|

Va lentamente cerrandose un año repleto de centenarios. Aún así, cuando nos acometen los pequeños momentos de lucidez diaria que todos tenemos, caemos en la certeza de que todos los años se celebran en todas partes aniversarios de muchas cosas. Estas celebraciones tienen, en sí mismas, un componente histórico que a veces nos pasa desapercibido.
Este año en España la paradoja ha sido muy evidente. 1898 es una referencia fundamental para entender este país. La perdida de las últimas colonias supuso un duro golpe para una sociedad que, pese a su evidente descolgamiento de la modernidad industrial, no había dejado de lado su vocación imperialista. En puridad, España fue el primer país europeo en perder todas sus colonias (Si exceptuamos el bochornoso abandono del Sahara occidental y otros pequeños enclaves africanos). Esta situación produjo un malestar en la conciencia colectiva que modificó nuestra percepión del mundo.
La llamada "Generación del 98" constituyó una pléyade de escritores de gran nivel que supieron captar la magnitud del momento histórico que estaban atravesando. Desgraciadamente en las celebraciones de este año nadie se ha acordado de Azorín, Unamuno o Baroja. Ni tan siquiera del genial Valle-Inclán. Todos los actos se han centrado en, incompresiblemente, rememorar la perdia de la perla del Caribe, Cuba, nadie sabe si en un alarde masoquista o con el afán de recuperarla via invasión turistica. (Lo de Filipinas no queremos ni recordarlo ya que no hemos dejado allí ni el idioma.).

Da la casualidad que algunos de los componentes de otro movimiento literario fundamental, la "Generación del 27", nacieron también en esa fecha. Aquí el premio a los despropósitos se los ha llevado nuestro poeta más universal, Lorca. Alrededor de su figura, más en morbosas anécdotas sobre su vida que en su obra, se han montado verdaderas ensaladas apologéticas y monstruosos refritos pseudoartísticos. Sin embargo, otras figuras del 27 no han merecido apenas atención. Ni siquiere todo un premio Nobel como Vicente Aleixandre. Aunque cabe preguntarse que será peor.
Para terminar este breve repaso no podemos olvidarnos del quinto cetenario del "glorioso" rey de Castilla, Aragón, Granada y otros muchos territorios europeos y de ultramar, que no de España. Aquí celebramos la grandeza de un imperio donde no se ponía el sol, pero donde en los siglos siguientes, gracias a alguna contribución suya, si que se posaron durante siglos negros nubarrones tanto en la Península Ibérica como en sus colonias de ultramar. Pero la autocrítica no es parte de la celebración.
La "historia" late en el fondo del tejido social, sin hacer ruido, sin sobresaltar a nadie, y solamente emerge a la superficie para justificar fastos que, en mayor o menor medida, reafirmen el sentido de pertenencia a una comunidad. Como ciencia que es, o debería ser, la historia agoniza sin más. El academicismo fosilizante junto a su utilización política en la enseñanza, únicamente se ve perturbado por el "intrusismo" novelero o esotérico.
También es histórica, entre comillas, la celebración de la Navidad, ya tan próxima. Pero aquí esta sociedad ha dado otra vuelta de tuerca al convertir la religión, que a fin de cuentas significa religar, recogerse, y la ha transformado en el mayor acontecimiento consumista de cada año. Desde ACRADEMIA solo te recordamos que, si tienes que celebrar algo, tienes 365 días al año, si no es bisiesto.
Fernando Olaya
Diciembre, 1998
