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DE TEATRO
La casa de Bernarda Alba es una de las obras de teatro de Federico García Lorca más conocidas y representadas. Aún así, seguramente no podemos ni imaginarnos, aunque sea remotamente, el impacto que la obra produjo en el momento de su estreno.
Esta obra se enmarca dentro de la producción teatral lorquiana de ambientes o temática popular. Los elementos más visibles son el mundo rural y sus tradiciones, pero lo que realmente domina la totalidad es uno de los temas claves para entender a toda la llamada Generación del 27. La represión y la marginación de unos seres humanos que luchan por ser libres. La sociedad no permite que cada individuo se salga de unos patrones establecidos y el que lo hace deberá pagar por ello.

Este, que para algunos puede ser un asunto ya superado en estos
tiempos que corren, me parece que es uno de los valores insignias de esta
obra. Si bien es cierto, que los procedimientos se han refinado en estos
últimos años, no podemos tampoco pecar de ignoracia - o posiblemente
necedad - y pensar que en la sociedades actuales del mundo desarrollado
hemos conseguido superar la disfunción que supone que para que nosotros
vivamos bien - dentro de lo que cabe - existen millones de seres humanos
que tienen que pagar con su miseria para que esto sea posible.
Esta bipolaridad esta contemplada en la obra mediante la tiranía que ejerce Bernarda Alba, la madre, sobre sus cinco hijas. La situación alcanza su punto álgido con la inclusión de toda una serie de circunstancias propias de la leyenda negra española:el luto, el machismo, el donjuanismo, el sexo, la muerte.
El que toda la acción se desarrolle en el lugar eminentemente femenino - la casa - y todas las protagonistas sean mujeres, son otras de sus dos características fundamentales. Habría que bucear mucho en la literatura anterior para encontrar una inmersión de este calibre en el universo femenino.
Cinco mujeres jovenes obligadas a guardar un luto de ocho años, debido a la muerte del padre, crean en un ambiente asfixiante una tensión enorme. Esta versión, de Calixto Bieito tiene en su haber haberlo conseguido. Una escenografía sencillísima, basada en juegos de blanco y negro, enmarca perfectamente esta opresiva conjugación de pasiones desbordadas, que fluyen en multiples direcciones sin solución de continuidad.

El elenco de actrices, encabezadas por las consagradas Mª Jesús Valdés y Julieta Serrano, está a un gran nivel. Pero, posiblemente, habría que destacar a la veterana Concha Redondo - la abuela - que protagoniza un episodio de corte surrealista, muy lorquiano, de lo más delicioso. La inclusión de una trapecista - Marisa Prada - que funciona simbólicamente también es un gran acierto.
Federico García Lorca, poeta y dramaturgo, nos ha dejado sus
obras para leerlas y verlas. Lástima que muchas veces únicamente
se hable de él para exaltarle o criticarle, no por haberlo sentido.
Teatro María Guerrero
Madrid, 13 de diciembre de 1998.
Fernando Olaya Pérez.
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