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La virtud de la generosidad
Por Jorge Melendrez
Con frecuencia me encuentro en las calles de la ciudad, en el momento de esperar la señal verde en un semáforo, personas que piden ayuda o limosna, a veces niños, a veces adultos mujeres, a veces adultos varones, con frecuencia jóvenes con una aparente malformación etc. etc. y siempre me surgen los mismos interrogantes: ¿Es esto propio de países como el nuestro? ¿Es la caridad pública la solución a sus problemas? ¿Tiene el Estado alguna responsabilidad con estos mexicanos que parece que han perdido toda esperanza de vida digna?
Veo también, con frecuencia, que cada día se multiplican estas personas que aparentemente viven de la caridad pública, y veo además, como cada vez en mayor medida, adoptamos posturas y actitudes de incredulidad y preferimos ignorar su petición y les negamos toda ayuda e incluso, les recriminamos su actitud de menesterosos. Me da la impresión que hemos venido perdiendo poco a poco, nuestra capacidad de asombro y nuestra sensibilidad y amor hacia nuestros semejantes, y esto, es una situación verdaderamente grave, pues nos va colocando en una posición de indiferencia hacia todo lo que sucede en nuestro entorno.
Recuerdo que no hace mucho tiempo, al final de una misa dominical, al salir de la iglesia nos encontramos, mi esposa y yo, a una persona que esperaba la caridad de la gente dentro de la iglesia misma, no como antes, al salir de ella. Y para nuestra sorpresa, la gran mayoría de la gente le manifestaba un repudio generalizado por el simple hecho de su vestimenta y la evidente condición de ser una persona que parecía estar peleada con el agua y el jabón; situación ante la cual, mi esposa y yo después de darle unas monedas nos preguntamos: ¿Porque la gente le huye al menesteroso, y más aún después de asistir a un oficio religioso? La estrategia de aquel pobre hombre pareció no funcionar, pues al poco rato, fue prácticamente "echado" fuera del templo por una persona que al parecer funge como "sacristán" y que seguramente cumplía ordenes del párroco, o bien, por su propio criterio, pensó que era un competidor de las limosnas necesarias para la parroquia.
¡Quien sabe, pero el caso es que fue corrido del templo!, y eso, no es otra cosa más que falta de generosidad del sacristán, incluyendo en esa falta a todos los feligreses que ese día desdeñaron al menesteroso.
La iglesia nos enseña que las virtudes teologales son tres, a saber: La Fe, la Esperanza y la Caridad; y de ésta última, se desprende la generosidad como una virtud cardinal y la cual tiene por objeto el desprendimiento de bienes o posesiones materiales o espirituales en favor de nuestro prójimo.
Esta virtud, condiciona al ser humano para actuar en favor de otras personas de manera desinteresada y con la alegría de dar, sobre todo, tomando en cuenta que lo poco de lo que nosotros podamos desprendernos puede significar mucho para quien lo recibe.
La iglesia misma nos relata a lo largo de los evangelios dominicales, historias vivas mediante las cuales nos enseña la esencia de la doctrina de Cristo; como la de aquella anciana que teniendo tan solo tres monedas, se desprende de una para ayudar a un pobre, en comparación con las diez monedas que un rico comerciante, que a pesar de dar aparentemente diez veces más, el sacrificio del desprendimiento de la anciana era muchas veces mayor, pues la riqueza del comerciante era inmensa, y desprenderse de diez monedas, no disminuía en nada su inmensa riqueza, en tanto que la anciana se desprendía de una tercera parte de sus bienes. ¡Esta es una de las cuestiones por la cual, esta virtud de la generosidad no puede ser fácilmente apreciada con objetividad!
Es verdaderamente imprescindible que cualquier acto de generosidad vaya siempre acompañado de otra virtud adicional que viene a ser la Prudencia, ya que es la que le dicta a nuestra conciencia, si quien recibe lo hace por un acto verdadero de necesidad o de desfachatez. Esta es una de las condiciones que seguramente razonan muchas de las personas que se resisten a ser generosos, pues piensan que quien pide, lo hace por el simple hecho de que ha convertido el pedir limosna, en un "modus operandi o modus vivendi" ¿Y usted, que piensa al respecto? [JM] Desde la Universidad de San Miguel.E-Mail: univsanm@docs.ccs.net.mx Tel: 16-19-76, Fax: 16-15-05.
Jorge Melendrez
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