Antonio Alvarez Bürger
 
YA NO JUEGAN LOS NIÑOS EN LAS CALLES

Ya no juegan los niños en las calles
Las bicicletas surcan el espacio
sin escafandras;
no brincan ni hacen piruetas para ser niños
de las flores y de los insectos
Los adormecen las pantallas en las alcobas
y en los refectorios
Sueñan guerras animadas
mientras trinan los pájaros en primavera
Niños redentores macilentos,
émulos de juegos y redondeles,
no despliegan las alas extasiados
para corretear los sueños ni ascienden
a las estrellas para observar sus infancias
Cantan azorados la gloria del Dios caviloso
Ven crecer el alma atónita del yo pecador
y no hacen nada para ser niños de trapo
o de madera
Se los tragan las máquinas
Ellos penetran para conquistarlas,
para engolosinarse con sus vísceras
y aprenden a ser máquinas
fabricadoras de máquinas
insaciables comedoras de niños.

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CUCHILLOS ME LLOVÍAS

Me llovías
¡sí!
me llovías cuchillos aguzados
lentamente
por la línea de mis fibras,
y un temblor me transportaba.

Tú hacías ese viaje diariamente
con la boca, estremecida,
y lágrimas copiosas
que a los dos nos empapaban
me llovías.

Solíamos jugar juntos
bajo el trópico de tus deseos
y yo también
¡sí!
yo también,
a veces te llovía cuchillos
y dejaba heridas profundas en la luna.

Eran cuchillos de sangrantes lunas
que goteaban puñaladas
en tu alma, en la mía.

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YA NO

Ya no quise oír al grillo
y le escondí el canto,
pero en el canto
se vinieron trenes furiosos
cada hora;
en la ventana,
un mantel blanco eterno,
muchas lámparas  temblando
con las  lluvias escorzadas
en las calles
y las flores -¡ah, las flores!-
oscilando en las alturas,
embriagadas de beber la  brisa.
Se vinieron plegarias
y pasiones autumnales,
se vinieron viajes astrales
a los territorios más extremos
de mi memoria.
Entonces,
ya no quise oír al grillo
y le devolví el canto.

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¿RECUERDAS?

Allá, el fuego, acunado fuertemente
por los vientos de la juventud plena,
de la tuya, de la mía.
¿Recuerdas?
Eran serpientes enloquecidas
emergiendo de la tierra
-con las entrañas abiertas-
vomitando luces diminutas,
despavoridas,
como estrellas.
Mi rostro era el tuyo.
Tu rostro en el mío,
arrebozado
-como en llamas-
jugueteando frente a mí.
Eran fantasmas desatados
que danzaban delirantes.
Yo me reproducía en ti,
en tus ojos,
y dibujaba una sonrisa en tu mirada.
Mi rostro en el tuyo.
Tu rostro era el mío.
¿Recuerdas?

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MADRE

Primero tú, mujer;
después esas estrellas
ocultas por paladas
de hurgada tierra,
bajo cruces de llanto implicadas
como huesos con la carne.

Primero, yermo, con el cuerpo
atorado, mujer, en tu nido
Luego dormido,
aquejado de silencio y bruma
irrogando en paradojas
claridad eterna.

Primero Dios de enigmas
todo, adentro;
afuera el sufrimiento,
la espera,  la fe pendular,
la certidumbre.

Mujer, madre, tú primero;
después yo sumergido
en una lágrima,
en una lágrima inmensa.

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OFRENDÁRTELO TODO

Morir de pie descalzo tirado sobre la hierba no
doblegada
por el huracán más iracundo. Descansar horizontalmente
erguido.
En fin, correr  dormido en línea entre tus sábanas
albas
en las noches más frías del invierno.
Arrancarte los cabellos de raíz y quemarlos en una
hoguera
de rosas rojas perfumadas malolientes.
Ofrendártelo todo.

Imprimir velocidad  metafísica a los sentidos para
odiarte
y amarte siempre, como nadie, más allá, más allá aún
del vaho untuoso de la habitud.
Más lejos todavía de mis mayores fuerzas infrahumanas
y sobrehumanas.
Ofrendártelo todo.
Todo es todo: vísceras, células, corazón, pulmones,
estómago, cerebro,
huesos
mis miedos
mis utopías
mi cesta de reciclaje.

Por el azul del arcoiris ascender a lo más alto
vestido de nácar y descender
oblícuo, aceleradamente, para ofrendártelo todo.
Llorar con desconsuelo de alegría. Reir sin mover un
músculo.
Vivir de pie arrodillado blasfemando y orando,
glorificando y maldiciendo.
Ofrendártelo todo.
Todo es todo: serenidad, ira, complacencia, odio,
amor, pecado, paz,
desconsuelo
tus miedos
tus utopías
tu cesta de reciclaje.

En los túneles arcanos de tu alma, gritarte enmudecido
hasta que la paloma
blanca emprenda el vuelo más abyecto. Delirar con
cordura ejemplar
y devorarte los ojos en la noche más triste de amor
abatido y despiadado.
Ofrendártelo todo.
Todo es todo: imaginación, pesadilla, paradoja,
pensamiento, ilusión,
demencia
nuestros miedos
nuestras utopías
nuestra cesta de reciclaje.

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FUI POR LUNA

Fui fulmíneo por luna en la cumbrera
revestido de cálamos
dispuesto
Quise dejar gesto tángible en su mirada
para que todos lo vieran
y apunté generoso mis vivencias
mis amores y mis penas
en las ramas del espejo.
No tendría que haberlo hecho,
si del árbol ahora penden en el cielo
los íntimos enseres de mi casa
y las llagas de mi cuerpo
y las huellas de mi alma.

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PECADO DEL HOMBRE

De qué decir
mañana
diáfana intocada
De qué soñar
quimera,
si el mismo hombre
se ha ensañado
ante el pavor de las bestias
De qué decir
mañana
redención
con serpientes en el cinto
y de qué silencio
reclamar las injustas muertes
He aquí al Padre
abismado del hijo
arrogante
Heme aquí hijo
abonando a las culpas de todos
como maldecido
por lluvias de fuego.
De qué decir
salvo
entonces
hijo eterno
si el hombre mata al hombre
y no hay mañana
para siempre.

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PREPÁRAME LA AUSENCIA

Prepárame la ausencia
para cuando me busque la muerte.
Yo, en tanto, me quedaré envuelto
de los espíritus  traviesos.
Quiero ser el más  regocijado
con el placer de lo que espero
y estar en el cenit
cuando el pájaro azul
bata las alas al aire y pronuncie
el hado de mi nombre.
Por ahora me saben a quebranto
el impasible gesto umbrío
del invierno y su llanto obstinado.
Así tenga que volver después
a escondidas a reconciliarme
con mis entrañables espantos,
prepárame tú la ausencia
para cuando me encuentre la muerte.

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PARECE

Parece que no tengo ya cristales en los ojos.
Parece que transito sin desplazarme en cuerpo,
ya vencido, ya huidizo, como niño regañado.

La pestilencia  de los espíritus diminutos
me provoca repugnancia.
Sólo quiero la mordedura rápida de la víbora,
sólo quiero alejarme del retorno y no ver
máscaras ni osamentas caminando sin rumbo.

Parece que no tengo ya las manos
para blasfemar fuerte
ni una lengua sórdida ni pies ni aura
Parece que no tengo ya cristales en los ojos.

Y sería tan hermoso acribillar a insultos
a una enana maldita o incrustarle espinas
venenosas  en el rostro a un gobernante.
Qué placer lanzar un piano
a cualquier calle sombrosa
y viajar dentro para oír la dulce melodía
del estrépito fatal.

Sin embargo, ya me canso
Sólo quiero ser aire en el aire
ser lirón empedernido, extenuado
de construir árboles y ríos inconfesables.
Sólo quiero piedras encajadas en los muros,
un lecho blando de agua tibia por los huesos,
un invierno renegado
y miles, miles de silencios.

Parece que no tengo ya cristales en los ojos.
Parece que escribo el canto y me lo guardo.
Parece que me da vueltas el mundo
en el estómago, sobre mi cabeza,
bajo mis pies, dentro y fuera de todo.

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CADA DÍA

Cada día la pertinacia de un perro
una noche
                             un recuerdo

la ablución de nuestras almas,
el cansancio de no saber quien soy
y para qué he venido
la tragedia de los peces,
cada día.

Mi madre
                             mis hijos

mi padre que se ha ido
no sé a qué cielo
un parpadeo
                             la noche fría

el silencio eterno, la vida.

¿Para qué la prisa?
¿y los árboles?
                             ¿y tú y yo,
cada día?

La mordedura triste de estar e ir,
de sufrir y llorar  jamás
y siempre,
la maldición del tic-tac,
lo lejano,
el temor de no estar y ya no ser
un dolor
                            la sospecha,

de volver otra vez a la vida,
a la muerte,
cada día,
                            cada día.

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OBSESIONES

Tengo un sentimiento tan confuso
que puedo inventar caballos  encabritados
para lanzar en estampida hacia ti,
y luego bailar afectuoso
sobre sus cadáveres sudantes.
Pero me encuentro ridículo moviéndome
de aquí para allá y de allá para acá
asido a tu cintura.

Tengo una locura desenfrenada,
con muchos puñales en hilera
para persignarme como un místico.
Mas, eso también me incomoda
y puedes ahora colocar tus manos
sobre mi frente y santiguarme
con sangre de sacrificios.
Yo haré en tanto un dolor
de arrepentimiento agradecido
que me cure de tus males,
de la risa patética tuya por mi desvarío.

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PODRÍAMOS
 

Podríamos irnos juntos hacia el silencio
y no haré más que bendecirte,
pero vamos de uno en uno
derramando dolores de tragedia.

Podríamos coger con cuentagotas
la ilusión y bastaría,
pero huyes, vida,
y no haré más que llamarte.
Incluso, me arrepiento
de los breves gozos para querer negarte,
pero vamos todos peregrinos
con el rostro en la tristeza
y no haré más que lamentarme.

Podríamos rezar sistemáticamente
de pie todas las noches blancas
y levantar el día en nuestras almas
o registrar sólo los sueños verdaderos
para ser, vida, lo que mandes.

Podríamos ser nada más que sombras
vertidas, desterradas de los cuerpos,
pero alegres marchando hacia la muerte.
 

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