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Ivonne BordeloisTed Hughes y Sylvia Plath
Atracción fatal
Fueron uno de los matrimonios más admirados y desdichados del mundo literario norteamericano. Ella se suicidó, víctima de los editores, de la terrible exigencia que pesaba sobre su trabajo, y también del narcisismo de su esposo; él acaba de publicar un libro de poemas, Birthday Letters, de enorme éxito, en el que la recuerda y en el que narra su versión de los hechos. En esta página, John Carey comenta la nueva colección de versos de Ted, de la que se publica una poesía, mientras Ivonne Bordelois evoca la fascinante figura de Sylvia.
CUANDO Sylvia Plath se suicidó con gas, en la madrugada del 11 de febrero de 1963, el hecho tuvo escasa prensa. Era casi una desconocida. Su único libro de poemas, The Colossus, había pasado inadvertido para gran parte de la crítica. Las cosas han cambiado desde entonces. Las cambió Ted Hughes, y éste es un detalle que, a veces, se pasa por alto. La publicación de la obra de su esposa, iniciada por él con Ariel (1965) y que culminaría con Collected Poems (1981), estableció a Plath no sólo como la poetisa más aclamada de nuestro siglo, sino también como una superestrella cultural.
La gratitud hacia Hughes, por haber dado a conocer poemas que habrían de perjudicar seriamente su reputación, no fue la reacción más repetida entre los admiradores de Plath. Las feministas han hecho de ella una mártir cuya muerte es directamente atribuible a la infidelidad de su marido. Una y otra vez han borrado de su lápida el apellido Hughes, entre amargas quejas contra sus herederos por desalentar a peregrinos e investigadores. Cuando Anne Stevenson publicó su biografía de Plath, Bitter Fame (1989), muchos culparon a la hermana de Hughes y apoderada testamentaria, Olwyn, por la descripción que allí se hacía de una mujer enferma, violenta y autodestructiva.
En medio del júbilo con que se saludó la inesperada aparición de Birthday Letters, de Ted Hughes, habría circulado la idea de que ahora podemos dejar a un lado todo este antagonismo. Hughes ha contado su historia y ha obtenido una justificación triunfal. Quienes lo creían un hombre duro de corazón -proclama el escritor Andrew Motion- verán cuán insensibles han sido ellos. Las reacciones del lobby de Plath, una vez que haya recobrado el aliento y escudriñado la versión de Hughes, quizá demuestren el optimismo de esta expectativa.
Sin embargo, lo primero que corresponde decir, por cierto, acerca del nuevo libro es que, inequívocamente, es la obra de un gran poeta. Al parecer, los ochenta y ocho poemas fueron escritos en diversas épocas: uno, por lo menos, en 1973; otros, tal vez, en fechas muy recientes. No obstante, parecen no haber salido aún de la conmoción provocada por la muerte de Plath. Una y otra vez, se dirigen a ella como si estuviera viva. El lenguaje es como la lava: su agitación derretida se solidifica en formas que todavía retienen el calor del núcleo terrestre. Hughes tiene la facultad de sacudirnos y desconcertarnos con su palabra, convirtiendo así la narración de los viajes del matrimonio por España, Francia y los Estados Unidos en una aventura apasionante. Los pasajes íntimos no ahorran recuerdos. La mujer muerta regresa, tan vívida como la primera vez que la vio, sin embellecimientos de velatorio: su nariz es "casi la de un boxeador"; sus labios, "de un grosor aborigen"; sus "dedos, largos, danzarines, de una elegancia simiesca".
En el relato de Hughes, su pobreza de estudiantes y recién casados es animosa y conmovedora. A los jóvenes de hoy les parecerá una historia del Tercer Mundo. Su hogar de soltero en Cambridge era un colchón en un cuarto vacío, en los altos del British Restaurant. Todas las noches -nos cuenta indiscretamente-, la muchacha que regenteaba el lugar se acostaba con él arrimando su cuerpo desnudo, pero su estricta fidelidad a Sylvia lo mantuvo casto. Su boda se ajustó a la austeridad británica de posguerra: ella se puso un vestido tejido; él, su vieja chaqueta de pana; el sacristán actuó de padrino. Hasta en el último abril de Sylvia, cuando ya se habían mudado a su vicaría en Devon, eran tan pobres que recogían enormes ramos de narcisos de su jardín para venderlos al almacenero del pueblo.
Con una pareja tan dotada, tan consagrada a su arte, sin duda estos años flacos deberían haber engordado hasta transformarse en un verano dorado. Hughes recuerda la vuelta al hogar, luego de una feliz jornada de pesca frente a Cape Cod, remando entre los fantásticos yates de los ricos, y reflexiona que podrían haber remado a través de su propio futuro. Según cuenta, los arruinó la psique atormentada y compulsivamente agresiva de Sylvia, siempre lacerándose a sí misma. Sus celos paranoides; su espectral relación amorosa con el padre, cuya muerte había destruido su infancia; sus pesadillas aullantes, empapadas en sangre; sus silencios coléricos; sus accesos de ira, en los que llegaba a destrozar muebles... Hughes opuso a estos demonios sus cuidados solícitos: "Cada noche / te instilaba una calma hipnótica. / Coraje, comprensión y calma". Pero ella parecía ser presa de otra conciencia, como un guante sobre una mano inmensa o el muñeco de un ventrílocuo, y, con voz chillona, acusaba a su esposo de "estar con una prostituta".
Los paladines de Plath verán en esto una confabulación demasiado obvia con la discutida biografía de Stevenson. Objetarán que Assia Wevill, cuya relación con Hughes derivó en su separación de Plath, aparece tan sólo en un poema. Hughes la presenta como una intrusa cosmopolita en su hogar de Devon, "levemente inmunda de misterio erótico". Llega por obra de un hado maligno que "nos requisó, a ti, a mí y a ella, / como títeres para su actuación". Del mismo modo, su propia infidelidad era tan involuntaria como el sonambulismo: "El soñador que hay en mí / se enamoró de ella".
Evidentemente, esto será interpretado y escarnecido como una ficción conveniente, una evasión de responsabilidades. Empero, tal reacción entrañaría una idea equivocada de toda la obra poética de Hughes y una cerrazón respecto a la naturaleza del arte. Hughes siempre ha visto al ser humano empequeñecido por "el circuito energético elemental del universo", una fuerza coercitiva identificada indistintamente con las leyes de la ciencia, los personajes sobrehumanos del mito clásico o la intensidad brutal de las aves y demás animales. En su visión de la vida (¿quién la tildaría de falsa?), la "responsabilidad" se transforma en una invención que sólo es válida en el mundo ficticio de los abogados y moralistas. Somos moldeados, dirigidos y destruidos por fuerzas cósmicas que escapan a nuestro control o comprensión. Hughes se adhiere implacablemente a este fatalismo a lo largo de Birthday Letters. Se da cuenta de que, aun antes de haberla visto, era "audicionado" por el destino para el papel masculino en el drama de Plath, en el mismo estado de indefensión que "las patas de una rana muerta tocadas por un electrodo".
Como los murciélagos que, al anochecer, veían salir en bandadas de las Cavernas Karlsbad, durante su visita a los Estados Unidos, él y ella eran "parte del mecanismo solar", de "la infalible lógica terrestre". "El sistema solar nos casó / lo supiésemos o no." Un elenco de criaturas salvajes (un ratón atrapado en una zarza, un cachorrito de zorro, temibles osos del Parque Nacional de Yellowstone) transporta a lo largo del poemario el tema de la respuesta involuntaria a estímulos naturales. Hughes se imagina a sí mismo, en su infidelidad, como un caballo desbocado bajo cuyas herraduras cayó, fatalmente, su esposa: "Me hizo trastabillar y ahí quedó, muerta, en un instante".
Los poemas extraen su dramatismo de este vaivén, este sube y baja, entre autómatas humanos e individuos con personalidad y pasiones. La esquizofrenia de Plath (unas veces es ella misma y, otras, una mujer poseída por fuerzas extrañas) lo muestra en toda su desnudez. En la perspectiva universal de Hughes, la muerte de Plath siempre fue tan inevitable como el resultado de un proceso químico. Personifica a la Muerte como su compañera de viaje en su periplo norteamericano -un polizón en su heladera, el empleado de una estación de servicio-, sonriente e inadvertida. Hasta sus instantes más felices se ven ensombrecidos por el futuro ineludible. Recuerda que una vez, en la estación King's Cross, se arrojaron el uno en brazos del otro. Fue como un chaparrón tras una larga sequía, cuando las hojas, todas y cada una, se estremecen "y todo alza los brazos, llorando".
Este último verso maravilloso, siniestro, violentamente discordante, muestra a la naturaleza consciente del futuro terrible que los amantes no han intuido. Así clama la naturaleza en la Eneida de Virgilio cuando Dido y Eneas hacen el amor (se diría que Hughes invita a esta comparación). En el mismo plano mítico, ya en el primer poema, el durazno que Hughes toma de un puesto en Charing Cross y al que hinca el diente ("era el primer durazno fresco que probaba en mi vida") refleja la manzana fatal de la Caída.
Una reseña no basta para desovillar las maravillas que encierran estos poemas: se necesitaría un libro. Hay que leerlos.
Por John Carey
Para La Nacion - Londres, 1998
"MORIR es un arte, como todo / yo lo hago excepcionalmente bien." La extraña y sobrecogedora jactancia de estas líneas de "Lady Lazarus", uno de los más célebres poemas de Sylvia Plath, remite sin embargo a la reflexión inevitablemente complementaria: vivir es también un arte, tan difícil como morir, y Sylvia Plath padeció su vivir como un arte descuartizador al cual nunca escamoteó su terquedad indomable, su equivocado coraje, el tenaz voluntarismo típico de los años 50, que ejerció sin desmayo a través de sus brillantes y trágicos treinta años. De algún modo, la parábola Plath excede la vida y la figura de la poetisa y pasa a ser una imagen fidedigna de la cultura norteamericana durante la Guerra Fría: la confianza en una suerte de America über Alles (de la cual en estos días experimentamos las consecuencias), la decisión inquebrantable de renovar, tras Auden, la poética del inglés, la indomable defensa de una vocación que precisa sin embargo las señales materiales del éxito para sustanciarse a sí misma.
Egresada del elegante y exigente Smith College, precoz ganadora de premios y concursos, incisiva, ambiciosa y enormemente dinámica, Sylvia Plath parece haber sabido desde el principio, sin embargo, que a través de su infatigable carrera hacia la obtención de un prestigio poético excepcional, lo que la aguardaba tras el escalamiento de honores y fortunas no era la consagración final sino aquella fría mañana de Londres en la cual, habiendo sellado con su habitual pulcritud y eficacia las puertas de la cocina, dejando al lado de sus dos hijos sendos vasos de leche, abrió la llave de gas del horno y se entregó a los poderes de una instancia que no sabe de glorias literarias.La más brillante de las poetisas de su época moría abandonada por su marido, el hermoso y famoso Ted Hughes (que se encontraba con una mujer que correría, años más tarde, la misma suerte que Sylvia), en un invierno particularmente despiadado, bloqueada en un departamento con goteras y caños congelados, sin poder ser derivada a la ayuda psiquiátrica necesaria y fuera de todo amparo que sosegara su irrefrenable angustia y ansiedad.
Pacto singular: durante su matrimonio, Sylvia es la ardiente propulsora de su marido, su mejor publicista, la que no se arredrará ante su postergación a una clara retaguardia con respecto a la obra de Ted. Luego de su muerte, que la conduce a una fama lúgubre y refulgente a la vez, será Ted el emisario del nombre de la cónyuge hermosa, abandonada y genial. De los Diarios de Plath faltan dos cuadernos finales: uno fue eliminado por Hughes, que se justifica diciendo, estremecedoramente, que "el olvido es una condición de la sobrevivencia"; otro, simplemente, "ha desaparecido".
La historia Plath-Hughes parece escrita por un autor que fuera a la vez Ibsen y Tennessee Williams: todas las trampas de la llamada "condición femenina", todas las luminosas hipocresías de los 50, el brillo intelectual y literario de Massachusetts y Cambridge, toda la joven poesía inglesa de posguerra con sus apuestas, sus magníficos giros y sus tajantes desafíos; la sonrisa Kolynos de Sylvia y la de la calma y hermosa Irlanda que resplandece en Ted: todo conduce al apogeo de una ilusión o mentira extraordinaria, y todo se despeña abruptamente con un teléfono arrancado de la pared en el momento en que una amante invasora busca a Ted subrepticiamente. Luego, la separación, y con Ariel, los poemas más hermosos del siglo XX norteamericano, firmados por una mujer que ha necesitado la traición de su marido para escribirlos.
Como muchas mujeres de su generación (que no por azar fueron remplazadas por la segunda ola feminista), Sylvia fue educada para complacer, y rindió las más brillantes notas en esa exasperante, incesante e inclemente carrera. Complacer primero al padre, un alemán austero, Otto Plath, diplomado en Harvard; complacer a Aurelia, la madre, a pesar de su asfixiante intrusividad; complacer, finalmente (y acaso esto fue la traición más grave y la más gravemente culpabilizante para Sylvia), a los editores arbitrarios e imprevisibles, doblegándose al estilo del día, para lograr la efímera gloria de la publicación. Esta lucha, sin embargo, la exalta, como le confía a una amiga: "Tengo centenares de cartas de rechazo. Me enorgullece: son la prueba de que estoy tratando de hacer algo".
Como los héroes de la tragedia griega, la figura de Sylvia Plath convoca a la vez la compasión y la admiración. Digna de compasión su compulsiva competitividad, que la hace menospreciar a colegas tan válidas como Adrienne Rich; digno de compasión su obsesivo perfeccionismo, que la lleva a escribir sus poemas al lado de un Webster, para controlar las palabras más inesperadas o resbaladizas; dignas de compasión sus múltiples andanzas entre amantes brillantes y negligentes que explotaban su belleza y su prestigio y a los que ella, a su vez, manipulaba sin escrúpulos, hasta que llega el Príncipe Azul, el impresionante Ted Hughes, poeta brillante, suave halcón, y con él la exaltación de un matrimonio que se concreta en cinco meses y que promete ser (y lo es al principio) una permanente conversación poética, caza de alto vuelo, unión arquetípica de rebelión y hermosura: ambos renuncian a las eventuales y clásicas carreras docentes que podrían sustentarlos (pero también refrenarlos) para dedicarse única y exclusivamente a la poesía.
Una suerte de omnipotencia infantil, típicamente norteamericana, lleva a Sylvia a buscar la nota más alta y la más adecuada en todo, en una carrera de obstáculos en que cada victoria presagia trágicamente un futuro peligro y enmascara el último fracaso, el ineluctable. Pero cuando se leen sus extraordinarios Diarios (en los cuales, en prosa magnífica, duda paradójicamente acerca de su capacidad de escribir prosa), el lector no puede menos que sentirse sobrecogido: detrás de esa voluntad de agradar y sobresalir late un huracanado volcán de resentimiento y lucidez, que hace el mundo que le arranca estas concesiones tan despreciable como su propia, impotente y permanente disponibilidad de ceder a las demandas de ese mundo.
No podemos dejar de admirar, por otra parte, su exigencia feroz, que la hace corregir o destruir una y otra vez sus manuscritos; su insistencia en la máxima intensidad, para ella, indudablemente, la forma más alta de la verdad, que resplandece en sus escritos más que en la mascarada forzosa y forzada de su vida social; digna de admiración, sobre todo, es esa insólita incandescencia a la que conduce al inglés con una energía desacostumbrada en un escritor o escritora de su época, esa soberbia ferocidad con la que dice por ejemplo: "Your body hurts me / as the world hurts God" ("Tu cuerpo me duele/ como el mundo duele a Dios"). Porque esta niña de rostro de almanaque entre Shirley Temple y Marilyn Monroe, que merece una tapa de la elegante Mademoiselle, no ha trepidado en medirse con los poderes de un lenguaje que no perdona, con un verbo que la transporta en su carroza de fuego en un viaje sin regreso. Desde sus más tempranos poemas (el primero es publicado por el Sunday Boston Herald, cuando tiene ocho años de edad), se advierte en ella el ímpetu infalible que da al inglés esa mordiente furia, esa velocidad de grutas, esa brillante oscuridad que late en la voz de los verdaderos grandes, desde Shakespeare hasta Dylan Thomas.
Por contraste, pienso en una gran suicida nuestra, Alejandra Pizarnik, que eligió exactamente la vía opuesta. Desafiante y despectiva de las reglas más elementales de la mundanidad, ella es en muchos sentidos la antípoda de Sylvia Plath. Mientras Sylvia desprecia a su padre, al que trata de nazi en su célebre "Daddy", Alejandra, que solía tratar con rudeza al suyo en vida, a su muerte levanta un bellísimo y desesperado canto al "rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y muerto está".
Pero las semejanzas son más profundas que las apariencias. Ambas temen y conocen por experiencia propia el tenebroso mundo del internamiento psiquiátrico y ambas lo denuncian y lo niegan a la vez en sus comunicaciones sociales; ambas practican un humor despiadado; ambas son despiadadas consigo mismas; ambas profesan la poesía como un absoluto más allá de todo compromiso y enfrentan ese destino con una terca valentía inquebrantable. Ambas se vuelven realmente famosas sólo después del suicidio, que las lanza a una engañosa publicidad pero también las enaltece como signos inequívocos del peligro candente de una poesía que es algo más que afán de belleza.
La comparación de sus destinos es también una advertencia para los apresurados que quisieran condenarlas por el extremismo que profesaron, cada una a su manera. Sugiere que ni la bohemia transgresora de Pizarnik ni el aparente conformismo social de Plath fueron pasaportes válidos cuando se trató de pactar con la "vida" de todos los días. Ciertamente, hay quienes pactan y sobreviven en un difícil y deliberado equilibrio, pero acaso, y éste es el precio, y éste es el enigma, no siempre las mejores.
El paralelo sugiere una meditación sobre el destino de las grandes poetisas de este mundo: Safo, Woolf, Plath, Parra, Tsvetaeva, Pizarnik. ¿Es un azar el que la línea de las altas cumbres de la poesía escrita por mujeres que marcaron -o hubieron de marcar- la literatura mundial coincida tantas veces con la línea del suicidio? ¿Qué significaría para nuestra cultura el que Shakespeare, San Juan de la Cruz, Verlaine y Leopardi se hubieran suicidado? ¿Cuál es la tenebrosa relación que une el don de palabra entregado en excelsitud a mujeres excepcionales y el costo de este terrible privilegio?
De algún modo Plath presintió que la poesía no es la Reina de Saba sino una niña descalza, inadvertida; supo definitivamente que no estaba destinada a transformar el Universo sino, fundamentalmente, a hablar al oído de unos pocos. Lo que su breve y dramática vida no le permitiría saber, sino acaso intuir sólo muy lejanamente, es que su poesía modificaría la lengua poética americana, la desalojaría de los miasmas de la autocompasión y el sentimentalismo, abriría las puertas al gran viento de la noche humana y haría imposible el regreso a ningún conformismo verbal. De su currículum impecable de niña excepcionalmente inteligente y aplicada había brotado una fuerza mayor que ella misma, que acabó, es cierto, por destruirla, pero no sin antes desembocar en esa luz que resplandece en las tinieblas, aun cuando las tinieblas no hayan querido ni quieran reconocerla.
Por Ivonne Bordelois
Para La Nacion - Buenos Aires, 1998La lechuza
Volví a ver mi mundo a través de tus ojos
como volvería a verlo por los ojos de tus hijos.
A través de tus ojos era extraño.
Los espinos comunes eran raros forasteros,
un misterio de fábulas y hechos raros.
Cualquier ser salvaje, con patas, en tus ojos
emergía como un signo de admiración,
cual si hubiera aparecido ante unos comensales
en el centro de la mesa. Los patos silvestres
eran artefactos venidos de algún mundo sobrenatural,
sus galanteos eran un film hipnagógico
desenrollado por el río. Imposible
comprender el placer de sus patas
en el agua gélida. Tú eras una cámara
registrando reflexiones para ti insondables.
Yo hice que mi mundo se desviviera por ti.
Tú lo acogiste por entero con una alegría incrédula,
como una madre recibe a su hijo
de manos de la partera. Tu frenesí me aturdía.
Despertaba mi infancia taciturna y extática
de quince años atrás. Mi obra maestra
advino aquella negra noche en el camino a Grantchester.
Sorbí el débil quejido gutural de un conejo
de mi nudillo mojado, junto a un matorral
donde había una lechuza leonada, inquisitiva.
De pronto, levantó vuelo desplegando las alas
sobre mi rostro, tomándome por un poste.Por Ted Hughes
FRAGMENTO DE UNA ANTIGUA TABLILLA
Arriba: los labios de siempre, tiernamente abatidos.
Abajo: barba entre los muslos.Arriba: su frente como un cofre de diamantes.
Abajo: el vientre y su nudo de sangre.Arriba: cientos de muecas de dolor.
Abajo: la bomba de relojería del futuro.Arriba: unos dientes perfectos, atentos a la sombra de un colmillo.
Abajo: las piedras de molino de dos mundos.Arriba: una palabra y un suspiro.
Abajo: gotas de sangre y niños.Arriba: el rostro, recortado en forma de corazón.
Abajo: el rostro partido del corazón.