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Hilario
Barrero
España
Diciembre herido se congela entre
algodones sucios de una nieve extranjera,
mientras el viejo Bill se muere en Brooklyn.
Perros de soledad ladran a su mirada
de cartón mordiendo envenenados
los cristales vidriados de su vida.
Renegando ser viejo, Bill, tirita
y el zumo de manzana le condecora
su pecho de óxido y metralla.
Un visitante misterioso entra,
se detiene en la ribera de la cama
fulminando la decadente escena
con su hermosa presencia.
Trae consigo la fuerza de la calle,
el ruido del vivir, la juventud,
la agresiva insolencia de su sexo,
el gozo más urgente del amor
y entre el azul lejía de su blusa
dos volcanes de lava se desbordan.
Bill le mira por un instante, tiembla,
(la toma de París, la muerte de su hija
calcinada, el divorcio de Peggy...)
maldice ser un muerto, estar amortajado
y lucha inútilmente por romper
las cadenas de óxido y de sangre
que encarcelan sus huesos de carbón.
Desaparece el cuerpo y huele a azufre,
infierno y carne achicharrada
en la habitación 308
del King´s Highway Hospital en Brooklyn,
donde Billy se abrasa lentamente
rodeado de tubos y de cables
en la fría mañana de diciembre.
( De In tempore belli)
Antes del sacrificio
alguna vez tomé tu nombre viejo
por sus huesos dejándolo grabado
entre las piedras, hundiéndose el sonido
de su cúpula entre el ancla humedecida
de su peso, su olfato desvaído,
herida su armadura en una antigua
guerra. Y lo llegué a olvidar.
Fuímos a la montaña en la noche
nupcial y en la sangrienta ceremonia
de mi ofrenda te di un nombre nuevo
para reconocerte entre tantas
columnas y laberintos convocados:
una coraza que calcifica tu ademán
protegiéndonos de la invasión devastadora
que nos cerca acorralando nuestros gestos.
Un código que te salva y me condena.
Revestido con la solemne túnica de espejos
torturados, me clavó el hechicero
la flecha envenenada en mi pecho desnudo
y el corazón brotó iluminado,
llenándose de sangre el ánfora sagrada.
Fui arrojado desde la cima de tu cuerpo
hasta los pies del templo, donde llegué
ya condenado. Allí me recibió
la clave de tu nombre consagrado
que torturó mi voluntad, lavó mis manos,
embalsamó las venas de mi infancia
para ser ofrecido, con el alba,
al pueblo que, hambriento y jubiloso,
esperaba cantando en la gran plaza.
(De in tempore belli)
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