25
minutos.
Al despertar, lo hizo con más rabia que nunca. Su primer pensamiento fue un
tanto violento. Asesinar a sus dos traidores amigos de cien puñaladas a cada
uno. Este sentimiento se vio corroborado cuando comprobó que no había
ninguna presencia femenina a su alredor, o por lo menos, él no la veía.
Se tocó la cabeza, y comprobó que la tenía muy caliente, así que decidió
tomarse un baño, esta vez, en la templada agua atlántica.
Cada vez había más gente en la
playa. Las focas se untaban crema por todo el cuerpo mientras las barrigas
cerveceras de sus abnegados maridos se refrescaban con los primeros tintos
de verano del día. Al mismo tiempo, los gordos con gorrita de cruzcampo
abrían latas de mejillones, cuya salsa tiraban al agua. Allí los niños
lanzaban sus pelotas de todo tipo contra los apacibles bañistas. Antonio
estaba reflexionando, sentado en la orilla, si la única excusa para hacer
una cosa inútil es admirarla intensamente cuando recibió el impacto de una
pelota de tenis en su pómulo derecho. Lo siguiente que hizo fue pegarle un
puñetazo al niño que lo tumbó en la orilla junto al líquido de los
mejillones que había tirado su padre minutos antes. La señora del bañador
negro con adornos fucsia(su madre), empezó a lanzar gritos de manera
compulsiva contra Antonio, al que calificaba de asesino de niños para
arriba, insultando al padre, a la madre, al Espíritu Santo y a todo el que
se movía. ¡Qué gritos, ni que le hubieran clavado los clavos de Jesucristo!
Antonio escapó de allí como buenamente pudo, es decir, corriendo, aunque no
le fue muy difícil alejarse de sus perseguidores. Era la hora del aperitivo
y la "glamourosa" pareja tampoco tenía muchas ganas de emular a Fermín
Cacho, así que volvieron con sus tintos y su tortilla de patatas.Antonio hizo el camino de vuelta bastante más rápido que el de ida. Había
tanta gente que era imposible fijarse en todo el mundo.
Sobre las tres y media subió a una tienducha de alimentación a comprar un
bocata de mortadela y una lata de coca-cola. Volvió a la playa y se sentó en
una zona de nadie.
Por delante, entre las sombrillas, aguantadas con bolsas de arena para
combatir el levante, la gente seguía comiendo. Por un hueco entre ellas se
veía una mujer hincándole el cuchillo a una gigantesca sandía mientras el
marido (o quien fuera) sacaba las cartas de la bolsa de la playa y empezaba
a repartirlas. De fondo sonaban los comentarios de un partido de fútbol, a
pesar de que todavía no había empezado la liga, ni la copa, ni la UEFA, ni .
Por detrás, un grupo de quinceañeras lo miraba de manera un tanto descarada,
esperando que él volviera la cara para ver exactamente cómo era. Por el tono
blanco tirando a rojo de su espalda supusieron que no llevaba muchos días
yendo a la playa y por lo tanto que posiblemente no era de la ciudad.
Como él no se volvía, la más lanzada de las chicas se acercó a él para
pedirle fuego.
Después le presentó al resto de las chicas. Como en todos los grupos, había
una que estaba muy buena, una gorda, que se ríe un tanto nerviosa y un par
de chicas ni guapas ni feas, que son las que más hablan, aunque suelen
hacerlo sin saber, y cuya frase preferida es "... porque Cádi es lo más
bonito de tó".
Gracias a éstas chicas, Antonio pudo olvidarse durante un rato de las dos
ratas de barrio que perseguía y centrarse en una de las chicas que hablaban
tanto sin pensar nada.
Vio que ella mostraba cierto interés, así que cuando tuvo ocasión la besó.
Después ella continuó un rato más, total, estamos en verano y yo a éste no
lo voy a ver más en mi vida, pensaría la dicharachera Ari (de María). Ella
le dijo que por qué no se veían por la noche también, que era la Velada, una
especie de feria veraniega, "la más bonita del mundo" y que así le daba
celos al chulo del ex - novio para que volviera con ella (esto último no se
lo dijo, pero sus pensamientos casi se podían leer en el aire).
Él aceptó, y tras un rato más en la playa de besos sin amor, todos se fueron
y quedaron para la noche.Antes de medianoche, Antonio y las chicas (todas excepto la más guapa) se
encontraron en la parada del autobús de línea. Fueron a una plaza donde
había muchos jóvenes a beber un rato antes de entrar en la verdadera fiesta.
Dos horas después de mucha ginebra y unos pocos besos, se dirigieron a la
Velada.
La verdad es que no merece la pena transcribir las conversaciones que
mantuvieron en ese tiempo estos lamentables personajes, ya que no dijeron
nada relevante para el desenlace de la historia ni para aumentar los
conocimientos de protagonistas y lectores.
Tras un par de frases vanas, y ya sin la compañía de la chica gorda, que se
perdió y acabó durmiendo horas más tarde delante de la comisaría de policía
(no sé cómo llegó allí), por fin emprendieron el camino hacia la maldita
feria de las vanidades.Todo fue más o menos bien hasta que a Ari le dio por interesarse por las
intenciones de Antonio en Cádiz. Tres veces le preguntó la inocente chica y
tres le dijo él que sólo estaba de vacaciones, como tantos otros. Pero ella
notaba a Antonio ausente, pendiente de otra cosa. Él se fijaba en todo el
que pasaba, y Ari, ya mosqueada, le preguntó: "Oye, tú miras mucho a los
tíos, tú no serás maricón, ¿no?" A Antonio, ya harto de la niña, por poco no
le da el infarto allí mismo. Reaccionó con brusquedad. Rabioso, como un
perro, le dio el mayor grito que nadie jamás oyó ese verano. Ante la caseta
de la peña "Goofy", en pleno corazón de la fiesta y donde se concentraba más
gente, Antonio, con ojos penetrantes de asesino en serie le gritaba que se
callara ya de una puta vez. La niña charlatana y ordinaria de antes lloraba
ahora en el suelo, con la cara tapada por las manos para que nadie pudiese
ver su amargo llanto. Frágil, delicada, rota en lágrimas, y más enrabietada
que el propio Antonio, Ari era incapaz, sin embargo, de levantarse del sucio
suelo en el que posaba toda su dignidad. Pero de la oscuridad apareció
alguien dispuesto a redimirla. Empujado por la rabia de ella, Luis, su
antiguo novio, saltó al escenario de la discordia a ajustarle las cuentas a
ese cabrón que estaba haciendo llorar a su dulce Venus de fuego y barro.
En un momento se agolpó una gran multitud de personas ante la entrada de la
caseta "Goofy", donde sonaba por vigésima vez en la noche "El camaleón".
Cambia de colores según la ocasión, dice la canción, igual que las personas.
Pasas de dominar a alguien a ser dominado. De héroe a villano en lo que dura
una canción. De querer a odiar a alguien sólo por unas palabras, o de odiar
a amar, por un gesto, por una mirada.
En este caso se pasa de la vida a la muerte en lo que se tarda en sacar una
navaja y apuntar hacia el cuello de la víctima. No hay tiempo para pensar,
para saber por qué se actúa, no hay tiempo para nada.
La pasión, quizá la locura, a lo mejor rabia. A veces rencor. Las semillas
de la violencia.
O pudo ser el deseo de ser el centro de atención, de convertirse en
protagonista de una historia de buenos y malos, de ser reconocido por la
gente como alguien que vengó el dolor de un sentimiento, lo que llevó a Luis
a abalanzarse contra Antonio. No lo consiguió. Alguien se interpuso en su
camino. Lo detuvo. No pudo darle a aquel extraño, a aquel intruso lo que se
merecía.
Pero a Antonio nadie lo paró.
Pudo ser la sensación de creerse mártir de sus propios deseos, esclavo de su
imaginación adolescente, sumiso de una venganza incompleta, lo que llevó a
Antonio a clavarse su navaja en el cuello.
Entre la muchedumbre que se agolpaba alrededor, Marcos y Juan, los traidores
amigos del barrio triste, observaban boquiabiertos la imagen ensangrentada
en el suelo del rencor y la rabia que aún mantenían vivo a Antonio. La gente
gritaba y corría de un lado a otro buscando un policía, un médico, una
camilla o una ambulancia, pero la Cruz Roja no aparecía.
Las ambulancias transportaban a varias personas en "coma etílico" al
hospital más cercano. La gente le ponía pañuelos, trapos, ropa en el cuello
a Antonio para que no se desangrara, pero no eran las improvisadas vendas lo
que le mantenían vivo sino la presencia cercana de las ratas del barrio.
Antonio no los veía, pero él sabía que estaban allí, a escasos metros.4 horas más tarde, Antonio López López fallecía en el hospital Puerta del
Mar de Cádiz debido a las heridas provocadas por su pequeña, pero afilada
navaja multiusos.En la agenda encontrada entre sus pertenencias en la pensión "Yesterday", en
la página del día 8 de agosto se encontraban las siguientes anotaciones. No
se sabe cómo, cuándo, dónde ni por quién fueron escritas, pero la caligrafía
es la misma que la de las páginas anteriores.Madrugada del viernes al sábado, 8 de agosto. Mucha gente no entenderá lo
que hecho. Me da igual. A mí sólo me importa lo que yo opine sobre mí mismo.
Dicen que todo el que busca algo tiene la oculta esperanza de no encontrarlo
nunca. En mi caso eso no es cierto. Busqué, pero no los encontré. Yo he
perdido, pero ellos no han ganado. Nadie ha tenido la culpa de lo que ha
pasado. Ya había corrido mucho agua debajo de este puente. La noche ha sido
muy intensa, y yo estoy muy cansado. Sólo me arrepiento de una cosa de lo
que he hecho; haberle chillado a esa pobre niña. No se podrá olvidar de esto
en lo que le quede de vida.
De lo que no he hecho, me arrepiento de todo. Dicen que no hay nostalgia
peor que recordar lo que nunca jamás sucedió. Y yo me voy así, con
nostalgia. Nadie me prometió un jardín de rosas, pero no esperaba morir
entre espinas. Dios en agosto está de vacaciones, igual que el resto del
año, por eso ahora me dirijo hacia ese punto donde hay algo y a la vez no
existe nada.
Espero que quien no pueda entender lo que aquí escribo lea jamás este diario
pues todo lo que yo quiero y siento hubiera sido en vano. Espero que nadie
censure lo que yo he hecho. Podrá estar bien o mal, pero eso no me importa.
La brisa de la muerte me lleva con ella. Eso es lo importante.FIN
Todo final oculta una promesa y despeja el horizonte
E. M. Cioran