Sorry, your browser doesn't support Java.

 

Para ser dignos y perfectos

Por Jorge Melendrez

 

Los padres tenemos una gran responsabilidad ante los hijos: debemos ante todo,  procurar modelar el comportamiento y su conducta  dentro de un ambiente de valores,  donde prevalezca el respeto a su propia personalidad, carácter y temperamento, pues éstos son la esencia de su identidad como ser único e individual. Debemos estar consientes que cada uno de nuestros hijos son diferentes entre si, y que no debemos inculcarles valores procurando que sean una calca de los nuestros y que entre si sean iguales; debemos ante todo, decirles y  hacerles sentir que la perfección es una meta basada en orden y la disciplina, y que ésta no se adquiere mediante recetas mágicas ni pócimas especiales, pues si en esencia estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, es esta misma esencia la que nos distingue a todos y cada uno de los seres humanos.

Por esta razón, cada vez que tengo la oportunidad de darle gracias a Dios, lo hago siempre en primer lugar  por mi familia y sobre todo por los hijos que me ha dado la oportunidad de procrear y criar dentro de un ambiente de moralidad y buenas costumbres, labor dentro de la cual,  el trabajo de mi esposa  ha sido fundamental, pues su formación como hija, le ha permitido desarrollar un extraordinario criterio sobre el como y el deber ser de la educación de los hijos; prevaleciendo entre todos los criterios el relacionado con el respeto.

No hace muchos días, leyendo un pequeño libro, pude apreciar  una pequeña historia, aleccionadora diría yo, sobre el como lograr la perfección y sobre todo, la santidad  dentro del mundo, sin tener que recurrir a la tradicional idea de aislarse del mundo de manera contemplativa.  La historia dice que nace muchos años, un joven decidió entregar su vida a la oración y meditación, con el firme propósito de estar en perfecta armonía y comunicación con Dios, decidiendo entonces retirarse a un alejado lugar de la montaña, donde cada día, mediante la oración, le pedía al Señor una señal sobre como veía él su decisión de vida. Cierto día, en el atardecer después de muchos días de ayuno y mortificación,  una voz desde el cielo le ordenó que viajara al pueblo más próximo y visitara la casa del zapatero, orden que cumplió de manera inmediata, aunque sin saber a ciencia cierta el propósito de su mandato.

En la casa del zapatero, aquel buscador de la santidad fue recibido con cordialidad y respeto, siendo atendido en sus necesidades de alimento y vestido. Se percató que el zapatero, al igual que su familia, eran gente sencilla y respetuosos con los demás; pero  sobre todo, se dio cuenta que eran muy caritativos, razón por la cual, tenían ganado el respeto y la estimación de todo el pueblo.  El hombre aquel regresó a su paraje de meditación sin saber aún cual era la encomienda de Dios, y después de varios días de oración, de nuevo la voz celestial irrumpió en la soledad de la montaña preguntando: -- ...Dime hijo: ¿Cómo te fue con el zapatero y su familia?  -- ¡Bien, Señor! Contestó nuestro amigo, él es un hombre sencillo y muy amoroso con su familia, caritativo con los demás, y ordenado en todos sus modos, pero dime: ¿Aún no sé a que me mandaste?   -- Solo a que te dieras cuenta, hijo mí, de que la santidad es un valor que se consigue sin tener que aislarse y mortificarse. ¿Me entiendes? En ese preciso instante, decidió abandonar su voluntario claustro para integrarse al mundo como un ser más entre los hombres. ¿ Y tú, ya encontraste el camino?  (JM) Desde la Universidad de San Miguel. E-mail:  univsanm@docs.ccs.net.mx, tels: 12-90-22 y 16-15-05

 

Jorge Melendrez

Haga un clic sobre la foto para verla

en su tamaño original

foto21.jpg
foto21.jpg

135.30 Kb

Jorge Melendrez y flia.

México

 

Cualquier comentario sobre la reflexion, favor de enviarlo al autor a los e-mail:

Smiguel@correoweb.com

Email de Hirim

 

Anterior

Ir al Índice de Reflexiones

Siguiente