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Dos excelentes films norteamericanos, "El Show de Truman" de Peter Weir y "Pleasantville" de Gary Ross han puesto de nuevo de actualidad la crisis de la televisión tal y como ahora la entendemos. La Omnipresente televisión de la segunda mitad del siglo XX, que ya premonitoriamente cantara TOPO, el legendario grupo de rock en su "Vallekas 1996", se está transfigurando ante nuestros ojos sin que podamos salir todavía de nuestra perplejidad.

En "El Show de Truman" es una compañia de TV la que adopta un niño y monta un programa emitiendo toda su vida en directo, desde su nacimiento, en una ciudad-plató diseñada al efecto. Ser lider de audiencia durante años es el sueño más codiciado. La manipulación total de un ser humano pasa a ser el divertimento cotidiano de sus "enganchados" congeneres.
"Pleasantville" narra algo opuesto. Unos adolescentes se introducen mágicamente en una serie de los años cincuenta, donde el "american way of life" de la innocente e incontaminada USA del blanco y negro, se verá perturbada por la llegada de estos inesperados visitantes que harán florecer la semilla de la "inquietud" y, con ella, la aparición del color.
A mi entender, uno de los grandes retos que se plantean están centrados en la publicidad. Aparte de los sistemas de difusión de noticias y la des-ideologización de los contenidos, que no parecen claramente amenazados, es la publicidad la que en primer lugar va a tener que adoptar otro rol como sistema uniformador y homogenizador social. Los nuevas formas de televisión parecen pasar forzosamente por el pago directo del usuario, donde los mensajes publicitarios tienen un difícil encuadre. No se paga únicamente por los contenidos, sino también para librarse de los tediosos anuncios.
En fin, aunque todavía no vislumbremos muchas de las cosas que nos depara el fantástico mundo de la televisión, si parece claro que la ampliación de la oferta y las nuevas posibilidades técnicas, no nos van a librar de este monstruo que invande nuestros recintos más privados. Toda revolución produce expectativas a las que no debemos renunciar, pero mientras nos preparamos para poder elegir más libremente, debemos recordar que siempre tenemos la opción de desconectar.
Fernando Olaya
Febrero 1999